PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR
Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo
Domingo de la Cuarta Semana Durante el Año
Lecturas de la Misa:
Sofonías 2, 3; 3, 12-13 / Salmo 145, 6-10 Felices los que tienen alma de pobres / I Corintios 1, 26-31
+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 4, 25—5, 12
Seguían a Jesús grandes multitudes que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania.
Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a Él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:
«Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los afligidos, porque serán consolados.
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.
Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron».
Palabra del Señor.
MEDITACION
Creemos en un Dios que no puede ser indiferente a los sufrimientos de sus hijos, porque los (nos) ama, y eso lo vemos, por ejemplo, priorizando como lo hace un buen Padre (y sobre todo, una buena madre) a los más desvalidos entre ellos, por eso «El Señor hace justicia a los oprimidos y da pan a los hambrientos» (Sal). Para auxiliarlo en esta labor «Dios eligió lo que el mundo tiene por débil, para confundir a los fuertes» (2L), es decir, nos envía a nosotros, diciéndonos: «Busquen la justicia, busquen la humildad» (1L) y nos invita a asumir las debilidades, a identificarnos con ellas y a aliviarlas a la vez (Ev). Suena a tarea excesiva, pero en realidad la hace Él, uniéndonos para que sumemos nuestras fuerzas y agregándole a éstas todo su Poder misericordioso, porque para Dios nada es imposible, menos aún el amor.
Y el aporte de los cristianos a la alegría de todos.
Parece que se nos olvida, pero el encargo de todo cristiano, toda cristiana, es: «Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación» (Mc 16,15), teniendo en cuenta que las buenas noticias producen alegría.
Pero debemos reconocer que los creyentes en Jesús no nos caracterizamos por hacer coincidir esta proclamación con actitudes alegres. Ejemplos:
En las liturgias católicas, pese a que oficialmente se les llama “celebraciones”, lo que más se puede observar son caras compungidas o extraordinariamente serias. Por otro lado, la imagen que la inmensa mayoría tiene de un pastor/predicador evangélico es alguien que parece estar siempre enojado, recriminando a sus oyentes.
En fin, como sabemos, la gente en general no nos ve como anunciadores de buenas noticias, debido a que esas actitudes mencionadas influyen en -y se alimentan de- pregones inmisericordes, condenas y sobre exigencias. Por lo tanto, en nuestra opinión, mensajes muy alejados de los que conocemos de Jesús, cuyo contenido claramente era de una ternura compasiva que producía alegría en sus oyentes.
De hecho, se cuenta que, en una de las grandes celebraciones vaticanas por la canonización, entre otros, de Alberto Hurtado, en la cual existían retratos en formato gigantografía de estas personas, un obispo de otro país le comenta a otro, que era chileno, observando la imagen del Padre Hurtado sonriente, que eso era lo que necesitaba la Iglesia: gente que exprese alegría.
En fin, nos parece que no es necesario más argumentación al respecto.
Nosotros, por nuestra parte, estamos convencidos de que la alegría es un elemento fundamental del mensaje de Jesús.
Para ilustrarlo, entre tantos otros casos, recordemos que el gran anuncio del Maestro fue siempre el Reino: «El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo» (Mt 13,44).
Entonces, notemos que para Jesús este importante concepto (estudiosos afirman que aparece casi un centenar de veces en el evangelio) está relacionado con el gozo.
Así llegamos a las llamadas Bienaventuranzas del evangelio para este día. Como esa palabra no es de uso habitual entre nosotros muchas Biblias utilizan la más pobre, pero más comprensible «Felices».
Pero ¿por qué habría que alegrarse de ser pobres, afligidos y perseguidos? ¿qué tienen de buenas esas que para todos son miserias?
Porque para ellos y para todos quienes sufren él enviará (y sigue enviando) a «pacientes» que «tienen hambre y sed de justicia», que son «misericordiosos», que «tienen el corazón puro», es decir, a «los hijos del Reino» (Mt 13,38), los «hijos de la resurrección» (Lc 20,36), los cristianos.
Ellos (nosotros), los que buscan ser coherentes con las enseñanzas de su Maestro, «trabajan por la paz», aún pese a que puedan ser «perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos».
La paz y la justicia del Reino la construyen quienes se dejan inspirar y guiar por el espíritu de Dios para servir a sus hermanos de humanidad.
Nos hace falta volver a revisar cada cierto tiempo este fragmento del evangelio. Pensemos: nuestro mundo hoy es malventurado, vive en la tristeza de las guerras, el abuso de los poderosos y otras calamidades que conocemos bien. Sin embargo, somos más de dos mil cristianos en él (uno de cada cuatro habitantes de la Tierra). Si esa gran cantidad de personas se dedicase, todos unidos y eficazmente, a trabajar por el Reino y la justicia de Dios (Mt 6,33), tendríamos una nueva humanidad, una más alegre, una humanidad y un mundo bienaventurado.
Señor, que llamas bienaventurados a los pobres, enséñanos a vivir sobriamente, haznos pacíficos, misericordiosos y compasivos, fortalece a los perseguidos, y auxílianos en nuestra voluntad de trabajar por la justicia, para ayudar a que crezca la felicidad en nuestro mundo. Así sea.
Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, buscar la felicidad de todos, viviendo lo más fielmente las bienaventuranzas,
Miguel.












