miércoles, 20 de mayo de 2026

El origen de la comunidad del amor y la reconciliación

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR

Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo

24 de Mayo de 2026                                              

Pentecostés

 

Lecturas de la Misa:

Hechos 2, 1-11 / Salmo 103, 1. 24. 29-31. 34 Señor, envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra / I Corintios 12, 3-7. 12-13

 

+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     20, 19-23


    Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»

    Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.

    Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes.» Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: «Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan».
Palabra del Señor.

 

MEDITACION

La unidad, el estar «todos reunidos en el mismo lugar» (1L), es la situación ideal que busca el Resucitado para soplar aliento de vida nueva sobre sus discípulos (Ev), para potenciar su actuar comunitario, porque, como dirá el salmista: «si envías tu aliento, son creados, y renuevas la superficie de la tierra» (Sal). Esto es necesario para que quienes creen sirvan a los demás con las capacidades que él les da, a cada persona y a todos, apoyándose y fortaleciéndose mutuamente, ya que «en cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común» (2L).

La noche de un día agitado.

Es el final de un largo día lleno de acontecimientos, según nos relata el capítulo 20 del Evangelio de Juan. Éste comienza «cuando todavía estaba oscuro», apenas terminado el descanso por el Día Santo, el Sábado. Nos encontramos con que «María Magdalena», inquieta, apenas se lo permitieron las normas, «fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada» (v.1). Su reacción es comunicar este hecho anómalo a la comunidad: «Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto"» (v. 2), entonces ellos «salieron y fueron al sepulcro» (v.3), también presurosamente.

Ellos confirman que el sepulcro está vacío y, además, enfrentan una extraña situación: estaban «las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza» (v.6-7), de la manera como recordaban que había sido colocado en aquel lugar mortuorio al difunto Jesús. La conclusión es asombrosa, ya que no piensan en un hurto del cadáver, como Magdalena, o cualquier otra respuesta más "lógica", sino que se nos dice que, incluso, uno de ellos, el que estaba más cerca del corazón del Señor, «vio y creyó» (v.8). Sorprendentemente no se nos informa qué fue lo que creyó, tal vez porque quienes leerían o escucharían esto, por ejemplo, nosotros, serían creyentes, por lo tanto, personas que ya sabían exactamente el contenido de esa fe. Sin embargo, no hay ninguna reacción al respecto: por el contrario, se nos dice que tranquilamente «los discípulos regresaron entonces a su casa» (v.10).

La que no sale del shock por toda esta situación es ella, quien «se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro». En esos momentos, «mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Ellos le dijeron: "Mujer, ¿por qué lloras?". María respondió: "Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto". Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció» (v.11-14). Es razonable preguntarse ¿por qué no es capaz de reconocer a la persona con la que había compartido tantos momentos durante los últimos años? Guardemos esta pregunta unos instantes y sigamos con el relato.

«Jesús le preguntó: "Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?". Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: "Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo". Jesús le dijo: "¡María!". Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: "¡Raboní!", es decir "¡Maestro!"» (v.15-16).

Ahora sí. Había muchas Marías en aquel tiempo, era un nombre casi tan común como entre nosotros en la actualidad, pero sólo una persona lo pronunciaba, dirigiéndose a ella, con la ternura del Señor. Recordemos que antes Jesús había enseñado: «mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen» (Jn 10,27).

Como era de esperar de alguien que siempre «ha demostrado mucho amor» (Lc 7,47), una persona "de piel" como diríamos hoy, ante tal revelación, probablemente se abalanzó con alegría hacia él y lo abrazó, entonces, «Jesús le dijo: "No me retengas, porque todavía no he subido al Padre"».

En ese momento, como si fueran pocas todas las sorpresas de este día, se le da un encargo fuera de serie para una mujer de ese tiempo y esa cultura: ser testigo, nada menos que para sus discípulos: «Ve a decir a mis hermanos: "Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes"» (v.17). Por esto la Iglesia primitiva la conocería como la "apóstola de los apóstoles", ya que Jesús antes y el Resucitado coherentemente después, no se preocupa tanto de las normas culturales, sino en el corazón de la persona a quien le hace el encargo.

Consecuente con la importancia del envío, rápidamente, «María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras» (v.18).

Lamentablemente, esos hombres aún no habían cambiado su mentalidad, y da la impresión de que no les afectó mayormente el anuncio recibido, porque al anochecer de ese día estremecedor, nos encontramos a los discípulos encerrados por miedo. Entonces, porque han demostrado que así lo necesitaban, «poniéndose en medio de ellos». Y, porque lo necesita el mundo, que siempre tiene muchos motivos para temer, lo primero que pronuncia es: «¡La paz esté con ustedes!», a continuación les da un encargo misionero y, tal como al inicio de los tiempos, en que Dios había soplado para dar aliento de vida al primer hombre (Gn 2,7), el Resucitado «sopló sobre ellos y les dijo: "Reciban el Espíritu Santo"» (v.22), para hacer de estos temerosos y testarudos nuevos seres, capaces de llevar perdón a nuestro mundo que tanto lo necesita.


Este Pentecostés, que se considera la fiesta del nacimiento de la Iglesia, entonces, busquemos volver a los orígenes de nuestra fe: Jesús y sus enseñanzas. También sepamos admirar y tratemos de asemejar nuestras actitudes al amor fiel de la Magdalena y la disposición de los primeros discípulos a dejarse impulsar por el mismo Espíritu de Dios. Y siempre, siempre, con esas actitudes, sintámonos enviados a hacer discípulos (personas que tratan de asemejarse al maestro) del Profeta del amor, a la vez que más misioneros de la imprescindible reconciliación.

 

Buen Espíritu divino, Tú renuevas la faz de la tierra con el poder del perdón. Pero también guiando, otorgando sabiduría y fortaleza, y promoviendo la unidad de quienes intentamos vivir coherentemente la fe en el Dios de la Vida, para que podamos anunciar, con nuestras vidas y nuestra alegría comunitaria, el Reino del Amor. Gracias, Señor.

 

Dejándonos inundar por el Espíritu de Dios, que es Espíritu de Paz, Amor y Alegría, para nosotros y desde nosotros al mundo,

Miguel.

miércoles, 13 de mayo de 2026

Últimas palabras, último y definitivo envío

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR

Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo

17 de Mayo de 2026                                              

La Ascensión del Señor

 

Lecturas de la Misa:

Hechos 1, 1-11 / Salmo 46, 2-3. 6-9 El Señor asciende entre aclamaciones / Efesios 1, 17-23

 

+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     28, 16-20


Después de la resurrección del Señor, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de Él; sin embargo, algunos todavía dudaron.
Acercándose, Jesús les dijo: «Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que Yo les he mandado. Y Yo estaré siempre con ustedes todos los días hasta el fin del mundo».
Palabra del Señor.

 

MEDITACION

Al momento de su despedida, Jesús, urge a sus seguidores, de entonces y de hoy: «Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos» (Ev). Y, «para que ustedes puedan valorar la esperanza a la que han sido llamados» (2L) –nos recuerda la Escritura-, quien hace el envío es aquel a quien la Resurrección acreditó como «el Rey de toda la tierra» (Sal). Todo esto implica que ser discípulos suyos es recorrer el camino a la vida plena o eterna. No hay tiempo que perder, debido a eso los seres de luz cuestionan: «¿por qué siguen mirando al cielo?» (1L), es en la tierra y ahora que debe llevarse a cabo esta tarea.

El Señor se va, pero quedamos nosotros.

Recordemos lo que ya hemos afirmado en otras ocasiones: los evangelios no son, ni pretenden ser, libros de historia. Es decir, no contienen investigación y análisis del pasado, basados en la búsqueda rigurosa de testimonios, vestigios y documentos.

¿Qué son, entonces? Pues, son textos surgidos de la necesidad de explicar y difundir la fe; son catequesis, esfuerzo pastoral por acercar a la vida cotidiana el anuncio de la Buena Noticia, de tal manera que «crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre» (Jn 20,31).

De otra forma no se entendería que cada evangelista cuente un contexto diferente, con palabras distintas, sobre la última aparición de Jesús en la tierra, por ejemplo. Esta es la versión de Mateo, pero en Marcos «se apareció a los Once, mientras estaban comiendo» (16,14); para Lucas estaban reunidos en Jerusalén cuando «Jesús se apareció en medio de ellos» (24,36); en Juan, los discípulos después de una noche de trabajo pescando se encontraron con que «al amanecer, Jesús estaba en la orilla» (21,4).

Debido a lo anterior, cada vez que nos enfrentamos a una porción de los evangelios (y de cualquier otro texto bíblico), le podemos sacar más provecho si tratamos de comprender qué habrá querido enseñar el escritor ahí.

En esta ocasión se nos presenta el encuentro final de Jesús, «después de la resurrección» con «los once discípulos» que quedaron posterior a los eventos que forzaron violentamente el término de su misión, lo cual había acontecido en la capital, en Jerusalén.

Por eso es relevante que lo que se nos relata ocurra una vez que «fueron a Galilea», es decir, al volver al lugar donde física y espiritualmente comenzó todo. Parece decirnos Mateo que, en esos momentos de dificultad es necesario volver al origen, a las bases, al fundamento de la fe.

La otra ubicación física también es relevante: se encuentran en «la montaña donde Jesús los había citado», recordando que para el evangelio de Mateo es en las alturas donde ocurren los grandes acontecimientos, como cuando proclamó su primer gran sermón, en el cual enseñó los grandes fundamentos de su mensaje y muchas palabras que son parte de nuestro lenguaje popular aún hoy (cap 5 al 7) y también ubica ahí el importante evento de la Transfiguración del Señor (cap 17).

En esta situación, para que no quede duda alguna, afirma su plena autoridad: «Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra» y, bajo esa potestad, los envía: «Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos», para que la comunidad de Mateo (y nosotros también) entendiera que de esa manera debe traducirse la fe en el Resucitado: a todos, más allá de los judíos, porque Dios se eligió un pueblo, sí (Lv 26,12), pero la Buena Noticia a anunciar es que, a continuación, «amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único» (Jn 3,16) para que nos guiara por sus caminos, más allá de esa religión de los orígenes,


indicándoles cuál sería la puerta de entrada a esa comunidad de hermanos: el bautismo «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo», lo que seguimos realizando aún dos milenios después. Y tratando de cumplir de manera adecuada y consecuente con esta parte fundamental del envío: «enseñándoles a cumplir todo lo que Yo les he mandado», lo que sólo se logra, si, antes, la comunidad hace vivencia de esos mandatos (Jn 17,21).

Creemos que es necesario celebrar la Ascensión, porque el Señor «fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios» (Mc 16,19), pero que, a la vez, si sus seguidores somos coherentes con lo que hemos escuchado y aprendido de nuestro Maestro, haremos posible su profecía: «Yo estaré siempre con ustedes todos los días hasta el fin del mundo», cumpliéndose, a la vez la profecía de Isaías (7,14), recordada por el mismo Mateo al comienzo de su evangelio, acerca de que lo llamarían «“Emanuel", que traducido significa: “Dios con nosotros”» (Mt 1,23).

 

Sabemos, Señor, que luego de completar fielmente la misión de amor compasivo que te encomendó el Padre, fuiste acogido merecidamente en sus brazos, esperando que quienes decimos amarte hagamos nuestra parte para que el Reino que comenzaste siga llegando a nuestros hermanos. Haznos fieles y valientes en esa misión. Así sea.

 

Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría encontrar las formas de hacer cada vez más asequibles nuestros corazones a la permanencia de Dios en nosotros,

Miguel.

miércoles, 6 de mayo de 2026

Habitados por el mismo Dios

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR

Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo

10 de Mayo de 2026                                              

Domingo de la Sexta Semana de Pascua

 

Lecturas de la Misa:

Hechos 8, 5-8. 14-17 / Salmo 65, 1-7. 16. 20 ¡Aclame al Señor toda la tierra! / I Pedro 3, 15-18

 

+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     14, 15-21


Durante la última Cena, Jesús dijo a sus discípulos:
    «Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y Yo rogaré al Padre, y Él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque Él permanece con ustedes y estará en ustedes.
    No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque Yo vivo y también ustedes vivirán. Aquel día comprenderán que Yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y Yo en ustedes.
    El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y Yo lo amaré y me manifestaré a él».
Palabra del Señor.

 

MEDITACION

El Espíritu del Señor actúa en la historia humana cuando «ustedes se comportan como servidores de Cristo» (2L), «porque él permanece con ustedes» (Ev). Eso produce el que hay quienes aclaman: «Vengan a ver las obras del Señor, las cosas admirables que hizo por los hombres» (Sal) y su resultado: «fue grande la alegría de aquella ciudad» (1L) y del mundo, que logra entender, gracias a quienes han dejado actuar a Su Espíritu en ellos, cuánto le ama Dios (Jn 3,16).

Dando los frutos que corresponden a esta situación.

Si bien estas palabras se encuentran dentro del contexto de la Última Cena, según la versión del evangelio de Juan, no debemos olvidar que en ese momento (lo mismo que todos los otros de la vida de Jesús) no hubo ningún cronista tomando apuntes al instante, principalmente porque a nadie se le ocurre escribir mientras está viviendo experiencias impactantes, pero, además, porque la cultura de su época se dedicaba más bien a memorizar, teniendo en cuenta que muy pocas personas sabían leer.

Lo que sucedió realmente, entonces, fue que, posterior a la Resurrección, las comunidades naturalmente compartían, meditando todo lo que vivieron con el Señor y los recuerdos iban surgiendo y, bajo la potente luz de ese hecho, fueron redactando lo que llegó hasta nosotros.

Entonces, nos puede servir el pensar que quien nos está hablando en este evangelio no es el nazareno que recorrió las tierras palestinas hace dos milenios, sino el Resucitado que permanece por los siglos.

Desde esa perspectiva, les invitamos a poner atención al contenido de esta exhortación: «Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos». Sí, dice mandamientos en plural, pero, como sabemos, él ya los había reducido a uno solo: amar (Jn 13,34-35). Entonces, siguiendo el hilo de sus enseñanzas, podemos llegar a entender que quien no ama a los demás no puede amarlo a él, ni a Dios (Mc 12,28-31).

Lo anterior, porque la experiencia nos dice que, cuando se ama a alguien de verdad, se es capaz de adaptarse al máximo a la voluntad y a los deseos de aquel que ama: se "transforma" en aquel a quien se ama. En ese sentido, sería muy acertada la idea que popularizó un escritor creyente (C.S. Lewis): que el objetivo es que los cristianos sean "otros cristos" en su ambiente y su presente, con semejante disponibilidad y ternura como la suya hacia los necesitados de todo tipo.

Esto suena difícil, pero no tanto si tenemos en cuenta lo que el Señor dice a continuación: «yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes». Aquí anuncia el envío del Espíritu Santo, el Paráclito o Defensor, que será nuestra compañía. Sin embargo, poco después afirma: «No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes» y, más aún, a continuación: «El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él» (Jn 14,23).

Que el Espíritu “esté con ustedes”; que, pese a todo, asegura: “no los dejaré huérfanos”, y, como si fuera poco, el mismo Padre y él nos “habitarán”. Esto significa que Dios, todo Dios, está y estará siempre a nuestro lado.

Con esto podemos concluir, en primer lugar, que, contrario a una mala enseñanza anterior, nuestro Dios no es lejano y temible, sino cercano y amoroso, tal como se mostró Jesús en su paso por nuestra tierra. Y, después, que no estamos solos frente a los desafíos de la vida.


En el Antiguo Testamento la presencia de Dios se localizaba en un lugar, la tienda del encuentro (Ex 33, 7-9) o en el templo (1 Rey 8,10-13), pero desde la Resurrección de Jesús cada miembro de la comunidad será el lugar en que habita Dios: «Ustedes están edificados sobre los apóstoles y los profetas, que son los cimientos, mientras que la piedra angular es el mismo Jesucristo. En él, todo el edificio, bien trabado, va creciendo para constituir un templo santo en el Señor» (Ef 2,20-21).

Y es ese amor que mencionábamos al comienzo el que haría visible la presencia de Dios en el mundo cuando llegaran los tiempos mesiánicos, como fue anunciado por los profetas: «pondré mi Santuario en medio de ellos para siempre. Mi morada estará junto a ellos: yo seré su Dios y ellos serán mi Pueblo» (Ez 37,26-27); y también: «Grita de júbilo y alégrate, hija de Sión: porque yo vengo a habitar en medio de ti –oráculo del Señor–» (Zac 2,14).

Es importante para nosotros tener clara esta maravilla gratuita para nosotros. Y para el mundo, que se nos note que el mismo Dios, que es amor (1 Jn, 4,8), nos habita, lo que se manifiesta amando a nuestra vez a los demás, a su imagen y semejanza.

 

Señor, ayúdanos a reconocer tu presencia en nosotros y, desde nosotros, al mundo que tanto amó Dios. Que sepamos permitir que habites con propiedad nuestro corazón, liberándonos de las comodidades, temores y amor a los privilegios, convirtiéndonos a tu espíritu de amor misericordioso y servicial con todos los que lo necesitan. Así sea.

 

Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría encontrar las formas de hacer cada vez más asequibles nuestros corazones a la permanencia de Dios en nosotros,

Miguel.

miércoles, 29 de abril de 2026

Verdadero Dios, pero también auténticamente hombre

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR

Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo

3 de Mayo de 2026                                              

Domingo de la Quinta Semana de Pascua

 

Lecturas de la Misa:

Hechos 6, 1-7 / Salmo 32, 1-2. 4-5. 18-19 Señor, que descienda tu amor sobre nosotros / I Pedro 2, 4-10

 

+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     14, 1-12


Durante la última cena, Jesús dijo a sus discípulos:
«No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, ¿les habría dicho a ustedes que voy a prepararles un lugar? Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde Yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar adonde voy».
Tomás le dijo: «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?»
Jesús le respondió: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto».
Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta».
Jesús le respondió: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que Yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí?
Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras. Créanme: Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras.
Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que Yo hago, y aún mayores, porque Yo me voy al Padre».
Palabra del Señor.

 

MEDITACION

Como «los ojos del Señor están fijos sobre sus fieles, sobre los que esperan en su misericordia» (Sal), Jesús conoce la desazón que embarga y alienta a los suyos ante su próxima partida: «cuando haya ido [a la casa del Padre] y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes» (Ev), porque «ustedes […] son una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido para anunciar las maravillas de aquel que los llamó» (2L). Desde entonces, y mientras se haga realidad su promesa, ocurrirá que «la Palabra de Dios se extendía cada vez más [y] el número de discípulos aumentaba» (1L), para que alcance cada vez a más personas el regalo del amor de Dios hecho vida plena.

Superando al Maestro.

Por fe sabemos que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre. Sin embargo, a nivel masivo, de alguna manera, nos cuesta asumir su completa humanidad. Como que nos imaginamos que es una especie de Dios “disfrazado” de hombre, porque nos conflictúa demasiado el que comparta nuestras debilidades.

Pero, nos dicen claramente las Escrituras: «él fue sometido a las mismas pruebas que nosotros, a excepción del pecado» (Hb 4,15). Resaltemos ejemplos:

Por muy sabio que se haya mostrado el niño Jesús delante de los maestros de religión en el Templo, el mismo evangelio afirma que Jesús «iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia, delante de Dios y de los hombres» (Lc 2,52). Es decir, que su conciencia y su inteligencia fue creciendo progresivamente, como la nuestra; él no “actuaba”, sino que se sorprendía auténticamente cada vez que aprendía algo nuevo, bueno o malo. Como todos nosotros.

Él se reconocía no omnisciente, al decir, por ejemplo: «Así también, cuando vean que suceden todas estas cosas, sepan que el fin está cerca, a la puerta […] En cuanto a ese día y a la hora, nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, nadie sino el Padre» (Mc 13, 29-32).

Por otro lado, se nos recuerda que «Él dirigió durante su vida terrena súplicas y plegarias, con fuertes gritos y lágrimas, a aquel que podía salvarlo de la muerte […] Y, aunque era Hijo de Dios, aprendió por medio de sus propios sufrimientos qué significa obedecer» (Hb 5,7-8).

El Hijo de Dios experimentó todas las limitaciones humanas al encarnarse, lo que incluyó que «Jesús sintió hambre» (Mc 11,12), también sed (Jn 19,28). Se sintió «fatigado del camino» (Jn 4,6), «conmovido y turbado» (Jn 11,33), con «una tristeza de muerte» (Mt 26,38), se queda dormido (Lc 8,23)… Y así.

Tener presente todo esto nos puede ayudar a comprender la sorprendente frase que trae este evangelio: «el que cree en mí hará también las obras que Yo hago, y aún mayores» Pero…¿nosotros hacer cosas más grandes que las de quien es «el Camino, la Verdad y la Vida»? ¿Cómo entender esto?

Siguiendo la línea de sus enseñanzas podemos decirlo así: los creyentes, unidos por la fe y el impulso que ésta da para realizar el bien, no tendremos en esto más poder que el Hijo de Dios, por cierto. Él parece referirse, así lo entendemos, a lograr una mayor extensión geográfica y social del anuncio del Reino, superando las limitaciones físicas que él asumió al hacerse hombre de un tiempo y un territorio acotado. Y eso sucedió con la expansión del cristianismo desde entonces.

Lo grandioso de comprender esta maravilla que es la Encarnación de Dios en nuestra tierra, es que Él se haya hecho Dios con nosotros (Mt 1,23), entre nosotros (Lc 17,21) y en nosotros (Gal 2,20).

De esa manera podemos confiar en que si el Resucitado nos pide hacer algo tan grande como «Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación» (Mc 16,15) es porque sabe que se encuentra dentro de nuestras capacidades.


Pero, a la vez, tener la esperanza de que, si tenemos fallas en esto, sus ojos aún nos mirarán con misericordia, porque también conoce extremadamente bien nuestras debilidades, ya que Jesús pudo experimentar ambas opciones al compartir con sus hermanos de humanidad.

Porque, insistamos, él se sometió a toda la experiencia humana, desde el nacer y ser criado en una familia hasta confrontarse con las dificultades que tiene toda sociedad humana. Era verdadero hombre, sin rehuir ninguna de las consecuencias que eso traía, y verdadero Dios, tremendamente misericordioso y generoso como sólo el Señor de la Vida lo puede ser.

Nos toca, para cumplir con el encargo de anunciar su Buena Noticia, organizarnos con los hermanos de fe para intentar hacer esas obras mayores a las suyas con entusiasmo, con alegría y con el sueño de lograr un mundo mejor. Pero, sobre todo, sabiendo que contamos con la confianza del mismo Dios.

 

Queremos, Señor, poner en tus manos nuestros planes, proyectos y deseos de realizar grandes obras, como esperas de nosotros, porque reconocemos que sin tu guía, nuestro esfuerzo es limitado. Te entregamos nuestros talentos, nuestros recursos y nuestro tiempo, para que los hagas fructificar en el sentido de aportar al Reino del Buen Padre Dios. Así sea.

 

Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, poner todo de nuestra parte para realizar aquellas grandes obras que nos encomienda el Señor,

Miguel.

miércoles, 22 de abril de 2026

La Puerta hacia la Vida plena

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR

Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo

26 de Abril de 2026                                              

Domingo de la Cuarta Semana de Pascua

 

Lecturas de la Misa:

Hechos 2, 14. 36-41 / Salmo 22, 1-6 El Señor es mi pastor, nada me puede faltar / I Pedro 2, 20-25

 

+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     10, 1-10


Jesús dijo a los fariseos:
      «Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino trepando por otro lado, es un ladrón y un asaltante. El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. El guardián le abre y las ovejas escuchan su voz. Él llama a las suyas por su nombre y las hace salir. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz. Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen su voz».
      Jesús les hizo esta comparación, pero ellos no comprendieron lo que les quería decir.
      Entonces Jesús prosiguió: «Les aseguro que Yo soy la puerta de las ovejas. Todos aquellos que han venido antes de mí son ladrones y asaltantes, pero las ovejas no los han escuchado.
      Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia».
Palabra del Señor.

 

MEDITACION

Los discípulos, después de la Resurrección, fueron comprendiendo que a Jesús «Dios lo ha hecho Señor y Mesías» (1L), por lo que, entendían y aceptaban como posible que, siguiendo sus enseñanzas, tal como a él, fuera necesario que «a pesar de hacer el bien, ustedes soportan el sufrimiento» (2L), pero sin perder la confianza en que «Tu bondad y tu gracia me acompañan a lo largo de mi vida» (Sal), ya que el Buen Pastor nos dijo: «Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia» (Ev). Y nosotros, gracias a Dios, somos esas ovejas.

Reconociendo su misericordiosa voz.

En el pueblo de la Biblia el oficio del pastoreo de ovejas era tan tradicional que se dice que el propio padre del pueblo elegido, Abraham, y su hijo Isaac poseían estos animales (Gn 24,35; 26,12–14). Y nos encontramos con que en toda su historia han estado acompañados de este noble animal.

Esto era así debido a que, por las características geográficas éste se adaptaba bien y se multiplicaba fácilmente. Tanto que no suena exagerado que el fiel Job «llegó a poseer catorce mil ovejas» (Jb 42,12) o que el rey Salomón en una ocasión sacrificó «ciento veinte mil carneros» (1 Re 8,63).

Interesante es saber que el cetro, el bastón, que los antiguos reyes llevaban consigo, tenía su origen en la vara del pastor, porque se consideraba que aquellos lo eran de su pueblo. Era un símbolo de protección, poder y autoridad: «Apacienta con tu cayado a tu pueblo, al rebaño de tu herencia» (Miq 7,14), se le dice al Rey celestial.

Y, por cierto, las ovejas eran valiosas debido a los importantes productos que se obtiene de ellas: la lana y la piel, materiales privilegiados para la ropa y las tiendas que permanentemente usaban como pueblo nómada; su carne, utilizada fundamentalmente para los grandes banquetes; la leche, tan rica que se consideraba más nutritiva que la de vaca, que les proveía de queso y del suero. Hasta el cuerno de carnero era útil, ya que se utilizaba como recipiente para transportar líquidos y también se convirtió en trompeta (el Shofar).

Por su parte, se consideraba idealmente como buenos pastores a quienes eran capaces de arriesgar su vida con tal de proteger al rebaño: «Tu servidor apacienta el rebaño de su padre, y siempre que viene un león o un oso y se lleva una oveja del rebaño, yo lo persigo, lo golpeo y se la arranco de la boca; y si él me ataca, yo lo agarro por la quijada y lo mato a golpes» (1 Sm 17,34-36).

Por todo aquello, este pueblo creyente prontamente entendió que su Dios protector y providente se asemejaba a quienes desarrollaban este oficio. El patriarca Jacob, bendice a su descendencia así: «El Dios en cuya presencia caminaron mis padres, Abraham e Isaac, el Dios que fue mi pastor, desde mi nacimiento hasta el día de hoy […] bendiga a estos jóvenes, para que en ellos sobreviva mi nombre y el de mis padres […] y lleguen a ser una gran multitud sobre la tierra» (Gn 48,15).

El gran profeta Isaías transmite su misión: «Súbete a una montaña elevada, tú que llevas la buena noticia a Sión […] di a las ciudades de Judá: “¡Aquí está tu Dios!” […] Como un pastor, él apacienta su rebaño, lo reúne con su brazo; lleva sobre su pecho a los corderos y guía con cuidado a las que han dado a luz» (Is 40,9-11).

Y, por cierto, tenemos el tan conocido para nosotros, Salmo 23: «El Señor es mi pastor, nada me puede faltar. Él me hace descansar en verdes praderas, me conduce a las aguas tranquilas y repara mis fuerzas…».

Jesús, heredero de toda esta rica tradición, agrega a sus múltiples definiciones: «Yo soy el pan de Vida» (Jn 6,35), «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12), etc., la de decir algo que hacía mucho sentido a sus contemporáneos: «Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da su vida por las ovejas» (Jn 10,11).

Esto último lo afirmará justo después del texto para este día, en el cual enseña «Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento».

Sus eternos adversarios, («Jesús dijo a los fariseos»), «no comprendieron lo que les quería decir». Es que era gente que se había alejado (fariseo significa separado) de la vida común de la gente.


Los sencillos, por su lado, que conocían las estrechas puertas de los establos para controlar el flujo del rebaño, y nosotros, que las desconocemos, entendemos que el camino de salvación/liberación que anuncia Jesús es “a través” de él: de su vida, su ejemplo y su palabra, capaces de alimentar nuestras debilidades y de fortalecernos para una entrega generosa, sirviendo y amando a los que lo necesitan, como hizo él mismo mientras caminó nuestras tierras.

De esta forma podemos darle un sentido más pleno a nuestras existencias, en un mundo que, por el contrario, alienta el individualismo egoísta e indiferente. Por eso, cuando tratamos de aplicarle fraternidad solidaria tenemos la posibilidad de acceder a una Vida que merezca ese nombre, es decir, una «en abundancia».

 

Señor, Tú que eres la puerta verdadera y el Buen Pastor, te agradecemos por abrirnos el camino hacia la Vida en abundancia. Queremos aprender y atrevernos a elegir entrar por ti, confiando en tu voz y descansando en tu cuidado. Ayúdanos a no perder el rumbo y dejarnos engañar por los falsos pastores que guían hacia caminos que atentan contra la dignidad de los que amas. Así sea.

 

Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, poder entrar al Reino por la puerta feliz de las enseñanzas del Profeta de la Misericordia de Dios,

Miguel.

miércoles, 15 de abril de 2026

Ninguna desesperanza puede vencer el potente amor de Dios

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR

Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo

19 de Abril de 2026                                              

Domingo de la Tercera Semana de Pascua

 

Lecturas de la Misa:

Hechos 2, 14. 22-33 / Salmo 15, 1-2. 5. 7-11 Señor, me harás conocer el camino de la vida / I Pedro 1, 17-21

 

+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     24, 13-35


      El primer día de la semana, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido.
      Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: «¿Qué comentaban por el camino?»
      Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!»
      «¿Qué cosa?», les preguntó.
      Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron».
      Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?» Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.
      Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba».
      El entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista.
      Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?»
      En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!»
      Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Palabra del Señor.

 

MEDITACION

Estamos en ese período especial, Pascua de Resurrección, en el cual celebramos que en Jesús se cumplió la Palabra, pudiendo él decir: «Me harás conocer el camino de la vida, saciándome de gozo en tu presencia, de felicidad eterna a tu derecha» (Sal), cosa de la que, por la fe, «todos nosotros somos testigos» (1L), comprendiendo que, antes de esto, «era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria» (Ev). Y después, como dice Pablo: «Por él, ustedes creen en Dios, que lo ha resucitado y lo ha glorificado, de manera que la fe y la esperanza de ustedes estén puestas en Dios» (2L). Todo esto para vivir con alegría esta fe.

Reconociéndolo en el compartir fraterno.

Lucas muestra en el capítulo final de su evangelio el tránsito de la desesperanza a la fe: las mujeres estaban «desconcertadas» (v 4); los de Emaús, «hombres duros de entendimiento»; los discípulos, «turbados y [con] dudas» (v 38)...; todo lo anterior eran efectos naturales del profundo dolor que les produjo no poder volver a encontrar, tocar y ver a su querido Maestro, irremediablemente muerto, según entendían. 

Entonces el evangelista busca ayudar a dar «razón de la esperanza que ustedes tienen» (1 Pe 3,15), aún en las situaciones más oscuras imaginables, como era el enfrentarse con la cancelación del proyecto de Jesús con su muerte tan injusta.

En el relato de este día, al respecto podemos contemplar tres momentos: En el primero, los discípulos abandonan Jerusalén «con el semblante triste»: parecen no conocer bien a Jesús ya que sienten que se han equivocado al confiar: «nosotros esperábamos que fuera él...».

El segundo empieza cuando «ellos se detuvieron» y tienen un diálogo con el caminante anónimo, porque no saben que es Jesús. Ahí tiene la experiencia de que la palabra de Dios ilumine los acontecimientos de la historia, especialmente los relacionados con la vida y la muerte. El mensaje central es que «él está vivo».

En el tercer momento, el peregrino se les revela como Jesús cuando «tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista» en cuanto logra hacer que capten su identidad. Así se convencen de su resurrección, porque sólo Él lograba hacer arder su corazón de esa manera. 

No será fácil creer todo esto, pero nada de lo realmente valioso lo es, por eso el resucitado les recuerda: «¿No tenía que padecer eso para entrar en su gloria? Y comenzando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que en toda la Escritura se refería a él». 

Después de todo esto, después de haber hecho ese compartir fraterno y solidario, sienten la necesidad de ser testigos y misioneros: inmediatamente «se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos […y] contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan».

Esto nos ayuda a comprender que, sin un pan compartido, la Palabra no es entendida. Y sin la Palabra acogida en comunidad, la fracción del pan es simple ritualismo. Por lo que conjugar Pan y Palabra ayuda a hacer efectiva la presencia de Jesús en la comunidad, llenándonos de esperanza.

También podemos entender que de un aparente fracaso Dios logra que podamos sacar una lección eterna: Él es el Dios de la Vida, por eso ninguna muerte, ni la física ni los signos de muerte que nos rodean, puede contra Él. Su amor es más fuerte: «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» (Rm 8,31).


Y, lo más importante: Jesús no es visible, pero está definitivamente vivo, solo que no de la manera tradicional. sino a través de signos: lectura de la palabra, cena fraternal, fracción del pan. Esto nos permite pasar de los ojos ciegos a una visión de fe, del desconcierto a la misión, del grupo de amigos a la comunidad de hermanos creyentes, como corresponde a discípulos misioneros, como fuimos invitados a ser hace algún tiempo en una Misión Intercontinental.

Decía el Papa León sobre este texto: “Esta es la mayor sorpresa: descubrir que bajo las cenizas del desencanto y del cansancio siempre hay un rescoldo vivo, a la espera de ser reavivado. La resurrección de Cristo nos enseña que no hay historia tan marcada por el desengaño o el pecado que no pueda ser visitada por la esperanza”.

 

Ninguna desesperanza, ninguna noche es eterna, ninguna herida es para siempre, ninguna distancia es tan grande que pueda alejarnos suficientemente del amor de Dios. Él siempre buscará la forma de encontrarnos en el camino y hacer arder nuevamente nuestro corazón, devolviéndonos la esperanza y la fe. Gracias, Señor.

 

Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, aprender a vivir confiados en que Dios es más grande que cualquier desesperanza ,

Miguel.

miércoles, 8 de abril de 2026

Ante dificultades y miedos contamos con su Paz

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR

Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo

12 de Abril de 2026                                              

Domingo de la Segunda Semana de Pascua

 

Lecturas de la Misa:

Hechos 2, 42-47 / Salmo 117, 2-4. 13-15. 22-24 ¡Den gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterno su amor! / I Pedro 1, 3-9

 

+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     20, 19-31


Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»

Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.

Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes». Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: «Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan».

Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: «¡Hemos visto al Señor!»

Él les respondió: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré».

Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»

Luego dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe».

Tomás respondió: «¡Señor mío y Dios mío!»

Jesús le dijo: «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!»

Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.
Palabra del Señor.

 

MEDITACION

Celebramos el que «Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo […] nos hizo renacer, por la resurrección de Jesucristo, a una esperanza viva» (2L), y esto gratuitamente, sólo porque «es eterno su amor» (Sal). Y esa esperanza se alimenta mejor en la comunidad, no en la soledad, como vemos que le ocurre a Tomás (Ev), para posteriormente manifestarse en fraternidad: «todos los creyentes se mantenían unidos y ponían lo suyo en común: vendían sus propiedades y sus bienes, y distribuían el dinero entre ellos, según las necesidades de cada uno […] comían juntos con alegría y sencillez de corazón» (1L). Porque si la vida de los creyentes no cambia y se nota, difícilmente alguien creerá en nuestro testimonio de la Resurrección.

Un don del Señor para nosotros que debemos compartir con los hermanos.

Este es el único evangelio en el que se nos habla de algo tan lógico como la reacción inicial de la primera comunidad ante los trágicos sucesos del Viernes Santo, apenas se pueden reunir, pasado el día sagrado de reposo, «cerradas las puertas… por temor».

Y es comprensible que haya sido así, porque recién habían ajusticiado a su Maestro, acusado de sacrílego, por los líderes religiosos de su Nación: «el Sumo Sacerdote insistió: “Te conjuro por el Dios vivo a que me digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”. Jesús le respondió: “Tú lo has dicho” […] Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: “Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes acaban de oír la blasfemia. ¿Qué les parece?”. Ellos respondieron: “Merece la muerte”» (Mt 26,63-66).

Como si fuera poco, por el lado político también se lo castigó por ser considerado subversivo: «Pilato le dijo: “¿Entonces tú eres rey?”. Jesús respondió: “Tú lo dices: yo soy rey”» (Jn 18,37). «Pilato les dijo: “¿Voy a crucificar a su rey?”. Los sumos sacerdotes respondieron: “No tenemos otro rey que el César”». Entonces, cumpliendo con la norma que exigía informar el motivo del castigo, «Pilato redactó una inscripción que decía: "Jesús el Nazareno, rey de los judíos", y la hizo poner sobre la cruz» (Jn 19,15-19), castigo reservado a los sediciosos.

Es en esa situación que el Resucitado les ofrece estas palabras las palabras que necesitaban escuchar: «¡La paz esté con ustedes!». Y tanto lo requerían que se los dice tres veces en este relato, porque sigue siendo el Jesús misericordioso y ocupado de las carencias de los demás que habían conocido.

Y, tal como también era habitual en él, sus palabras no son vacías, sino que son acompañadas de acciones, por lo que agrega: «Reciban al Espíritu Santo» para que ellos, a su vez, puedan sentirse enviados, en sus respectivos ambientes, a ser portadores de la fuente de la paz, que es la reconciliación y el perdón.


Nosotros difícilmente pasaremos por situaciones tan terroríficas como la de aquella primera comunidad que se tuvo que reunir de manera clandestina, pero nos sirve saber que, ante las inevitables zozobras de la vida, nuestro Señor siempre quiere darnos su Paz, porque recordemos que un regalo de la Última Cena fue éste: «les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman!» (Jn 14,27). Es decir, nos da el don de la paz que viene del mismo Dios Bueno, de tal manera de que nosotros prodiguemos, a nuestra vez, aquella paz en nuestro medio y en el mundo que siempre la necesita, porque el miedo parece reinar provocando terribles catástrofes humanas.

Si nos dejamos impulsar en esta actitud podemos ayudar a que quienes no tienen fe llegar a la felicidad de creer «sin haber visto» que este estado de concordia es posible, esto debido a que parte de quienes «trabajan por la paz» (Mt 5,9) son los seguidores del «Mesías, el Hijo de Dios», que tienen Vida misericordiosa en su Nombre.

 

Jesús, Señor nuestro y Dios nuestro, tú que otorgas una paz distinta a la del mundo, que es paz amedrentadora, que fomenta el temor, la ansiedad y el odio, sigue renovando la presencia de tu Espíritu en nosotros para atrevernos a hacer que nuestra fe en ti tenga efectos de armonía y no violencia en nuestra sociedad y nuestro planeta que tanto lo necesitan. Así sea.

 

Buscando una Paz que se transforme en fuente de Amor y Alegría en nuestro ambiente y en nuestro mundo, como seguidores del Señor de la Paz,

Miguel.

El origen de la comunidad del amor y la reconciliación

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo 24 de Mayo de 2026                              ...