miércoles, 15 de julio de 2026

Todos somos trigo y cizaña

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR

Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo

19 de Julio de 2026                                              

Domingo de la Décimo Sexta Semana Durante el Año

 

Lecturas de la Misa:

Sabiduría 12, 13. 16-19 / Salmo 85, 5-6.9-10.15-16 Tú, Señor, eres bueno e indulgente / Romanos 8, 26-27

 

+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     13, 24-30


    Jesús propuso a la gente otra parábola:
    «El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: "Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?"
    Él les respondió: "Esto lo ha hecho algún enemigo."
    Los peones replicaron: "¿Quieres que vayamos a arrancarla?"
    "No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero"».
Palabra del Señor.

 

MEDITACION

Cuando vemos actuar el mal a nuestro alrededor, podríamos sentir la tentación de recriminarle a Dios: «Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo?» (Ev). Es para esas ocasiones, por ejemplo, que «el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad» (2L), para ayudarnos a creer, con alegría y esperanza, que, de manera misteriosa y lejos del alcance de nuestro entendimiento, «Fuera de ti, Señor, no hay otro Dios que cuide de todos» (1L), confiando en que eres «Tú, Señor, Dios compasivo y bondadoso, lento para enojarte, rico en amor y fidelidad» (Sal), de tal manera de llenarnos de ganas de ser nosotros y, a la vez, ayudar a que cada vez más personas sean “trigo” y buscar que la “cizaña” en nosotros y entre nosotros, se vaya extinguiendo.

Por los frutos nos reconocerán.

Una antropóloga y docente universitaria estadounidense, Margaret Mead, planteó que el primer signo de civilización de la Humanidad no fue una de las tantas herramientas que habían hecho progresar lo que sería nuestra civilización, como el anzuelo, la olla de barro o la piedra de moler, por ejemplo. Para ella, más bien, la primera señal en una cultura antigua fue un hueso, un fémur, que los arqueólogos encontraron y que, al estudiarlo, resultó que había sido fracturado y pasó por un proceso que lo terminó sanando.

¿En qué basaba esto? En que, según lo que se sabe, en el reino animal una pierna rota es sinónimo de muerte, pues no puedes procurarte comida o agua, ni, por supuesto, huir del peligro, así que es presa fácil de los depredadores que solían asechar a nuestros antepasados. Es decir, esa criatura no podría sobrevivir el tiempo suficiente para sanar la fractura. Sin embargo, aquel fémur roto y restaurado era la demostración de que alguien se había preocupado y ocupado de los cuidados necesarios del personaje de esta investigación hasta que se recuperó. La antropóloga ubica, por lo tanto, el inicio de la civilización en la idea de una comunidad que se ayuda, en la que unos cuidan de otros. Nosotros, desde la fe, diríamos que en ese momento se manifestó la bondad que Dios inculcó en sus almas al crearlos.

Pues, bien, de alguna manera hoy todos sabemos que no tiene que venir ningún ser maligno a sembrar cizaña entre nosotros. Seamos conscientes o no, es algo que está en nuestro interior que lucha contra esa bondad con la que fuimos creados.

En ese mismo sentido antropológico, conocemos que durante los varios miles de millones de años que llevamos transitando por este planeta, instintivamente tuvimos que ocuparnos en primer lugar de nuestra supervivencia, lo que traía implícito un afán egoísta e indiferente del destino de los demás: cada uno debía preocuparse de salvarse a sí mismo.

Pero, a la vez, según creemos y recordamos un poco antes, tenemos una brillante luz dentro nuestro; una que proviene de quien es el origen de todo lo bueno y que la puso en nuestra alma: el Buen Padre Dios, de quien somos su imagen y semejanza.

Esa contradicción permanente sólo se despeja con el tiempo, como ocurre con la cizaña y el trigo, cuando llega el momento de dar fruto. Ahí es que se distingue qué tanto de una y de otro estamos compuestos.

Y eso, al contrario de las especies mencionadas, ocurre varias veces a lo largo de nuestra vida, en muchas ocasiones distintas, porque nadie es esencialmente bueno ni completamente malo: todos vamos desplegando la bondad que hay en nosotros a través de nuestra existencia mortal.

Aplicando la parábola:  el «Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha» nos ayuda a meditar en que lo que tengamos de trigo se puede llegar a transformar en cizaña, pero que, también, lo que tenemos de cizaña se puede transformar en trigo.

Quienes saben, nos cuentan que la cizaña es una hierba que se asemeja mucho al trigo, por lo que no se pueden distinguir hasta que una no produce el fruto y el otro sí. Pero, aunque se distinguieran claramente, al intentar arrancarla, se podría malograr sin querer el trigo, debido a que las raíces de ambas plantas están completamente entrelazadas: al tirar la cizaña, puede salir el trigo también. 


Concluyamos que es parte de nuestros instintos, desde la prehistoria, el actuar de manera individualista insolidaria, ser “cizaña”. Pero eso traiciona nuestra naturaleza, ya que «fuimos creados en Cristo Jesús, a fin de realizar aquellas buenas obras, que Dios preparó de antemano para que las practicáramos» (Ef 2,10), es decir: ser buen “trigo”.

Entonces, si queremos ser fieles a la enseñanza del Señor, primero, no debemos juzgar a nadie, porque a todos hay que darle la oportunidad de volverse mejores; y, por otro lado, tener la confianza en que, por eso mismo, Dios (al contrario de nuestro afán de andar arrancando lo que nos parece malo), nunca pierde la fe en nosotros y nos perdona siempre, lo que es muy esperanzador.

Esa es, precisamente, la Buena Noticia, traducción de la palabra Evangelio, que vino a enseñar Jesús y la que envió a todos sus seguidores, desde sus apóstoles hasta ti, a predicar por el mundo.

 

Señor, tú que eres el dueño de todo lo sembrado, te damos gracias por la semilla de bondad que has depositado en nuestro corazón. Sabemos que alrededor, y a veces dentro nuestro, el “enemigo” siembra la cizaña de la maldad. Te pedimos la paciencia para no juzgar apresuradamente a los demás y el discernimiento para cuidar el trigo bueno que nos has regalado. Así sea.

 

Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, hacer crecer la buena semilla que Dios sembró en nuestro corazón, luchando contra la cizaña que nos asecha,

Miguel.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Todos somos trigo y cizaña

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo 19 de Julio de 2026                             ...