miércoles, 8 de julio de 2026

El generoso sembrador de lo Bueno

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR

Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo

12 de Julio de 2026                                              

Domingo de la Décimo Quinta Semana Durante el Año

 

Lecturas de la Misa:

Isaías 55, 10-11 / Salmo 64, 10-14 La semilla cayó en tierra fértil y dio fruto / Romanos 8, 18-23

 

+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     13, 1-23


    Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a Él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa. Entonces Él les habló extensamente por medio de parábolas.

    Les decía: «El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron. Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta. ¡El que tenga oídos, que oiga!»

    Los discípulos se acercaron y le dijeron: «¿Por qué les hablas por medio de parábolas?»

    Él les respondió: «A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden. Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice:

        "Por más que oigan, no comprenderán, por más que vean, no conocerán. Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean, y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan, y yo no los sane".

    Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen. Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven, y no lo vieron; oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron.

    Escuchen, entonces, lo que significa la parábola del sembrador.

    Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino. El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría, pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe.

    El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto.

Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Éste produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno».
Palabra del Señor.

 

MEDITACION

Mientras «la creación entera gime y sufre dolores de parto» (2L), la Palabra de Dios –nos dice Él-, «cumple la misión que yo le encomendé» (1L), ayudándonos a superar el sufrimiento, de tal manera que hasta «las colinas se ciñen de alegría» (Sal). Eso fue producto de cada vez que los creyentes, inspirados por el Hijo, vencieron egoísmos e indiferencias, haciéndose, de esa manera, «tierra buena y dieron fruto» (Ev); el fruto que se esperaría de auténticos hijos de Dios.

Una Palabra abundante de bien

Dice Dios por boca de su profeta: «Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo y no vuelven a él sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y hecho germinar, para que dé la semilla al sembrador y el pan al que come, así sucede con la palabra que sale de mi boca: ella no vuelve a mí estéril, sino que realiza todo lo que yo quiero y cumple la misión que yo le encomendé» (Is 55,11). Y ya en la Creación descubrimos que esa Palabra es poderosamente fructífera. De ella provienen cosas nuevas y buenas: «Dios dijo: “Que exista…” Y… existió… vio que era bueno» (Gn 1,3-31).

Pues bien, con esta parábola, en la cual el Maestro quiere que comprendamos esta realidad, descubrimos que el Buen Padre Dios esparce su poderoso verbo, como las semillas, generosamente por todos lados. Es decir, para que pueda llegar a todos.

Y con esta viene el llamado de atención para nosotros: dependerá de cada quien el fruto que La Palabra produzca en su vida. Porque un Dios que ama no puede -ni quiere- obligar a ser amado e, incluso, a amarnos entre nosotros, producto de la acogida de esa Palabra. Entonces, sólo por la forma como recibamos ese maravilloso don proveniente del generoso corazón de Dios se podrá desarrollar todo el potencial que éste conlleva… o, por el contrario, su Palabra será limitada por nuestras debilidades.

Por eso, las semillas que «cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron» es «alguien [que] oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón».


Por su lado, «el que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría, pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe».

Tenemos también «el que recibe la semilla entre espinas [que] es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto».

Y está, por fin, «el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Este produce fruto». El fruto de amor fraterno y solidario, eco de la Palabra misericordiosa del Dios que es puro Amor (1 Jn 4,8).

Pero, atención: nadie es cien por ciento siempre uno u otro terreno. Gracias a Dios (literalmente), somos seres dinámicos: vamos pasando por distintas etapas en la vida. Y, a la vez, contamos con el auxilio del propio Señor para que su Palabra cumpla su misión convirtiendo nuestras debilidades en fortalezas.

 

Señor, Tú eres el sembrador y nosotros la tierra donde esparces abundantemente tu Palabra. Te pedimos que nos ayudes a remover todo lo que impide que tu mensaje de amor eche raíces profundas. Que podamos, con tu auxilio, quitar de nuestra vida todo lo que ahoga tu semilla. Y danos la gracia de ser tierra buena para dar frutos de paz, cariño y servicio a los demás. Así sea.

 

Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, convertir, cada vez más y cada vez mejor, nuestra vida en terreno fértil para el florecimiento de todo lo bueno que proviene de nuestro Dios,

Miguel.

 

miércoles, 1 de julio de 2026

La necesidad de hacernos más pequeños

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR

Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo

5 de Julio de 2026                                              

Domingo de la Décimo Cuarta Semana Durante el Año

 

Lecturas de la Misa:

Zacarías 9, 9-10 / Salmo 144, 1-2. 8-11. 13-14 Bendeciré tu nombre eternamente / Romanos 8, 9. 11-13

 

+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     11, 25-30


    Jesús dijo:
    «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido.
    Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar.
    Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana».
Palabra del Señor.

 

MEDITACION

Ya que «nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Ev), es por medio de Jesús que hemos conocido la aparente paradoja sobre Dios: «él es justo y victorioso [pero] es humilde […] y proclamará la paz a las naciones» (1L), porque, antes que nada «es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia» (Sal). Y teniendo presente que, como se nos ha dicho: «el Espíritu de Dios habita en ustedes» (2L), nos corresponde actuar igual, a nuestra vez -humildes, bondadosos y compasivos-, cuando la vida nos ponga en situación de mostrarlo.

Para comprender lo que Dios tiene para revelarnos.

Hay una forma de actuar de nuestro Dios a lo largo de la Biblia, que es una forma de reflejarlo como Padre inmensamente misericordioso, con especial cariño por los últimos de la sociedad (Sal 68,6-7), como lo hace cualquier buen padre/madre con el más desvalido de sus hijos.

Algunos, de muchos ejemplos: Moisés le enseña al pueblo elegido: «El Señor se prendó de ustedes y los eligió, no porque sean el más numeroso de todos los pueblos. al contrario, tú eres el más insignificante de todos» (Dt 7,7).

Por su lado, de entre los hijos de Jesé, Él elige al menor de todos para que llegase a ser el rey de su pueblo (1 Sm 16,10-12); y el mismo Señor enseñó: «Dejen a los niños, y no les impidan que vengan a mí, porque el Reino de los Cielos pertenece a los que son como ellos» (Mt 19,14).

Y tenemos, por supuesto, el ejemplo más conocido para nosotros de haber seleccionado de entre todas las mujeres, a una jovencita, y de entre todos los lugares posibles, habitante de un poblado apenas conocido para ser, ni más ni menos, que la madre de Su Hijo, una que era tan humilde que, cuando comprende la tremenda misión que se le da, la acoge con estas palabras a su anunciador: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho» (Lc 1,38).

Podemos entender con estos ejemplos -hay más- que Dios prefiere a los más sencillos. Pero, ¿no nos han dicho que «Dios no hace acepción de personas» (Hch 10,34)? Aquello lo afirma una de las primeras predicaciones de Pedro. Sin embargo, inmediatamente después precisa: «en cualquier nación, todo el que lo teme y practica la justicia es agradable a él» (Hch 10,35).

Nos puede ayudar, entonces, a entender esta alabanza a Dios del Maestro, porque ha «ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños» si nos fijamos en que unos versículos antes de estos, Jesús había recriminado a quienes no lo han acogido ni se han convertido. Y aquellos son los grandes personajes, los hombres de la religión oficial; aquellos que, supuestamente, eran los sabios encargados de guiar al pueblo de Dios, pero que no lo hacían “practicando la justicia”, aunque eran sus compatriotas del pueblo elegido.

¿Qué tan importante era para la Biblia, y por lo tanto para Jesús, la práctica de la justicia?


Dice el profeta: «Se te ha indicado, hombre, qué es lo bueno y qué exige de ti el Señor: nada más que practicar la justicia, amar la fidelidad y caminar humildemente con tu Dios» (Miq 6,8); otro: «¡Cesen de hacer el mal, aprendan a hacer el bien! ¡Busquen el derecho, socorran al oprimido, hagan justicia al huérfano, defiendan a la viuda!» (Isaías 1,17); y nuestro Maestro reprendiendo a los fariseos por cumplir las reglas rituales, pero «descuidando lo esencial de la Ley; la justicia, la misericordia y la fidelidad» (Mt 23,23).

Es tan relevante esto para Jesús, que, como sabemos, tenía en el centro de su predicación el Reino de Dios, y enseña: «Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura» (Mt 6,33).

Bueno, los pequeños, los sencillos, los pobres, sí tienen mejor acogida a la voluntad de Dios: son más solidarios, viven más la fraternidad. Es decir, es gente “de cualquier nación” que se esfuerza por aportar a que el mundo sea menos injusto, viviendo el mandamiento del amor de Jesús (Jn 13,34), aunque no sean muy conscientes de esto o no tengan el don de la fe.

Por su lado, los sabios no logran entender al Señor que «es lento para enojarse y está lleno de misericordia» (Num 14,18), porque tienen los ojos y el corazón bloqueados con sus conocimientos autosuficientes que no les dejan espacio a lo que tenga Dios para enseñarles.

Podemos concluir, entonces, que Dios prefiere a los sencillos, porque ellos prefieren a Dios; son los que no tienen nada, por lo que lo reciben todo con asombro agradecido y expresan ese agradecimiento con cariño hacia los demás. Y eso Jesús lo valora y lo alaba.

 

También te alabamos, Padre de quien «siendo rico, se hizo pobre por nosotros» (2 Cor 8,9), porque enriqueces la vida de los pequeños y sencillos con sus palabras de Vida eterna, que permiten que, en su falta de soberbia, acojan mejor tu deseo de que tengamos una existencia más plena, más conforme a tu voluntad de amor por todos. Gracias, Señor.

 

Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, hacernos cada vez más pequeños y humildes para tener una mejor disposición a comprender su beneficioso mensaje para todos,

Miguel.

miércoles, 24 de junio de 2026

Amar a Jesús redunda en una mejor calidad de amor hacia los demás

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR

Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo

28 de Junio de 2026                                              

Domingo de la Décimo Tercera Semana Durante el Año

 

Lecturas de la Misa:

II Reyes 4, 8-11. 14-16 / Salmo 88, 2-3. 16-19 Cantaré eternamente el amor del Señor / Romanos 6, 3-4, 8-11

 

+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     10, 37-42


    Dijo Jesús a sus apóstoles:
    El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.
    El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.
    El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.
    El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a Aquél que me envió.
    El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo.
    Les aseguro que cualquiera que dé a beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa».
Palabra del Señor.

 

MEDITACION

Jesús es buena noticia para los pobres, a la vez de conflictivo para quienes provocan la pobreza o mueven sus influencias para que nos acostumbremos a que algunos sufran. Él pide tomar partido, aunque eso implique sacrificios/cruces (Ev), invitando a que «llevemos una Vida nueva» (2L), distinta a la de los injustos e indiferentes. Quien se suma a su plan, es considerado por los humildes «un santo hombre de Dios» (1L). Esa es la parte buena de la novedad del Reino, la que producirá que los marginados y abusados de nuestra sociedad «se alegrarán sin cesar en tu Nombre» (Sal).

Cuando Jesús está primero, todos son beneficiados.

Suponemos que nadie duda que Jesús, como cualquier persona, valoraba y amaba a sus parientes. Más aún teniendo presente que él era un judío criado bajo los mandamientos de Dios, uno de los cuales era central en su cultura: «Honra a tu padre y a tu madre, para que tengas una larga vida en la tierra que el Señor, tu Dios, te da» (Ex 20,12), lo que recogen posteriormente las primeras comunidades cristianas: «Hijos, obedezcan a sus padres en el Señor porque esto es lo justo [...] Padres, no irriten a sus hijos; al contrario, edúquenlos, corrigiéndolos y aconsejándolos, según el espíritu del Señor» (Ef 6,1-4). Y, como todos sabemos, su mandamiento y su objetivo fue siempre promover el amor, entregarlo generosamente a todos, entre los que se encuentra, obviamente, la propia familia.

¿Qué es esto de «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí», entonces?

La clave la podemos encontrar en el adverbio "más".

El sentido parece ser que si las enseñanzas del Maestro se subordinan a afectos o apegos más pequeños , por legítimos que sean, esas personas no están actuando como discípulos suyos, por lo que no son dignos de su proyecto fraterno del Reino de Dios.

Por eso, cuando inmediatamente a continuación afirma: «El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí», parece que su intención es recordarnos potentemente que el modelo en ese sentido es él mismo.

¿Qué sería de nosotros, de nuestra fe, si Jesús hubiese torcido su camino amando más a sus cercanos que a la voluntad del Padre?

Porque esta conciencia la tuvo desde pequeño, según los evangelios, como recordamos en la escena en que su familia peregrina a Jerusalén y él se les pierde tres días, recibiendo el natural reproche de su madre «"Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Piensa que tu padre y yo te buscábamos angustiados". Jesús les respondió: "¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?". Ellos no entendieron lo que les decía» (Lc 2,48-50).

Y siguieron sin entenderlo mucho tiempo más, ya que se nos cuenta que, ya mayor, «ni sus propios hermanos creían en él» (Jn 7,5). Más aún, el modo extraño de comportarse de Jesús hace que su familia llegue a pensar que padece un “trastorno mental”: «salieron para llevárselo, porque decían: "Es un exaltado"» (Mc 3, 21).

Sin embargo, no seamos duros con María al respecto, y comprendamos que fue educada por la Escritura que dice: «Un hijo sabio es la alegría de su padre, pero un hijo necio es la aflicción de su madre» (Prov 10,1).

Es que para el Maestro lo que más profundamente vincula a los seres humanos no es el origen, sino la participación en el mismo proyecto de fraternidad, que busca constituir a la gente en hermanos y hermanas, hijos del Padre Dios (Ef 4,6), afirmando: «el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mc 3,35). Esto se ve reforzado en aquella escena en que «una mujer levantó la voz en medio de la multitud y le dijo: "¡Feliz el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron!". [Pero] Jesús le respondió: "Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican"» (Lc 11,27-28).


Queda claro, entonces, nos parece, que el mensaje de Jesús es que quienes se digan cristianos debiesen ponerlo a él (sus enseñanzas, su estilo de ser fiel a la voluntad del Padre) en primer lugar, por sobre afectos y apegos naturales, aunque menores en comparación. Porque, Él es la Palabra de Dios (Jn 1,1.14), a quien hay que escuchar (Lc 9,35), quien explica: «Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras» (Jn 14,10). Por lo tanto, para poder escuchar la Palabra que hay que poner en práctica, es necesario ponerle atención a él.

Entonces, si se orienta la propia existencia hacia los valores del Reino, como hemos aprendido del Señor, sabremos tener una más profunda cercanía, un mayor amor, también hacia nuestros seres queridos.

 

Señor, Tú que conoces nuestro corazón y el profundo amor que sentimos por nuestras familias, te pedimos que nos enseñes a amarte a Ti por sobre todas las cosas, reconociendo que tu amor es la fuente de todo bien. Que este amor hacia Ti no disminuya nuestro cariño terrenal, sino que lo purifique y lo potencie, siendo capaces de amar a nuestros cercanos con un amor más verdadero y generoso. Así sea.

 

Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, descubrir la mejor manera de querer al Señor, de tal manera de que aprendamos a hacer crecer nuestro cariño por todos,

Miguel.

miércoles, 10 de junio de 2026

Servidores, pese a nuestras carencias

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR

Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo

14 de Junio de 2026                                              

Domingo de la Undécima Semana Durante el Año

 

Lecturas de la Misa:

Éxodo 19, 1-6 / Salmo 99, 1-3. 5 Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño / Romanos 5, 6-11

 

+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     9, 36—10,8


    Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas de ellos, proclamando la Buena Noticia del Reino y sanando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos:
    «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha».
    Jesús convocó a sus doce discípulos y les dio el poder de expulsar a los espíritus impuros y de sanar cualquier enfermedad o dolencia.
    Los nombres de los doce Apóstoles son: en primer lugar, Simón, de sobrenombre Pedro, y su hermano Andrés; luego, Santiago, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el Cananeo, y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó.
    A estos Doce, Jesús los envió con las siguientes instrucciones:
    «No vayan a regiones paganas, ni entren en ninguna ciudad de los samaritanos. Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca. Sanen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente».
Palabra del Señor.

 

MEDITACION

No somos tan conscientes (o al menos no se nos nota tanto) de «¡Qué bueno es el Señor! Su misericordia permanece para siempre, y su fidelidad por todas las generaciones» (Sal). Ya el mismo Dios recuerda a su pueblo cómo fue que lo liberó: «Ustedes han visto cómo traté a Egipto, y cómo los conduje sobre alas de águila y los traje hasta mí» (1L) y, mucho después, el Apóstol nos recuerda que «la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores» (2L). La invitación ante todo esto es: «Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente» (Ev), amando y sirviendo a quienes lo necesitan.

Gratuita y generosamente.

Hoy se nos recuerdan «los nombres de los doce apóstoles», aquellos que estuvieron en el comienzo del anuncio «de la Buena Noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios» (Mc 1,1), aquellos a quienes él les recordó: «No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero» (Jn 15,16).

Ellos comprendieron que aquellos frutos proclamarían que «el Reino de los Cielos está cerca», a la vez que es actual, ya que «el Reino de Dios está entre ustedes» (Lc 17,21), entre las comunidades que viven y se apoyan mutuamente en su proceso de conversión. Y es, también, lo que nos espera al final: «Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo» (Mt 25,34), si hemos logrado convertirnos al camino fraterno y solidario que Él predicó. 

Es que, según aprendieron y aprendemos nosotros de Jesús, Dios reinará y reina hoy cuando las personas se convierten (corrigen el rumbo) desde el egoísmo cómodo, violento e indiferente, más propio de salvajes, para salir a sanar, auxiliar, cuidar, acoger, alimentar, escuchar... en fin, tantos verbos tan poco valorados, pero que, sin embargo, son los que definen el que seamos humanos, hijos de quien nos creó a su imagen y semejanza (Gn 2,27) misericordiosa y servidora.

Pues bien, repasemos, entonces: de entre los apóstoles «en primer lugar [está] Simón, llamado Pedro», la piedra sobre la que Jesús edificaría la primera comunidad de servidores de la humanidad (Mt 16,18), de manera semejante a la forma en que vivió su ministerio quien «no vino para ser servido, sino para servir» (Mt 20,28).

Esa preeminencia de Pedro no le fue dada por su perfección, sino a pesar de sus fallas, tan humanas como la de cualquiera de nosotros. Porque lo negó, como recordamos todos, pero de lo que no tenemos tan fresco el recuerdo es que fue al único, no sólo discípulo, sino ser humano a quien el Maestro llamó Satanás, «porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres» (Mc 8,31-33).

Después se nos menciona a «su hermano Andrés», a quien le debemos que le haya contado al anterior: «Hemos encontrado al Mesías» (Jn 1,41), despertando en éste el interés por seguir al Maestro, sin lo cual no habría sido posible lo que mencionábamos recién.

Posteriormente, «Santiago, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan», tan apasionados por el evangelio que llegaron al punto de desear equivocadamente el mal de quienes no lo acogían (Lc 9,52-55), y los que, a la vez, querían tener lugares de relevancia en el reino de Jesús como ellos lo entendían, también erróneamente (Mc 10,35-37). Esto, sin embargo, sirvió para que Jesús enseñara a todos (incluidos nosotros): «Ustedes saben que aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos» (Mt 10,42-44).

Enumera después, entre otros, a Felipe, quien le arrancó esta importante novedad a Jesús: «El que me ha visto, ha visto al Padre [...] Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras» (Jn 14,8-10) y Tomás, quien alguna vez se mostró dispuesto a morir junto con su Maestro (Jn 11,16)

Componen la lista, además, los que renunciaron radicalmente a su vida anterior: «Mateo, el publicano», es decir, antes repudiable cobrador de impuestos y «Simón, el cananeo», de la secta violentista de los zelotes. 

Y, por cierto, tenemos muy presente que el Señor confió también en «Judas Iscariote, que fue el traidor», para que no olvidemos que ser elegidos por Él no nos hace invulnerables a los erro


res y hasta los horrores.

En suma, venimos de líderes humanos, muy humanos. Pero vamos hacia el Reino del amor, si nos dejamos tocar profundamente por la acción del Espíritu de Dios, como han hecho millones de personas en esta larga historia de la fe cristiana que comenzó con doce. Y, consecuentemente, en la medida en que permitimos que ese soplo de Dios nos impulse a superar nuestras debilidades para atrevernos a mejorar el mundo: «sanen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios», generosamente, agradeciendo que se nos ha dado gratuitamente nuestras capacidades, por lo que se nos recomienda: «den también gratuitamente». Y esto, especialmente en comunidad, porque "la unión hace la fuerza" y la unidad de los cristianos, haciendo el bien, ha logrado cambiar el mundo desde entonces hasta cuando Él decida que sea «el fin de todas las cosas» (1 Pe 4,7).

 

Señor, también nos has llamado, como a los apóstoles. Sabemos que tampoco somos perfectos, como ellos, e igual nos elegiste para ser testigos de tu amor en medio de nuestras ocupaciones.

Danos un corazón sencillo y disponible, capaces de escucharte y seguirte, aun cuando el camino parezca difícil. Que nuestra fe no sea de palabras, sino de gestos que construyan fraternidad y esperanza. Así sea.

 

Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, que nuestra vida haga reconocer a los demás que, con todas nuestras falencias, damos gratuitamente tiempo, cariño y ayuda como enviados del Señor,

Miguel.

miércoles, 3 de junio de 2026

Tener imperiosa hambre de Jesús

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR

Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo

7 de Junio de 2026                                              

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

 

Lecturas de la Misa:

Deuteronomio 8, 2-3. 14-16 / Salmo 147, 12-15.19-20 ¡Glorifica al Señor, Jerusalén! / I Corintios 10, 16-17

 

+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     6, 51-58


    Jesús dijo a los judíos:
    «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que Yo daré es mi carne para la Vida del mundo».
    Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?»
    Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día.
    Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él.
    Así como Yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.
    Éste es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente».
Palabra del Señor.

 

MEDITACION

El Señor, por amor, es providente: «Él asegura la paz en tus fronteras y te sacia con lo mejor del trigo» (Sal); Moisés, además, reafirma sus cuidados, recordando la presencia permanente de Dios al lado de su pueblo, en su largo peregrinar después de rescatarlos de la esclavitud, ya que «en esa tierra sedienta y sin agua, hizo brotar para ti agua de la roca, y en el desierto te alimentó con el maná» (1L), el cual era un pan caído del cielo. Sin embargo, Jesús afirma: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo» (Ev), lo que hace concluir a Pablo, por su parte, que: «Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan» (2L). El objetivo de Dios es dar y darse para conseguir la unidad fraterna de la familia humana.

Nutrirse de quien pasó haciendo el bien.

Jesús había expresado en una de las bienaventuranzas, especie de ideales de vida que nos pueden acercar a hacer que venga a nosotros el Reino de Dios (Mt 6,10): «Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados» (Mt 5,6).

Por su parte, el evangelista Juan resalta, con un lenguaje muy potente, la necesidad de alimentar la íntima comunión con quien es el Justo por excelencia (1 Jn 2,1), porque es la forma de poder experimentar en nosotros su ser, asemejarnos a Él: «El que me come a mí, vivirá por mí».

Después, continúa con una afirmación más escandalosa aún: «Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él».

Bueno, al menos deberíamos sentirnos escandalizados, pero la verdad es que dos milenios de catequesis nos han habituado a estas palabras, quitándole toda la fuerza polémica, enseñando a ingerir la hostia y, a veces, algo de vino. De la misma manera que, también, nos hemos acostumbrado y no nos produce ningún impacto, ver esas horrendas imágenes sangrantes del crucificado. Como que sentimos que no tienen relación con nuestra vida cotidiana.

Pues bien, nosotros estamos convencidos de que estas intensas palabras invitaban y nos están invitando a nutrir nuestro espíritu con su Espíritu (Jn 3,34), de tal manera de poder hacer nuestra existencia más humana, más plena, con «Vida eterna».


Repasemos de qué nos alimentamos habitualmente los seres humanos de hoy, igual que los del tiempo del Maestro, de: «fornicación, impureza y libertinaje, idolatría y superstición, enemistades y peleas, rivalidades y violencias, ambiciones y discordias, sectarismos, disensiones y envidias, ebriedades y orgías, y todos los excesos de esta naturaleza» (Gal 5,19-21). Porque, como también reconoce el Apóstol: «no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero» (Rm 7,19). Es que, como sabemos hoy, con cada comida asimilamos las propiedades de lo consumido: se hacen parte nuestra.

En ese sentido, Jesús se presenta como alternativa a esta "comida chatarra" que nos daña tanto, señalando que él es «el pan vivo bajado del cielo», asegurando que «así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí».

Todo lo anterior implica que necesitamos asimilar sus nutritivas propiedades: generosa actitud de servicio, tierna cercanía a los que sufren, dedicación a realizar por sobre todo la voluntad misericordiosa del Buen Padre Dios.

El estado de nuestro mundo (el grande, la Tierra; y todos los otros, nuestros espacios: hogar, comunidad, país, etc.) nos muestra que no son tantos los que se están alimentando de quien «pasó haciendo el bien» (Hch 10,38), aunque haya millones que comulgan la hostia cada domingo.

Nos hace falta que los cristianos, o al menos una gran mayoría, volvamos a tener imperiosa hambre de Jesús, de su enseñanza y su ejemplo, para tener hambre y sed de la justicia del Dios Bueno, Padre de todos, y seamos felices contribuyendo a la felicidad de todos.

 

Señor Jesús, Pan de Vida, te reconocemos como el verdadero alimento que trae paz, amor y alegría a nuestra vida; luz, esperanza y fe activa a nuestra alma. Ofrecemos nuestro ser para que nos nutras de tu Palabra, y nos fortalezca tu cuerpo, de tal manera de poder intentar imitar tus pasos y hacer el bien como nos enseñaste, sirviendo a nuestros hermanos como reflejo de tu amor. Así sea.

 

Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, que se note, por el bien de nuestros prójimos, que de verdad nos alimentamos del Señor y su ejemplo,

Miguel.

miércoles, 27 de mayo de 2026

Dios es Amor, Una, Dos y Tres veces

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR

Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo

31 de Mayo de 2026                                              

Solemnidad de la Santísima Trinidad

 

Lecturas de la Misa:

Éxodo 34, 4-6. 8-9 / Salmo Dn 3, 52-56 A ti, eternamente, gloria y honor / II Corintios 13, 11-13

 

+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     3, 16-18


    Dijo Jesús: Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él.

    El que cree en Él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.
Palabra del Señor.

 

MEDITACION

El Dios Padre, a quien se le glorifica de esta manera: «Bendito seas en el trono de tu reino, aclamado por encima de todo y exaltado eternamente» (Sal), envió a su Hijo a hacerse uno de nosotros no «para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (Ev), porque Él «es un Dios compasivo y bondadoso» (1L), y nos invita, con la fuerza del Espíritu Santo que derramó en nosotros, a corregir el mal que quiere predominar en nuestro mundo, siguiendo sus enseñanzas: «Alégrense, trabajen para alcanzar la perfección, anímense unos a otros, vivan en armonía y en paz. Y entonces, el Dios del amor y de la paz permanecerá con ustedes» (2L) y el mundo será un mejor lugar para todos. Que así sea.

El luminoso ejemplo de la Sagrada Comunidad del Amor.

La celebración de la Solemnidad de la Santísima Trinidad es una bella oportunidad para meditar en uno de los misterios centrales del cristianismo: que nuestro Dios sea Único y a la vez Tres Personas.

Esto nos suele complicar, porque aspiramos a empequeñecer al Señor del Cielo y de la tierra (Mt 11,25) para acercarlo a nuestras diminutas dimensiones humanas, de tal manera de intentar comprenderlo.

Busquemos aproximarnos a este objetivo comenzando por reconocer que nos es imposible, debido a nuestras limitaciones naturales, abarcar toda su comprensión. Pero eso no impide que tratemos de iluminarlo para nuestras realidades.

Para esto utilizaremos una clave que encontramos en otro fragmento de las Escrituras, cuando se nos dice que «Dios es amor» (1 Jn 4,8). Recordemos, entonces, manifestaciones de este amor.

En el Padre, se manifiesta, por ejemplo, en generosa compasión y un corazón materno: «¡Griten de alegría, cielos, regocíjate, tierra! ¡Montañas, prorrumpan en gritos de alegría, porque el Señor consuela a su pueblo y se compadece de sus pobres! Sión decía: “El Señor me abandonó, mi Señor se ha olvidado de mí”. ¿Se olvida una madre de su criatura, no se compadece del hijo de sus entrañas? ¡Pero, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré!» (Is 49,13-15).

Por su parte, Jesús enseñó: «No hay amor más grande que dar la vida por los amigos» (Jn 15,13). Aquí nos viene bien recordar que a Él se lo consideraba «amigo de publicanos y pecadores» (Mt 11,19), es decir, de todos, porque todos lo somos (Rm 3,23), como sabemos. Por lo tanto, si lo hizo fue por cada ser humano.

Conviene acotar ahora que “dar la vida”, más aún si nos referimos a Jesús, debe interpretarse como algo mucho más amplio que llegar hasta la muerte. Porque viendo el ejemplo del Hijo, sabemos que la vida no se da una sola vez, sino diariamente, cada vez que se sirve, se ayuda, se otorga la ternura que alguien necesita. Y todo esto por amor.

Y, en cuanto a la Tercera Persona, sabemos que «el fruto del Espíritu es: amor» (Gal 5,22), más aún, que «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo» (Rm 5,5), ni más ni menos. Es decir, que Él es la potencia del amor actuando en nosotros y desde nosotros para el mundo, porque, recordemos que mora dentro nuestro: «sus cuerpos son templo del Espíritu Santo, que habita en ustedes» (1 Cor 6,19).

Recojamos ahora, para seguir vislumbrando este misterio esencial acerca de nuestro Dios, el evangelio para este día. Y es muy decidor cómo comienza: recordándonos este inmenso, generoso y potente amor. Tanto que «entregó a su Hijo único» para darnos la oportunidad de alcanzar la «Vida eterna». En esto, como en cualquier otra cosa, nadie puede comparársele.

Continúa, para explicitar la grandeza de ese inmenso amor, afirmando que «Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él», para dejar muy claro que Él es Bueno, el único Bueno (Mc 10,18) y no nos dejemos engañar por aquellos que tratan de hacer creer que es más bien un juez implacable.


Teniendo presente lo anterior, podemos comprender mejor la afirmación siguiente: «El que cree en Él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios». Esto no es una sentencia, sino una constatación dolorosa para nuestro Dios Amor: la vida condena a vivir lejos de su Amor no la dicta Él, sino que es fruto de la decisión libre de los hijos. Porque nos creó libres para que nuestro amor hacia Él sea una decisión propia y no una imposición externa. O no sería verdadero amor.

Pues bien, podríamos concluir en que, para que ocurra que «la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo permanezcan con todos ustedes» (2 Cor 13,13), es necesario creer en este Dios Trinidad. Y que podamos afirmar que esa fe no está muerta, sino que «por medio de las obras, te demostraré mi fe» (Stg 2,18). ¿Qué obras? Las que expresan amor por los demás, a imagen y semejanza de ese Dios Comunidad de Amor (Gn 2,27) que nos creó con aquella ilusión en su inmenso corazón.

 

Señor Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te pedimos que logremos que la potencia de tu ejemplo como Santa Comunidad de Amor, sea el centro de nuestras vidas y, ya que has encendido en nuestros corazones el fuego de tu ardiente caridad, nos sintamos permanentemente impulsados a cuidar los unos de los otros y a reconocer tu rostro en cada hermano, especialmente en los más necesitados. Así sea.

 

Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, saber acoger el corazón generoso que puso Dios en nosotros, sintiéndonos impulsados a amar y servir a todos en su Nombre,

Miguel.

miércoles, 20 de mayo de 2026

El origen de la comunidad del amor y la reconciliación

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR

Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo

24 de Mayo de 2026                                              

Pentecostés

 

Lecturas de la Misa:

Hechos 2, 1-11 / Salmo 103, 1. 24. 29-31. 34 Señor, envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra / I Corintios 12, 3-7. 12-13

 

+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     20, 19-23


    Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»

    Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.

    Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes.» Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: «Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan».
Palabra del Señor.

 

MEDITACION

La unidad, el estar «todos reunidos en el mismo lugar» (1L), es la situación ideal que busca el Resucitado para soplar aliento de vida nueva sobre sus discípulos (Ev), para potenciar su actuar comunitario, porque, como dirá el salmista: «si envías tu aliento, son creados, y renuevas la superficie de la tierra» (Sal). Esto es necesario para que quienes creen sirvan a los demás con las capacidades que él les da, a cada persona y a todos, apoyándose y fortaleciéndose mutuamente, ya que «en cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común» (2L).

La noche de un día agitado.

Es el final de un largo día lleno de acontecimientos, según nos relata el capítulo 20 del Evangelio de Juan. Éste comienza «cuando todavía estaba oscuro», apenas terminado el descanso por el Día Santo, el Sábado. Nos encontramos con que «María Magdalena», inquieta, apenas se lo permitieron las normas, «fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada» (v.1). Su reacción es comunicar este hecho anómalo a la comunidad: «Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto"» (v. 2), entonces ellos «salieron y fueron al sepulcro» (v.3), también presurosamente.

Ellos confirman que el sepulcro está vacío y, además, enfrentan una extraña situación: estaban «las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza» (v.6-7), de la manera como recordaban que había sido colocado en aquel lugar mortuorio al difunto Jesús. La conclusión es asombrosa, ya que no piensan en un hurto del cadáver, como Magdalena, o cualquier otra respuesta más "lógica", sino que se nos dice que, incluso, uno de ellos, el que estaba más cerca del corazón del Señor, «vio y creyó» (v.8). Sorprendentemente no se nos informa qué fue lo que creyó, tal vez porque quienes leerían o escucharían esto, por ejemplo, nosotros, serían creyentes, por lo tanto, personas que ya sabían exactamente el contenido de esa fe. Sin embargo, no hay ninguna reacción al respecto: por el contrario, se nos dice que tranquilamente «los discípulos regresaron entonces a su casa» (v.10).

La que no sale del shock por toda esta situación es ella, quien «se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro». En esos momentos, «mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Ellos le dijeron: "Mujer, ¿por qué lloras?". María respondió: "Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto". Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció» (v.11-14). Es razonable preguntarse ¿por qué no es capaz de reconocer a la persona con la que había compartido tantos momentos durante los últimos años? Guardemos esta pregunta unos instantes y sigamos con el relato.

«Jesús le preguntó: "Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?". Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: "Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo". Jesús le dijo: "¡María!". Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: "¡Raboní!", es decir "¡Maestro!"» (v.15-16).

Ahora sí. Había muchas Marías en aquel tiempo, era un nombre casi tan común como entre nosotros en la actualidad, pero sólo una persona lo pronunciaba, dirigiéndose a ella, con la ternura del Señor. Recordemos que antes Jesús había enseñado: «mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen» (Jn 10,27).

Como era de esperar de alguien que siempre «ha demostrado mucho amor» (Lc 7,47), una persona "de piel" como diríamos hoy, ante tal revelación, probablemente se abalanzó con alegría hacia él y lo abrazó, entonces, «Jesús le dijo: "No me retengas, porque todavía no he subido al Padre"».

En ese momento, como si fueran pocas todas las sorpresas de este día, se le da un encargo fuera de serie para una mujer de ese tiempo y esa cultura: ser testigo, nada menos que para sus discípulos: «Ve a decir a mis hermanos: "Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes"» (v.17). Por esto la Iglesia primitiva la conocería como la "apóstola de los apóstoles", ya que Jesús antes y el Resucitado coherentemente después, no se preocupa tanto de las normas culturales, sino en el corazón de la persona a quien le hace el encargo.

Consecuente con la importancia del envío, rápidamente, «María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras» (v.18).

Lamentablemente, esos hombres aún no habían cambiado su mentalidad, y da la impresión de que no les afectó mayormente el anuncio recibido, porque al anochecer de ese día estremecedor, nos encontramos a los discípulos encerrados por miedo. Entonces, porque han demostrado que así lo necesitaban, «poniéndose en medio de ellos». Y, porque lo necesita el mundo, que siempre tiene muchos motivos para temer, lo primero que pronuncia es: «¡La paz esté con ustedes!», a continuación les da un encargo misionero y, tal como al inicio de los tiempos, en que Dios había soplado para dar aliento de vida al primer hombre (Gn 2,7), el Resucitado «sopló sobre ellos y les dijo: "Reciban el Espíritu Santo"» (v.22), para hacer de estos temerosos y testarudos nuevos seres, capaces de llevar perdón a nuestro mundo que tanto lo necesita.


Este Pentecostés, que se considera la fiesta del nacimiento de la Iglesia, entonces, busquemos volver a los orígenes de nuestra fe: Jesús y sus enseñanzas. También sepamos admirar y tratemos de asemejar nuestras actitudes al amor fiel de la Magdalena y la disposición de los primeros discípulos a dejarse impulsar por el mismo Espíritu de Dios. Y siempre, siempre, con esas actitudes, sintámonos enviados a hacer discípulos (personas que tratan de asemejarse al maestro) del Profeta del amor, a la vez que más misioneros de la imprescindible reconciliación.

 

Buen Espíritu divino, Tú renuevas la faz de la tierra con el poder del perdón. Pero también guiando, otorgando sabiduría y fortaleza, y promoviendo la unidad de quienes intentamos vivir coherentemente la fe en el Dios de la Vida, para que podamos anunciar, con nuestras vidas y nuestra alegría comunitaria, el Reino del Amor. Gracias, Señor.

 

Dejándonos inundar por el Espíritu de Dios, que es Espíritu de Paz, Amor y Alegría, para nosotros y desde nosotros al mundo,

Miguel.

El generoso sembrador de lo Bueno

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo 12 de Julio de 2026                             ...