PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR
Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo
Pentecostés
Lecturas de la Misa:
Hechos 2, 1-11 / Salmo 103, 1. 24. 29-31. 34 Señor, envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra / I Corintios 12, 3-7. 12-13
+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 20, 19-23
Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me
envió a mí, yo también los envío a ustedes.» Al decirles esto, sopló sobre
ellos y añadió: «Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los
que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los
retengan».
Palabra del Señor.
MEDITACION
La unidad, el estar «todos reunidos en el mismo lugar» (1L), es la situación ideal que busca el Resucitado para soplar aliento de vida nueva sobre sus discípulos (Ev), para potenciar su actuar comunitario, porque, como dirá el salmista: «si envías tu aliento, son creados, y renuevas la superficie de la tierra» (Sal). Esto es necesario para que quienes creen sirvan a los demás con las capacidades que él les da, a cada persona y a todos, apoyándose y fortaleciéndose mutuamente, ya que «en cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común» (2L).
La noche de un día agitado.
Es el final de un largo día lleno de acontecimientos, según nos relata el capítulo 20 del Evangelio de Juan. Éste comienza «cuando todavía estaba oscuro», apenas terminado el descanso por el Día Santo, el Sábado. Nos encontramos con que «María Magdalena», inquieta, apenas se lo permitieron las normas, «fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada» (v.1). Su reacción es comunicar este hecho anómalo a la comunidad: «Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto"» (v. 2), entonces ellos «salieron y fueron al sepulcro» (v.3), también presurosamente.
Ellos confirman que el sepulcro está vacío y, además, enfrentan una extraña situación: estaban «las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza» (v.6-7), de la manera como recordaban que había sido colocado en aquel lugar mortuorio al difunto Jesús. La conclusión es asombrosa, ya que no piensan en un hurto del cadáver, como Magdalena, o cualquier otra respuesta más "lógica", sino que se nos dice que, incluso, uno de ellos, el que estaba más cerca del corazón del Señor, «vio y creyó» (v.8). Sorprendentemente no se nos informa qué fue lo que creyó, tal vez porque quienes leerían o escucharían esto, por ejemplo, nosotros, serían creyentes, por lo tanto, personas que ya sabían exactamente el contenido de esa fe. Sin embargo, no hay ninguna reacción al respecto: por el contrario, se nos dice que tranquilamente «los discípulos regresaron entonces a su casa» (v.10).
La que no sale del shock por toda esta situación es ella, quien «se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro». En esos momentos, «mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Ellos le dijeron: "Mujer, ¿por qué lloras?". María respondió: "Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto". Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció» (v.11-14). Es razonable preguntarse ¿por qué no es capaz de reconocer a la persona con la que había compartido tantos momentos durante los últimos años? Guardemos esta pregunta unos instantes y sigamos con el relato.
«Jesús le preguntó: "Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?". Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: "Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo". Jesús le dijo: "¡María!". Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: "¡Raboní!", es decir "¡Maestro!"» (v.15-16).
Ahora sí. Había muchas Marías en aquel tiempo, era un nombre casi tan común como entre nosotros en la actualidad, pero sólo una persona lo pronunciaba, dirigiéndose a ella, con la ternura del Señor. Recordemos que antes Jesús había enseñado: «mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen» (Jn 10,27).
Como era de esperar de alguien que siempre «ha demostrado mucho amor» (Lc 7,47), una persona "de piel" como diríamos hoy, ante tal revelación, probablemente se abalanzó con alegría hacia él y lo abrazó, entonces, «Jesús le dijo: "No me retengas, porque todavía no he subido al Padre"».
En ese momento, como si fueran pocas todas las sorpresas de este día, se le da un encargo fuera de serie para una mujer de ese tiempo y esa cultura: ser testigo, nada menos que para sus discípulos: «Ve a decir a mis hermanos: "Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes"» (v.17). Por esto la Iglesia primitiva la conocería como la "apóstola de los apóstoles", ya que Jesús antes y el Resucitado coherentemente después, no se preocupa tanto de las normas culturales, sino en el corazón de la persona a quien le hace el encargo.
Consecuente con la importancia del envío, rápidamente, «María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras» (v.18).
Lamentablemente, esos hombres aún no habían cambiado su mentalidad, y da la impresión de que no les afectó mayormente el anuncio recibido, porque al anochecer de ese día estremecedor, nos encontramos a los discípulos encerrados por miedo. Entonces, porque han demostrado que así lo necesitaban, «poniéndose en medio de ellos». Y, porque lo necesita el mundo, que siempre tiene muchos motivos para temer, lo primero que pronuncia es: «¡La paz esté con ustedes!», a continuación les da un encargo misionero y, tal como al inicio de los tiempos, en que Dios había soplado para dar aliento de vida al primer hombre (Gn 2,7), el Resucitado «sopló sobre ellos y les dijo: "Reciban el Espíritu Santo"» (v.22), para hacer de estos temerosos y testarudos nuevos seres, capaces de llevar perdón a nuestro mundo que tanto lo necesita.
Este Pentecostés, que se considera la fiesta del nacimiento de la Iglesia, entonces, busquemos volver a los orígenes de nuestra fe: Jesús y sus enseñanzas. También sepamos admirar y tratemos de asemejar nuestras actitudes al amor fiel de la Magdalena y la disposición de los primeros discípulos a dejarse impulsar por el mismo Espíritu de Dios. Y siempre, siempre, con esas actitudes, sintámonos enviados a hacer discípulos (personas que tratan de asemejarse al maestro) del Profeta del amor, a la vez que más misioneros de la imprescindible reconciliación.
Buen Espíritu divino, Tú renuevas la faz de la tierra con el poder del perdón. Pero también guiando, otorgando sabiduría y fortaleza, y promoviendo la unidad de quienes intentamos vivir coherentemente la fe en el Dios de la Vida, para que podamos anunciar, con nuestras vidas y nuestra alegría comunitaria, el Reino del Amor. Gracias, Señor.
Dejándonos inundar por el Espíritu de Dios, que es Espíritu de Paz, Amor y Alegría, para nosotros y desde nosotros al mundo,
Miguel.












