miércoles, 9 de septiembre de 2026

Una manifestación concreta, eficaz y verificable de que se ama

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR

Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo

13 de Septiembre de 2026                                              

Domingo de la Vigésimo Cuarta Semana Durante el Año

 

Lecturas de la Misa:

Eclesiástico 27, 30—28, 7 / Salmo 102, 1-4. 9-12 El Señor es bondadoso y compasivo / Romanos 14, 7-9

 

+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     18, 21-35


    Se acercó Pedro y dijo a Jesús: «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?»
    Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
    Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda. El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: "Dame un plazo y te pagaré todo". El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.
    Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: "Págame lo que me debes". El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: "Dame un plazo y te pagaré la deuda". Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
    Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Este lo mandó llamar y le dijo: "¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?" E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.
    Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos».
Palabra del Señor.

 

MEDITACION

Ya que «ninguno de nosotros vive para sí, ni tampoco muere para sí» (2L), porque, más bien, se nos ha dado la vida para compartir con otros -por eso, naturalmente vivimos en comunidad- ¿qué clase de vida tiene quien no sabe perdonar? O, en palabras de la sabiduría bíblica: «Si un hombre mantiene su enojo contra otro, ¿cómo pretende que el Señor lo sane?» (1L). Porque si se cierra el corazón de esa manera, se impide que hasta Dios pueda entrar, pese a que Él lo quiera. Recordemos que el Señor, gracias a su infinita misericordia, «no nos trata según nuestros pecados, ni nos paga conforme a nuestras culpas» (Sal). Esto debiese servirnos de luminoso ejemplo: «¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecía de tí?» (Ev), de tal manera que podamos sanar nuestra alma del tenebroso y anti-fraternal mal del rencor.

Una vía importante para vivir el mandato del amor.

Habitualmente pensamos que es correcto y natural responder a una ofensa con el rencor. Pero no nos damos cuenta que, normalmente, al "ofensor" no le afecta demasiado nuestra actitud hacia él. La psicóloga Joan Borysenko afirma: "El resentimiento es como tomar veneno y esperar que la otra persona muera".  Esto porque esa actitud nos daña mucho más a nosotros mismos que a nadie más, ya que esa situación nos puede producir, según los estudios pertinentes: ansiedad, estrés y depresión. Y en el plano físico, enfermedades cardíacas, hipertensión y trastornos digestivos.

Como si fuera poco, el odio y el rencor también pueden afectar nuestras relaciones con los demás, creando una barrera emocional que impide la conexión genuina con otros, llegando a provocar fobia social, es decir, temor a las relaciones con los demás, lo que impide la normal socialización.

Teniendo presente lo anterior, para desarrollar la presente meditación, les invitamos, además, a notar que los seres humanos de todas las épocas somos y actuamos de maneras muy parecidas. Por ejemplo, en nuestra escala de valores, la real, no la que declaramos de la boca hacia afuera, se encuentra, muy por encima de todo, el dinero, los bienes materiales.

Tal vez por eso, el buen pedagogo que es Jesús, para enseñar sobre nuestra minúscula capacidad de perdón comparada con la inmensa generosidad al respecto de nuestro Dios, utiliza como imagen, de tal manera de ayudarnos a comprenderlo, las deudas económicas.

En esta ocasión sucede como respuesta al buen Pedro, quien se atreve a proponer el perdonar generosamente «hasta siete veces», lo que en su cultura era un número que indicaba plenitud. Pero Jesús deja claro que, si se lleva registro de las ofensas, no se está en sintonía con el «Padre celestial».

Decir «hasta setenta veces siete», en cambio, apunta a una cantidad tan difícil de calcular que se pierde la cuenta. Lo que, para el espíritu generosamente compasivo del Maestro, le parece que está bien que se pierda.

Es que, como sabemos, el centro de la prédica de Jesús -hasta el punto de que lo estableció como su mandato final- es: «ámense los unos a los otros» (Jn 13,34). Más aún, lo estableció como elemento distintivo de sus seguidores: «En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros» (Jn 13,35).

Pues bien, si nos damos cuenta, perdonar es una manifestación concreta, eficaz y muy verificable de que efectivamente se ama. Eso está muy lejos de aquella frase que parece excusa, pero que usamos coloquialmente a menudo, incluso los cristianos: "te disculpo, porque sólo Dios perdona". No. Error absoluto que demuestra un desconocimiento del Padre e ignorancia sobre las enseñanzas de nuestro Maestro. Por eso, para quienes creen en él, el perdón debiese ser, no un acto puntual, sino una actitud que se mantiene durante toda la vida y ante cualquier ofensa, entendiendo que quien anda escatimando su perdón, está escatimando su amor.

Porque ¿qué hemos aprendido acerca del Señor? Que «Dios es amor» (1 Jn 4,8), y que eso lo manifiesta siendo tremendamente misericordioso, quien «no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (Jn 3,17), aportando imágenes maravillosas sobre ese compasivo amor, que no busca condenar, sino acoger y perdonar a quienes se han extraviado, como en la parábola del padre y sus dos hijos, la que culmina con esta luminosa frase: «es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado» (Lc 15,11-32).

Reafirma esta idea señalando cosas como el que «hay alegría delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente» (Lc 15,10); un Dios que en algún momento, dice por su profeta: «yo quiero amor y no sacrificios» (Os 6,6). Lo que le lleva a reflexionar: «Si hubieran comprendido lo que significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios, no condenarían a los inocentes» (Mt 12,7).


Si recordamos que lo más importante es amar a Dios y al prójimo como a sí mismo (Mt 22,39), podemos llegar a la conclusión que perdonar es un acto de amor, en primer lugar, hacia el hermano, la hermana, pero también hacia nosotros mismos, ya que nos sana de tan grandes males como los reseñados al comienzo. Para impulsarnos a esto, Jesús quiere, con la enseñanza de hoy, que recordemos la gran "deuda" que tenemos con el Señor, una que siempre absuelve, y la comparemos con los pequeños "montos" que, en comparación nos "deben", pero los que nos cuesta tanto perdonar.

Y que nos sintamos desafiados a ser «misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso» (Lucas 6,36). ¿Acogeremos ese desafío?

 

Señor, te pedimos que nos guíes por los caminos de aprender a perdonar, teniendo presente la manera tremendamente generosa como el Padre nos ha perdonado a nosotros. Que podamos renunciar al deseo de devolver el daño, soltando las cadenas del resentimiento, no porque sea fácil, sino porque así nos enseñas que podremos vivir en paz entre nosotros e interiormente. Así sea.

 

Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, crecer en los caminos de la misericordia que sana nuestra alma y la de nuestra comunidad,

Miguel.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Fomentando la fraternidad en la comunidad

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR

Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo

6 de Septiembre de 2026                                              

Domingo de la Vigésimo Tercera Semana Durante el Año

 

Lecturas de la Misa:

Ezequiel 33, 7-9 / Salmo 94, 1-2. 6-9 Ojalá hoy escuchen la voz del Señor / Romanos 13, 8-10

 

+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     18, 15-20


    Jesús dijo a sus discípulos:
    Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos. Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano.
    Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.
    También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos.
Palabra del Señor.

 

MEDITACION

Pablo, siguiendo las enseñanzas de Jesús, hace una certera síntesis de la voluntad de Dios: «los mandamientos […] se resumen en este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (2L). Pero ese amor sólo es efectivo si se manifiesta de maneras concretas, por ejemplo: advirtiendo a ese prójimo para que «abandone su mala conducta» (1L), pues «si te escucha, habrás ganado a tu hermano» (Ev), con lo que, además de ayudarlo a superar lo que estaba haciendo mal, lo ganamos para la Vida y para la comunidad, en la unidad de saber que «Él es nuestro Dios, y nosotros, el pueblo que Él apacienta» (Sal), un pueblo de hermanos, hijos del mismo Padre.

Para el bien de quienes la rodean.

Es relevante recordar que inmediatamente antes de este texto, Jesús ha narrado la parábola de la oveja perdida, la cual culmina diciendo: «el Padre que está en el cielo no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños» (Mt 18,12-14). Ni uno.

Aquello ilumina la enseñanza siguiente, contenida en el trozo del evangelio que meditamos hoy, donde se apunta a tratar de ganar, rescatar, es decir, evitar perder al hermano que ha fallado, para el bien de la comunidad.

Es que ésta es una instancia muy importante para el evangelista Mateo, cuyo libro nos recuerda que, como todo colectivo humano, está compuesta por personas con limitaciones que necesitan el apoyo de los demás para superar sus caídas. Debido a eso, como conocemos por experiencia propia, los conflictos pueden surgir en cualquier momento, para lo cual se requiere una preparación grupal para superarlos.

En ese sentido, Jesús enseña: «Si tu hermano peca…» sin explicitar contra quién lo hace el compañero. Una pista la encontramos pegadita a continuación, como consecuencia del texto que leemos hoy, donde podemos colegir que se trata de una ofensa “contra mí”, porque en ese otro fragmento Pedro «le dijo: “Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?”» (Mt 18,21). Así, podemos comprender que, en el concepto del escritor, la comunidad es dañada cuando se hieren las relaciones interpersonales.

Pero Jesús señala que, en esa situación y otra vez por el bien del grupo de hermanos, hay que considerar que no ayuda enfrentar con escándalo cuando existe un conflicto interpersonal, por eso, lo primero es: «ve y corrígelo en privado».

Si resulta, lo que tristemente no es demasiado habitual, ocurrirá algo feliz para la congregación: «si te escucha, habrás ganado a tu hermano», ganado para tu cariño, por cierto, pero, en última instancia, recuperado para el bien del grupo fraterno.

Es decir, que la comunidad mateana, a la cual le habla y representa el evangelista, entiende que no se debe juzgar la situación personal del que ha fallado, sino cómo ésta afecta la relación con la comunidad, que debe velar por el bien de todos sus miembros, los ofendidos y los que ofenden.


En ese espíritu, es necesario no darse por vencidos fácilmente, por lo que «si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos», poniéndose en paralelo con las normas jurídicas de su época: «No basta un solo testigo para declarar a un hombre culpable de crimen o delito; cualquiera sea la índole del delito, la sentencia deberá fundarse en la declaración de dos o más testigos» (Dt 19,15).

Si ya se intentó todo y el hermano persiste en lo que está dañando al colectivo, «dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar» a todos sus hermanos, considéralo como alguien ajeno, ya que se autoexcluyó de los principios cristianos que unen a los discípulos del Maestro, los cuales, ni más ni menos, cuando están en sintonía profunda con el Señor, «dos o tres reunidos en mi Nombre», lo hacen «presente en medio de ellos», para que, desde ellos, él pueda seguir irradiando su amor misericordioso hacia todos sus hermanos de humanidad.

 

Señor, nos has dado el “poder” de conseguir, si nos unimos para pedir al Padre del cielo, nos será concedido. Enséñanos a pedir la sabiduría necesaria para conseguir que nuestras comunidades sean reflejo del Reino de la fraternidad solidaria, el cual nos enviaste a proclamar por el mundo. Así sea.

 

Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, fomentar la unidad más absoluta, en torno al Señor, para lograr crear una comunidad de hermanos que sirven a los demás,

Miguel.

miércoles, 26 de agosto de 2026

Saber optar por lo importante

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR

Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo

30 de Agosto de 2026                                              

Domingo de la Vigésimo Segunda Semana Durante el Año

 

Lecturas de la Misa:

Jeremías 20, 7-9 / Salmo 62, 2-6. 8-9 Mi alma tiene sed de ti, Señor, Dios mío / Romanos 12, 1-2

 

+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     16, 21-27


 

Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.
    Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: «Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá».
    Pero Él, dándose vuelta, dijo a Pedro: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres».
    Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.
    ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?
    Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras».
Palabra del Señor.

 

MEDITACION

Jesús podía perfectamente haber dicho: «había en mi corazón como un fuego abrasador, encerrado en mis huesos: me esforzaba por contenerlo, pero no podía» (1L): esto era el resultado de «discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto» (2L). También podía orar a su Padre: «tu amor vale más que la vida» (Sal). Por todo ello, debido a su absoluta fidelidad a la Misión que éste le encomendó, él asumió valientemente que la consecuencia de lo anterior era que «debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte…» (Ev) sin huir de esto. Cada uno tiene su misión en la vida, no todas llevan a la muerte, pero todas debiesen vivirse hasta las últimas consecuencias.

Elegir correctamente.

Invita el guía espiritual cristiano Anthony de Mello: "Recuerda la clase de sentimiento que experimentas cuando alguien te elogia, cuando te ves aprobado, aceptado, aplaudido… Y compáralo con el sentimiento que brota en tu interior cuando contemplas la salida o la puesta del sol, o la naturaleza en general, o cuando lees un libro o ves una película que te gusta de veras. Comprende que el primero es un sentimiento mundano, mientras que el segundo proviene de tu propia realización y es un sentimiento anímico.

Trata de comprender la verdadera naturaleza de los sentimientos mundanos, es decir, los sentimientos de autobombo y vanagloria, que no son naturales, sino que han sido inventados por tu sociedad y tu cultura para hacer que seas productivo y poder controlarte. Dichos sentimientos no proporcionan el sustento y la felicidad que se producen cuando contemplas la naturaleza o disfrutas de la compañía de un amigo o de tu propio trabajo, sino que han sido ideados para producir ilusiones, emoción… y vacío".

Esto, con los obvios matices propios de las diferentes épocas, es un retrato de cualquier sociedad y, por cierto, también la nuestra. Es una invitación siempre necesaria a evaluar la jerarquía de nuestras preocupaciones y ocupaciones.

Y es también la convocatoria a reflexionar al respecto de nuestro Maestro, quien lo hace de manera contundente, como siempre: «¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?». Lo triste es que, como sabemos de muchos casos, algunos se pierden de vivir, por muchísimo menos...

Sabemos que nuestra sociedad impulsa a “ganar el mundo”, ser exitosos, ser ganadores, ser los primeros en todos y sobre todos, especialmente esto último… así se consiguen cosas que el mundo valora, pero ¿a qué costo?

Como recordamos, el Maestro señaló que ha venido para que tengamos vida en abundancia (Jn 10,10) y su práctica mostró lo que significaba esto para él: no aferrarse a lo material, al punto de que «no tiene dónde reclinar la cabeza» (Lc 9,58), para poder dedicarse a «servir y dar su vida» (Mc 10,45). Esto va en contra de lo que es costumbre entre nosotros: sacar provecho personal y material.

Tengamos presente, por ejemplo, la ocasión en que, después de que el Maestro indicara que es imposible para quienes se aferran a las riquezas entrar en el Reino, Pedro le retruca: «Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos tocará a nosotros?». La respuesta que recibió fue que nadie le gana al Señor en generosidad: «el que a causa de mi Nombre deje casa, hermanos o hermanas, padre, madre, hijos o campos, recibirá cien veces más y obtendrá como herencia la Vida eterna» (Mt 19,23-29).

Ligado con lo anterior está el llamado que se destaca este día: «El que quiera venir detrás de mí», es decir, quien se perciba como su seguidor, su discípulo; aquel debe estar dispuesto a renunciar «a sí mismo», su comodidad, sus privilegios, su ego, su apego a posesiones... Es decir, sus "sentimientos mundanos" en la expresión de De Mello.


¿Para hacer qué, a cambio? Cargar «con su cruz», la misma de él, la del salir de sí mismo para servir a los demás en sus necesidades. Sólo entonces se está en la misma senda que Jesús y, por lo tanto, se le puede seguir coherentemente.

Entonces, si queremos que nuestros pensamientos se asemejen a los de Dios, y no a «los de los hombres», debería importarnos estar revisando siempre si pesa más para nosotros el estilo del mundo o las orientaciones del Señor para la vida.

 

Señor, te pedimos ayuda para recordar qué debiera ser lo más importante para nosotros: no las posesiones, el éxito o las apariencias, sino la paz interior que da el seguirte por el camino de amar y servir de manera semejante a la tuya, que fuiste alguien pleno y feliz. Así sea.

 

Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, crecer en el camino de la renuncia al peso inútil para lograr una entrega más generosa al Reino,

Miguel.

miércoles, 19 de agosto de 2026

¿Qué significa para nosotros que él sea Mesías e Hijo de Dios?

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR

Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo

23 de Agosto de 2026                                              

Domingo de la Vigésimo Primera Semana Durante el Año

 

Lecturas de la Misa:

Isaías 22, 19-23 / Salmo 137, 1-3. 6. 8 Tu amor es eterno, Señor / Romanos 11, 33-36

 

+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     16, 13-20


    Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?»
    Ellos le respondieron: «Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas».
    «Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?»
    Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».
    Y Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo».
    Entonces ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que Él era el Mesías.
Palabra del Señor.

 

MEDITACION

El Señor anuncia sobre su servidor: «Pondré sobre sus hombros la llave de la casa de David: lo que él abra, nadie lo cerrará; lo que él cierre, nadie lo abrirá» (1L). Esas palabras resuenan como un eco en las que dirá Jesús a Pedro, cuando expresa la fe de la comunidad a la que encabeza, indicándole que sobre ella «edificaré mi Iglesia» (Ev). La respuesta del pescador podría haber sido: «Daré gracias a tu Nombre por tu amor y tu fidelidad, porque tu promesa ha superado tu renombre» (Sal) «¡Qué profunda y llena de riqueza es la sabiduría y la ciencia de Dios!» (2L), la cual sabe reconocer nuestra fidelidad por encima de nuestras debilidades y pequeñeces.

Una pregunta siempre actual y necesaria.

Jesús parece estar asombrado por tan distintas reacciones que provoca su actuar.

Es que, si revisamos lo que había sucedido antes del relato de este día, nos encontraremos con que, mientras «la multitud se admiraba al ver que los mudos hablaban, los inválidos quedaban curados, los paralíticos caminaban y los ciegos recobraban la vista. Y todos glorificaban al Dios de Israel» (Mt 15,31), a la vez sucedía que los hombres de la religión, «los fariseos y los saduceos se acercaron a él y, para ponerlo a prueba, le pidieron que les hiciera ver un signo del cielo» (Mt 16,1). Porque para estos últimos las "señales de la tierra" no eran suficiente muestra de sintonía con el Cielo...

Recordemos que, cuando el Bautista envía a preguntarle si él era realmente el enviado que estaban esperando, les respondió: «Vayan a contar a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los paralíticos caminan, los leprosos son purificados y los sordos oyen, los muertos resucitan, la Buena Noticia es anunciada a los pobres» (Lc 7,22).

Por estas cosas el Maestro diría en otra ocasión que los "grandes pensadores" no comprenden las maravillas del Reino que él vino a predicar y a aplicar; en cambio, los humildes, sí (Mt 11,25). Es lo que creía y quiere comprobar preguntando a los de su mayor confianza «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?».

Lo que se nos narra hoy ocurre en el encuentro íntimo, lejos de su tierra, en «la región de Cesarea de Filipo», lejos también de la agitación en la cual se hallaban habitualmente inmersos. Es un retiro en el cual los hermanos comentan y evalúan lo que ha estado sucediendo.

En esa ocasión, una vez más, Pedro habla por todos, manifestando su esperanza más que su convicción: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Espontánea, pero a la vez inadvertidamente, está diciendo: “tú eres el don del Buen Dios, el que tenía que venir, el que proviene de la esencia misericordiosa del Padre Creador, eres su Hijo; Hijo del Dios Vivo y que da Vida”.

Jesús responde que, sobre esa piedra firme de su confesión de fe, se podrá edificar su comunidad futura, la Iglesia, y que nada, ni lo peor, «el poder de la Muerte», será capaz de derrotar la compasión, la ternura y la fidelidad inquebrantable del Dios Padre que se manifiesta en Jesús y en los cristianos llamados por él.

Pedro, más conocido por ser un humilde trabajador provinciano sin mayores conocimientos bíblicos ni de ningún otro tipo intelectual, no alcanzaba a comprender los alcances de lo que había dicho, ya que eso no provenía de «la carne ni la sangre», sino de esa sabiduría que sólo da el Creador, el «Padre que está en el cielo».

Tanto es así, que en la versión de esta misma escena del evangelio de Marcos (8,27-33) se nos indica que, después de ese impresionante reconocimiento del líder de la comunidad, Jesús explicita las implicancias de su misión «el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser rechazado […] debía ser condenado a muerte…».

Esa parte no la comprende ni la acepta el buen corazón del pescador, por lo que «Pedro, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo», con lo que se gana tal vez el peor regaño proferido por su Maestro a persona alguna: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás!», porque, al contrario de las palabras que se recuerdan hoy, aquello mostraba que sus «pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres».

Eso explica que el Maestro culmine ordenando que no le digan a nadie lo conversado, porque lo anterior indicaba que tergiversarían el sentido de lo que él hacía y seguiría haciendo.


Necesitarían pasar por las fuertes experiencias de la Pasión para llegar a captar el sentido profundo de su misión unida al querer de Dios: «Mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra» (Jn 4,34). Y lanzarse luego a imitarlo.

Pues bien, en nuestro tiempo también tenemos acceso a muchas opiniones muy variadas acerca del Señor. Es importante escucharlas para tener una respuesta adecuada. Pero, para eso, antes es necesario que tengamos muy claro quién es Él para nosotros. Y que eso se traduzca en acciones coherentemente concretas.

 

Quisiéramos poder responder con confianza, Señor que eres el Ungido, Hijo del Dios que Vive y da Vida. Y sintiéndolo así, que nuestra vida sea más confiada, más llena de alegría y esperanza. Y eso mismo queremos que los que no te conocen lleguen a experimentar en algún momento de su existencia, para que puedan disfrutar del gozo del Evangelio, que llena de luz y de vida plena. Así sea.

 

Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, reconocer al Señor de la Vida, realizando acciones que ayuden a dar vida buena y digna a todos sus hermanos, hijos del Buen Padre Dios,

Miguel.

miércoles, 12 de agosto de 2026

Un Dios muy humano

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR

Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo

16 de Agosto de 2026                                              

Domingo de la Vigésima Semana Durante el Año

 

Lecturas de la Misa:

Isaías 56, 1. 6-7 / Salmo 66, 2-3. 5-6. 8 ¡Que los pueblos te den gracias, Señor! / Romanos 11, 13-15. 29-32

 

+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     15, 21-28


    Jesús partió de Genesaret y se retiró al país de Tiro y de Sidón. Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: «¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio». Pero Él no le respondió nada.
    Sus discípulos se acercaron y le pidieron: «Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos».
    Jesús respondió: «Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel».
    Pero la mujer fue a postrarse ante él y le dijo: «¡Señor, socórreme!»
    Jesús le dijo: «No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros».
    Ella respondió: «¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!»
    Entonces Jesús le dijo: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!» Y en ese momento su hija quedó sana.
Palabra del Señor.

 

MEDITACION

La Palabra se dirige hoy «A ustedes, que son de origen pagano» (2L); es decir, a todos nosotros, que no venimos de la misma religión que los primeros discípulos, judíos como Jesús. Esa Palabra nos quiere recordar que quien con fe humilde se atreva a rogar: «¡Señor, socórreme!» (Ev), no sólo terminará siendo oído, sino que será acogido, sin exclusiones. Porque, dice Dios: «mi Casa será llamada Casa de oración para todos los pueblos» (1L). De tal manera que cada uno de quien se diga creyente en el Dios de Jesús, asuma una actitud semejante y, por eso, «canten de alegría las naciones» (Sal).

El Señor se puede equivocar, pero enmienda con creces.

Este relato del evangelio ha provocado graves problemas a los creyentes a lo largo de la historia. Esto, porque al leerlo tal como está, sin adornos ni interpretaciones posteriores, nos encontramos con que el misericordioso y acogedor Jesús rechaza y hasta es grosero con una mujer humilde. ¡Qué atroz!

Para buscar solucionar esta contradicción, hay toda una corriente que argumenta que, como él era Dios, lo sabía todo, aun la reacción que tendría ella, por lo que la estaba poniendo a prueba. ¿Jesús jugando con los sentimientos de una persona? Eso no deja de ser horrible.

Más aún, si pudiésemos comparar diferentes traducciones provenientes de distintas ediciones de la Biblia, veríamos que algunas prefieren usar, donde dice "cachorros", directamente la palabra "perros", lo que tendría sentido si tenemos en cuenta que era la denominación despectiva que un judío como Jesús daría a una extranjera como la cananea en una situación similar.

Quien redactó el texto que ha llegado hasta nosotros, entonces, posiblemente habría sentido herida su sensibilidad, razón por la cual lo habría suavizado en su versión.

Nosotros optamos, más bien, por el enfoque de los que comprenden que, como él era completamente hombre también, actuaba y reaccionaba bajo el influjo de su cultura y las costumbres de su pueblo, como lo hace naturalmente cualquier persona en su respectivo tiempo. 

La gracia que tiene el Maestro al respecto, y es lo que nos sirve de enseñanza a nosotros, es que él no era un fanático ni un irracional, por lo que era capaz de dejarse cuestionar por el "inferior", ser autocrítico superando los prejuicios y prácticas habituales, y luego convertirse de lo que entendió que era un mal proceder. 

Lo contrario, es decir, creer que él no se equivocaba, primero sería asumir que nos mintieron cuando nos dijeron que Dios «se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14), para lo que «debió hacerse semejante en todo a sus hermanos», los hombres (Hb 2,17) y, en realidad, sólo habría hecho la pantomima de hacerse humano. 

Junto con lo anterior, que ya sería horrible, a la vez tendría el pernicioso efecto de impedir cualquier intento nuestro de tratar de asemejarnos a él, perdiendo así todo el sentido de ser cristiano (=otros Cristos, en nuestro tiempo y lugar).

Revisemos, entonces, lo que nos cuenta Mateo: Jesús anda fuera de su patria, pero aún ahí es reconocido, al punto que una lugareña le grita: «¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio». Su reacción, fruto de las enseñanzas que recibió, es despreciar e ignorar a quien le hablaba. Primero, por ser alguien que no pertenece al pueblo elegido, pero además por tratarse de una mujer, es decir, una inferior: «él no le respondió nada»

Ante la imposibilidad de seguir en esa actitud, debido a que ella se postra a sus pies, viene el diálogo del escándalo: «No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros». Queda claro que los "hijos" son los hebreos y, como ya hemos dicho, los "cachorros" son los extranjeros.

Pero ella no se amilana ante este rechazo y, colgándose de la metáfora, responde: «¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!». La admiración vence a Jesús: «"Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!". Y en ese momento su hija quedó curada»


La mujer le enseñó así que la fe no es propiedad de una nación determinada. Y, probablemente, también, todo lo que una madre es capaz de soportar por una hija, abriendo así sus ojos y su corazón a verla no como una ajena, sino como otro ser humano, un próximo, que también necesita del amor de Dios. Y, como un efecto en cadena, que no debía sentirse «enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel», sino ampliar la invitación al Reino a toda persona, comprendiendo que «Dios no hace acepción de personas» (Hch 10,34).

Tan bien aprendió esta lección, gracias a la extranjera sin nombre, que, al despedirse ya resucitado, encarga a sus discípulos: «Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación» (Mc 16,15).

 

¡Señor, Hijo de David, ten compasión de nosotros! Ayúdanos a discriminar menos y a acoger más. Que sepamos repartir bastante más allá que las migajas que puedan caer de la mesa tremendamente generosa del Buen Padre Dios. Y que aportemos a que nadie se sienta desplazado ni humillado, mucho menos en tu nombre. Así sea.

 

Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, dejarnos remecer por la palabra de Jesús, de tal manera de remover hábitos que pueden alejarnos del camino del Reino,

Miguel.

miércoles, 5 de agosto de 2026

Creyendo, de verdad, que Él es más fuerte y más grande que las tormentas

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR

Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo

9 de Agosto de 2026                                              

Domingo de la Décimo Novena Semana Durante el Año

 

Lecturas de la Misa:

I Reyes 19, 9. 11-13 / Salmo 84, 9-14 Muéstranos, Señor, tu misericordia, y danos tu salvación / Romanos 9, 1-5

 

+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     14, 22-33


    Después de la multiplicación de los panes, Jesús obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que Él a la otra orilla, mientras Él despedía a la multitud. Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo.
    La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. «Es un fantasma», dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar.
    Pero Jesús les dijo: «Tranquilícense, soy Yo; no teman».
    Entonces Pedro le respondió: «Señor, si eres Tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua».
    «Ven,» le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a Él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: «Señor, sálvame». En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?»
    En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en ella se postraron ante Él, diciendo: «Verdaderamente, Tú eres el Hijo de Dios».
Palabra del Señor.

 

MEDITACION

Muchas veces nuestra vida (y/o nuestra familia, nuestra comunidad) es, como la barca del evangelio, «sacudida por las olas, porque tenían viento en contra» (Ev). En esas ocasiones, quienes creemos entendemos que también «en ese momento el Señor pasaba» (1L), ya que Él «está por encima de todo, Dios bendito eternamente» (2L), por lo que su presencia es permanente y tenemos la certeza de que en esas y en todas las circunstancias, «el Señor promete la paz, la paz para su pueblo y sus amigos» (Sal), por lo que corresponde comportarnos como sus amigos, lo que significa que, venciendo las dificultades, difundamos con alegría su paz, que va junto con su amor.

Símbolos de un itinerario de fe

Puede ser interesante leer este evangelio como un itinerario por sucesivas etapas de nuestra fe. Veamos: lo que se nos narra ocurre después de uno de los signos más potentes que realizó Jesús, es decir, «inmediatamente después de la multiplicación de los panes».

Ante un evento de tal magnitud, siempre es necesario tomarse un tiempo para meditar lo vivido. Con ese propósito, el Maestro crea dos grupos: el primero, el de quienes tenían un poco más de experiencia en los caminos del Reino, sus discípulos, a quienes sube en una barca, para que hagan la reflexión con la perspectiva suficiente, la de «la otra orilla»; por el otro lado, «él despedía a la gente», probablemente dedicándole un tiempo más a quienes eran novatos en estos misterios, explicándoles con mayor detención lo sucedido, ayudando a guiar las conclusiones que sacarían de esto para sus vidas.

Concluida la tarea, él, que no es inmune a la necesidad de discernir la voluntad de Dios en los sucesos que iba viviendo, «subió al monte a solas para orar», que es la mejor manera, ya que, correctamente realizada, es una conversación con el Padre. Para eso él dedica el tiempo que sea necesario; tanto, que seguía en eso «llegada la noche».

Volvemos la vista a continuación a la situación de la Iglesia, la asamblea de los creyentes, simbolizada en «la barca [que] iba ya muy lejos de la costa», es decir, bastante distanciada del Señor. Ahí le ocurre que «las olas la sacudían, porque el viento era contrario», como ha sucedido con toda comunidad a lo largo de los siglos, las que físicamente ya no cuentan con el Maestro, y se sienten zarandeadas por los vientos de la incertidumbre ante las nuevas situaciones que el desarrollo de las sociedades plantean, pero también por los naturales desgastes provocados por el paso del tiempo, los conflictos internos provocados por la disparidad de criterios y la tendencia al estancamiento que produce el sentirse demasiados cómodos en lo rutinario y habitual.

Pero, como no abandona a los suyos: «Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua», metáfora de aquellas dificultades que los aquejan. Sin embargo, los discípulos, pareciendo olvidar de quién se trata y su Poder (¿no nos ocurre muchas veces lo mismo?), «al verlo andar sobre el agua, se espantaron [...] Y daban gritos de terror. Pero Jesús les dijo enseguida: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”».

Era una prueba de fe. Si eso no era suficiente, ¿qué puede serlo? ¿Qué más necesitan (necesitamos) para vencer los temores y encontrar la paz?

El impulsivo Pedro, líder de sus compañeros, se envalentona y pide lo imposible: «Señor, si eres tú (¿aún dudan?), mándame ir a ti caminando sobre el agua». Como sabemos, o deberíamos saberlo, para él nada es imposible, por lo que «le contestó: “Ven”». A esto obedece el apóstol, «pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: “¡Sálvame, Señor!”». Nuevamente la inquietud le gana a la confianza.


Gracias a Dios, él, que no falla, «le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”». El discípulo, como nos sucede demasiado a menudo, ya no recordaba que su Maestro venía de alimentar a miles de personas virtualmente desde la nada y ¿no sería capaz de sustentarlo en esta circunstancia?

De vuelta con los hermanos, en el seno de la fraternidad de la fe, «el viento se calmó». La Iglesia es (o debería ser) el lugar para recomponer el espíritu, para encontrar la serenidad.

Todo esto provoca que la comunidad de los creyentes, «los que estaban en la barca», proclamasen su Credo: «se postraron ante Jesús diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”».

 

Te pedimos que nos ayudes, Señor, a poder verdaderamente reconocer tu poder misericordioso con nosotros, aún y sobre todo, en medio de las tempestades que provocan el permitirle espacio a nuestros temores y flaquezas. Así sea.

 

Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, saber confiar más en Dios, de tal manera de encontrar, aún en las dificultades, la serenidad de la fe,

Miguel.

miércoles, 29 de julio de 2026

Jesús, el de la compasión activa

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR

Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo

2 de Agosto de 2026                                              

Domingo de la Décimo Octava Semana Durante el Año

 

Lecturas de la Misa:

Isaías 55, 1-3 / Salmo 144, 8-9. 15-18 Abres tu mano, Señor, y nos colmas de tus bienes / Romanos 8, 35. 37-39

 

+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     14, 13-21


    Jesús se alejó en una barca a un lugar desierto para estar a solas. Apenas lo supo la gente, dejó las ciudades y lo siguió a pie. Cuando desembarcó, Jesús vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, sanó a los enfermos.
    Al atardecer, los discípulos se acercaron y le dijeron: «Este es un lugar desierto y ya se hace tarde; despide a la multitud para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos».
    Pero Jesús les dijo: «No es necesario que se vayan, denles de comer ustedes mismos».
    Ellos respondieron: «Aquí no tenemos más que cinco panes y dos pescados».
    «Tráiganmelos aquí», les dijo.
    Y después de ordenar a la multitud que se sentara sobre el pasto, tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, los dio a sus discípulos, y ellos los distribuyeron entre la multitud.
    Todos comieron hasta saciarse y con los pedazos que sobraron se llenaron doce canastas. Los que comieron fueron unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños.
Palabra del Señor.

 

MEDITACION

Nuestro Señor «está cerca de aquellos que lo invocan» (Sal) y de quienes, sin hacerlo, se presentan ante él con sus debilidades: «Jesús vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, sanó a los enfermos» (Ev), esto, porque nada «podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor» (2L). Sin embargo, para que su accionar misericordioso siga desarrollándose, es necesario que los cristianos «Presten atención y vengan a mí, escuchen bien y vivirán» (1L) y una vez oído su mensaje, salgamos de nuestras comodidades y también nos ocupemos de los necesitados, poniendo en práctica sus enseñanzas.

…Y nuestro deber de saciar las distintas hambres del mundo.

La imagen que se tiene generalmente de un líder religioso es la de una persona muy ocupada, además de preocupada de muchas cosas: reuniones y actividades variadas. Tantas, que da la apariencia de estar ajeno y hasta ser indiferente a las necesidades y dolores del rebaño puesto a su cuidado.

Preguntémonos: ¿nuestro líder original, Jesús, se asemejaba a esto? Claramente, no. Él no era, ni por asomo, una especie de "funcionario de la fe". Por el contrario, él, como enseñó, «no vino para ser servido, sino para servir» (Mc 10,45), invitando a sus discípulos a hacer igual.

Por eso, según se nos cuenta, «vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, curó a los enfermos», y esto, porque lo que ha aprendido de Dios, su Padre, es que es imprescindible, permanentemente, atender a las necesidades de la gente.

Él, por ejemplo, buscó aliviar el sufrimiento: «Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor, provocados por sus capataces. Sí, conozco muy bien sus sufrimientos. Por eso he bajado a librarlo del poder de los egipcios» (Ex 3,7-8).

Y también su Padre, nuestro Padre y su Dios, nuestro Dios (Jn 20,17) es un Servidor conocido como quien «sació a los que sufrían sed y colmó de bienes a los hambrientos» (Sal 107,9).

Coherentemente con lo anterior, nos encontramos en el texto de hoy que los discípulos, al parecer, estaban impacientes por la larga jornada de curaciones de su Maestro y, tal vez, impulsados por su propia hambre, ya que habitualmente «no tenían tiempo ni para comer» (Mc 6,31). En esa situación, entonces, lo interrumpen con una idea que parece razonable: «ya se hace tarde; despide a la multitud para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos». Ellos creen apropiado despedir a la gente para que cada uno vaya a solucionar su problema alimenticio.

Una vez más, no han estado entendiendo a Jesús. En situaciones como estas se ve que sus «pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres» (Mc 8,33), quienes encuentran muy normal desembarazarse de los que tienen carencias. Pero ¿qué sucederá con quienes no puedan comprar lo necesario? ¿Problema de ellos? No, problema de Jesús y de todos los que se sientan cercanos a él. Su mandato es perentorio y permanente: «denles de comer ustedes mismos».

Él había enseñado a pedirle al Padre: «Danos hoy nuestro pan de cada día» (Mt 6,11), para que comprendiésemos que Dios quiere que todos sus hijos e hijas no tengan hambre ningún día, invitando a enfocarse en quienes no posean los medios para saciar esa necesidad.

Los discípulos, ante la exigencia de su Maestro, sólo encuentran «cinco panes y dos pescados» entre la multitud. Evidentemente escaso. Para Jesús es suficiente, porque si todos comparten lo poco que tengan, se puede hacer mucho… hasta vencer el hambre de todos, tanto que «con los pedazos que sobraron se llenaron doce canastas».

El proyecto, la propuesta de Jesús, a la cual él llamaba “el Reino de los cielos” o “de Dios”, esa que ellos (igual que nosotros) no entendían, era y es que todos aportemos lo poco que tengamos de tal manera de hacer un "mucho" que cambie el mundo. De esa manera aportamos a construir una sociedad más humana, una donde dé la impresión que reina el amor de Dios, capaz de vencer el egoísmo y la indiferencia, llegando a lograr compartir fraterna y solidariamente, de tal manera que haya recursos suficientes para todos.


Según el “Proyecto Hambre” de las Naciones Unidas, alrededor de 24.000 personas mueren cada día de hambre o por causas relacionadas con el hambre. Eso es el 16% de toda la gente que fallece. Habiendo, como sabemos, recursos suficientes sólo una sería demasiado.

A los cristianos debería caérsenos la cara de vergüenza ante esta situación. ¿Cómo nos atrevemos a llamarnos seguidores de Jesús? Nosotros, que tenemos un mandato claro que no caduca: darles de comer. Esa sería una forma eficaz de proclamar el Evangelio, haciendo presente a Jesús en el mundo de hoy. Aquel de la compasión activa, que le duele y hace (y manda a hacer) algo al respecto.

 

Señor, Padre de todos, Tú que das el pan de cada día a cada ser vivo, toca el corazón de los líderes y de todos tus hijos, dándonos un corazón generoso para compartir lo que tenemos y no desperdiciar los frutos de la tierra, para que aportemos a que ningún niño ni familia se acueste con hambre. Guíanos para ser instrumentos de tu justicia y amor. Así sea.

 

Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, crecer en conciencia sobre las necesidades de los demás y en generosidad para aportar a solucionarlas,

Miguel.

Una manifestación concreta, eficaz y verificable de que se ama

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo 13 de Septiembre de 2026                        ...