PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR
Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo
Domingo de la Trigésima Semana Durante el Año
Lecturas de la Misa:
Éxodo 22, 20-26 / Salmo 17, 2-4. 47. 51 Yo te amo, Señor, mi fortaleza / I Tesalonicenses 1, 5-10
+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 22, 34-40
Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con Él, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?»
Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas».
Palabra del Señor.
MEDITACION
Para realmente «servir al Dios vivo y verdadero» (2L), debemos tener presente que Él se identifica con -y se lo encuentra junto a- los que sufren las injusticias, porque ya nos ha advertido que cuando aquellos le invoquen, «Yo escucharé su clamor […] porque soy compasivo» (1L). Es la misma sensación que ha tenido el salmista: «Invoqué al Señor […] y quedé a salvo de mis enemigos» (Sal). Entonces, como todos tenemos dolores y necesidades, debiese quedar claro que «el mandamiento más grande de la Ley» (Ev) no excluye a nadie, sino que incluye a todos: a Dios y al prójimo, en la entrega generosa, es decir, en el amor.
Dos mandamientos que se fusionan.
Ya hemos recordado en otra ocasión la célebre frase de la holandesa Corrie ten Boom: "No te preocupes por lo que no entiendas de La Biblia. Preocúpate por aquello que entiendes y no aplicas en tu vida", debido a que sirve mucho como guía para la vida cristiana.
Pues bien, en los tiempos de nuestro Maestro, como hoy, había gente que se abrumaba por tantas enseñanzas de las Escrituras, hasta el punto de que les costaba poder encontrar orientación en ellas. Tenían los Diez Mandamientos, por cierto, pero los líderes religiosos, inspirándose también en otras indicaciones que se podía encontrar en aquellos escritos, habían llegado a un catálogo de otras 613 normas para los creyentes en Dios.
Razonablemente, existía la necesidad de obtener una orientación, con una especie de jerarquización, de todas estas. Y es así que llegan con la inquietud a Jesús: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?» Ante esto, él hace dos cosas interesantes: primero, resume en sólo dos toda aquella selva de mandatos: «"Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu". Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo"». Y, a continuación, pone al mismo nivel el mandamiento del cariño activo por el otro con aquel tan fundamental en su cultura, de amar al Señor: «De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas», es decir, todo lo que conocían como las Sagradas Escrituras en aquel tiempo.
Por lo que se entiende que para él si uno quiere amar a Dios, puede hacerlo de manera concreta amando al prójimo.
En esa misma línea, un seguidor suyo dirá: «El que dice: "Amo a Dios", y no ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve?» (1 Jn 4,20).
Todo lo anterior nos podría llevar a entender, por lo tanto, que el mandamiento del amor al prójimo se transforma en el “primero”, por esa gracia que tiene de hacer visible el amor a Dios.
Tal vez por lo mismo es que Jesús deja como testamento finalmente sólo uno: «Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros». Nuevo, porque es parte de esta forma novedosa de entender los mandatos de Dios. Y, como si fuera poco, este mandato lo transforma en señal de que se es cristiano: «Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros» (Jn 13;34-35).
Sería útil, después de esto, preguntarnos, para ser fieles a nuestro Dios y a nuestra vocación cristiana: ¿cómo amar hoy al prójimo?, que es como decir, según lo señalado recién: ¿cómo amarlo eficazmente, de una forma que sirva, a Él en los otros? (Stg 2,15-17).
Por ejemplo, interesarse por la situación de quienes lo pasan mal; informarse de sus problemas, mirando con respeto las situaciones que los transforman en los más desfavorecidos y rezagados, porque «Yo sé que el Señor hace justicia a los humildes y defiende los derechos de los pobres» (Sal 140,13).
Otro: Hacer propio el dolor ajeno, dejar de pensar que tenemos bastante con los nuestros; buscar sentir que los dolores y alegrías de los demás también son las de nosotros: «Alégrense con los que están alegres, y lloren con los que lloran» (Rm 12,15). (Y, ojo, que se ha descubierto que se sufre menos cuando se ayuda a otros con su dolor).
Más: Buscar la forma de colaborar a mejorar el mundo, conociendo los voluntariados, las ONGs, las organizaciones fraternas, porque el amor organizado es mucho más eficaz, sin olvidar que «La religiosidad pura y sin mancha delante de Dios, nuestro Padre, consiste en ocuparse de los huérfanos y de las viudas cuando están necesitados» (Stg 1,27).
Es que hemos aprendido de nuestro Maestro que el mundo se divide en dos clases de personas: quienes se echan al hombro al caído en el camino, quien se hace "prójimo" de él; o, por otro lado, los que pasan de largo, porque olvidan ser "prójimos" (Lc 10,25-37). Porque cuando hablamos del amor al prójimo, en la perspectiva de Jesús, estamos hablando de hacer nuestras las cargas que no son nuestras: «Nosotros, los que somos fuertes, debemos sobrellevar las flaquezas de los débiles» (Rm 15,1).
Concluyamos recordando que los cristianos estamos llamados a cambiar el mundo anunciando, con palabras, pero, sobre todo, con nuestras acciones, la Buena Noticia de un Dios loco de amor por nosotros: «la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores» (Rm 5,8; ver 1 Cor 1,18) y hacernos parte de esa locura hacia los demás.
Te adoramos, Señor. Creemos en ti, esperamos en tu misericordioso amor y queremos aprender a amarte con todo nuestro corazón. Te pedimos que nos auxilies en nuestro deseo de corresponder como es debido a tu tremendamente generoso amor por nosotros, intentando buscar realizar siempre tu santa voluntad, la cual, como sabemos es, primero, amar al prójimo en tu Nombre. Así sea.
Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, aprender a amar a Dios por sobre todo, haciéndolo eficaz y concretamente en sus otros hijos, nuestros hermanos,
Miguel.












