PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR
Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo
Domingo de la Décimo Séptima Semana Durante el Año
Lecturas de la Misa:
I Reyes 3, 5-12 / Salmo 118, 57. 72. 76-77. 127-130 ¡Cuánto amo tu ley, Señor! / Romanos 8, 28-30
+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 13, 44-52
Jesús dijo a la multitud:
«El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo.
El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró.
El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve.
Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el fuego ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.
«¿Comprendieron todo esto?»
«Sí», le respondieron.
Entonces agregó: «Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo».
Palabra del Señor.
MEDITACION
Tenemos confianza en que «Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman» (2L), y para comprender esto, Él también nos dice: «Te doy un corazón sabio y prudente» (1L), y éste lo podemos utilizar para captar e intentar vivir su mensaje, de manera de hacer realidad que, más que los bienes materiales: «El Señor es mi herencia: yo he decidido cumplir tus palabras» (Sal). Porque ser fiel a ellas son el tesoro y la perla (Ev) más valiosos que existen. Lo comprobamos al ver que son la única fuente de real alegría para nosotros y los que nos rodean.
Rescatando mensajes nuevos y experiencias viejas.
En los versículos anteriores a los de este día, Jesús parece haber estado respondiendo preguntas de las comunidades cristianas de siempre, incluso las actuales:
¿Por qué algunos no aceptan el mensaje de Jesús? Porque hay distintas disposiciones al recibirlo. Así lo explica en la parábola del sembrador: unos no lo comprenden; otros lo aceptan «con alegría, pero […] en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución» sucumben; otros permiten que «las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas» lo ahoguen. Por fin, hay también quien «escucha la Palabra y la comprende. Este produce fruto» (Mt 13,3-23).
¿Qué hacer con quienes no lo aceptan? Tolerar la situación, ya que no tenemos la paciencia necesaria, la del propietario de los sembrados, el mismo Dios, quien invita a esperar hasta el momento del fruto final, en el cual Él (y sólo Él) recién decidirá cómo proceder, según su cuentito del trigo y la cizaña (Mt 13,24-30).
¿Cómo hacer llegar a todos su mensaje si no somos suficientes? Comprendiendo que su poder no está en nosotros, sino en el interior del propio mensaje, como el pequeño grano de mostaza que «se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas» o la levadura, cuya escasa porción «fermenta toda la masa» (Mt 13,31-33).
Llegando al evangelio para este día habría dos preguntas. La primera sería: ¿Vale la pena (literalmente) proclamar el mensaje del Reino, qué importancia puede tener aún éste?
Para esto, el Maestro elabora las parábolas sobre repentinos encuentros con una riqueza material: un tesoro y una perla rarísima. En ambas ocasiones, el protagonista lo descubre; para conseguirlo, vende todo lo que tiene; y termina comprando el precioso artículo.
Sin embargo, crea dos variantes: uno es alguien que, en un golpe de suerte, encuentra un tesoro y, luego, lo esconde. «Lleno de alegría» inicia los trámites para apropiarse de éste, «vende todo lo que posee y compra el campo», sin importar el costo.
En la otra situación, el protagonista es alguien en permanente búsqueda de lo preciado, por lo que sabe valorar la perla, como «de gran valor» y, al igual que el anterior, «fue a vender todo lo que tenía y la compró».
Es decir, para dar respuesta a ese cuestionamiento, es necesario recordar que entre nosotros algunos localizamos el camino del Reino de manera casi casual, como aquel del tesoro: nuestra familia es creyente o llegamos a algún lugar donde la fe era importante y nos gustó y encontramos así un estilo de vida interesante; mientras que otros lo hallamos, como el joyero de la perla, tras un tiempo de búsqueda en distintas instancias, distintas filosofías y diferentes religiones, incluso, hasta llegar a esta fe que valoramos tanto.
Ambos grupos de cristianos, de nosotros, terminamos descubriendo algo que merecía renunciar a todo, o a mucho de lo que antes parecía más importante, pero no saciaba nuestros anhelos de Vida eterna. Por lo tanto, sabemos que sirve y mucho proclamarlo, ya que es fuente de «una alegría que nadie les podrá quitar» (Jn 16,22).
La otra pregunta sería, la que respondería la parábola de la «red que se echa al mar y recoge toda clase de peces»: ¿Qué ocurrirá con quienes dicen aceptar el mensaje del Señor, pero no viven de acuerdo con esos ideales?
Es que siempre hay gente entre nosotros que parecen no mantener esa experiencia de haber descubierto como valiosa su Palabra. Ocurrirá, pues, que «al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente».
Lo que sea que entendamos por aquello, nuevamente hay que recordarlo, no tenemos ninguna responsabilidad de decidirlo. Corresponde sólo al criterio de nuestro Buen y Misericordioso Dios.
Por lo tanto, cada uno es responsable de lo que hace con la buena semilla que el Señor sembró en su corazón, siendo o no fieles discípulos del Profeta del amor servicial hacia todos los hermanos de humanidad, hijos del Padre Bueno. Y, al respecto, la decisión la tomará el «dueño de los sembrados» (Mt 9,38) y nadie más que Él.
El mensaje central de esta serie de parábolas sería, en consecuencia, una invitación a la esperanza y la alegría puestas en la Buena Noticia de que el seguimiento de Jesús merece la pena y tiene futuro, porque «Dios dispone, todas las cosas para el bien de los que lo aman» (Rm 8,28).
Señor, permite que sepamos ser terreno fértil para que tu Reino crezca en nosotros, dando frutos abundantes; que sea también como la levadura que transforme nuestra vida diaria. Enséñanos a ser pacientes y a confiar en tu obrar silencioso en el mundo. Que valoremos tu Evangelio como el tesoro más grande y otórganos la sabiduría y la valentía para compartir esta Buena Nueva con quienes nos rodean. Así sea.
Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, saber sacar de nuestras reservas lo nuevo y lo viejo, siendo creativos con lo recibido para ser fieles al Señor,
Miguel.












