PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR
Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo
Domingo de la Décimo Tercera Semana Durante el Año
Lecturas de la Misa:
II Reyes 4, 8-11. 14-16 / Salmo 88, 2-3. 16-19 Cantaré eternamente el amor del Señor / Romanos 6, 3-4, 8-11
+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 10, 37-42
Dijo Jesús a sus apóstoles:
El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.
El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.
El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.
El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a Aquél que me envió.
El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo.
Les aseguro que cualquiera que dé a beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa».
Palabra del Señor.
MEDITACION
Jesús es buena noticia para los pobres, a la vez de conflictivo para quienes provocan la pobreza o mueven sus influencias para que nos acostumbremos a que algunos sufran. Él pide tomar partido, aunque eso implique sacrificios/cruces (Ev), invitando a que «llevemos una Vida nueva» (2L), distinta a la de los injustos e indiferentes. Quien se suma a su plan, es considerado por los humildes «un santo hombre de Dios» (1L). Esa es la parte buena de la novedad del Reino, la que producirá que los marginados y abusados de nuestra sociedad «se alegrarán sin cesar en tu Nombre» (Sal).
Cuando Jesús está primero, todos son beneficiados.
Suponemos que nadie duda que Jesús, como cualquier persona, valoraba y amaba a sus parientes. Más aún teniendo presente que él era un judío criado bajo los mandamientos de Dios, uno de los cuales era central en su cultura: «Honra a tu padre y a tu madre, para que tengas una larga vida en la tierra que el Señor, tu Dios, te da» (Ex 20,12), lo que recogen posteriormente las primeras comunidades cristianas: «Hijos, obedezcan a sus padres en el Señor porque esto es lo justo [...] Padres, no irriten a sus hijos; al contrario, edúquenlos, corrigiéndolos y aconsejándolos, según el espíritu del Señor» (Ef 6,1-4). Y, como todos sabemos, su mandamiento y su objetivo fue siempre promover el amor, entregarlo generosamente a todos, entre los que se encuentra, obviamente, la propia familia.
¿Qué es esto de «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí», entonces?
La clave la podemos encontrar en el adverbio "más".
El sentido parece ser que si las enseñanzas del Maestro se subordinan a afectos o apegos más pequeños , por legítimos que sean, esas personas no están actuando como discípulos suyos, por lo que no son dignos de su proyecto fraterno del Reino de Dios.
Por eso, cuando inmediatamente a continuación afirma: «El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí», parece que su intención es recordarnos potentemente que el modelo en ese sentido es él mismo.
¿Qué sería de nosotros, de nuestra fe, si Jesús hubiese torcido su camino amando más a sus cercanos que a la voluntad del Padre?
Porque esta conciencia la tuvo desde pequeño, según los evangelios, como recordamos en la escena en que su familia peregrina a Jerusalén y él se les pierde tres días, recibiendo el natural reproche de su madre «"Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Piensa que tu padre y yo te buscábamos angustiados". Jesús les respondió: "¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?". Ellos no entendieron lo que les decía» (Lc 2,48-50).
Y siguieron sin entenderlo mucho tiempo más, ya que se nos cuenta que, ya mayor, «ni sus propios hermanos creían en él» (Jn 7,5). Más aún, el modo extraño de comportarse de Jesús hace que su familia llegue a pensar que padece un “trastorno mental”: «salieron para llevárselo, porque decían: "Es un exaltado"» (Mc 3, 21).
Sin embargo, no seamos duros con María al respecto, y comprendamos que fue educada por la Escritura que dice: «Un hijo sabio es la alegría de su padre, pero un hijo necio es la aflicción de su madre» (Prov 10,1).
Es que para el Maestro lo que más profundamente vincula a los seres humanos no es el origen, sino la participación en el mismo proyecto de fraternidad, que busca constituir a la gente en hermanos y hermanas, hijos del Padre Dios (Ef 4,6), afirmando: «el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mc 3,35). Esto se ve reforzado en aquella escena en que «una mujer levantó la voz en medio de la multitud y le dijo: "¡Feliz el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron!". [Pero] Jesús le respondió: "Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican"» (Lc 11,27-28).
Queda claro, entonces, nos parece, que el mensaje de Jesús es que quienes se digan cristianos debiesen ponerlo a él (sus enseñanzas, su estilo de ser fiel a la voluntad del Padre) en primer lugar, por sobre afectos y apegos naturales, aunque menores en comparación. Porque, Él es la Palabra de Dios (Jn 1,1.14), a quien hay que escuchar (Lc 9,35), quien explica: «Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras» (Jn 14,10). Por lo tanto, para poder escuchar la Palabra que hay que poner en práctica, es necesario ponerle atención a él.
Entonces, si se orienta la propia existencia hacia los valores del Reino, como hemos aprendido del Señor, sabremos tener una más profunda cercanía, un mayor amor, también hacia nuestros seres queridos.
Señor, Tú que conoces nuestro corazón y el profundo amor que sentimos por nuestras familias, te pedimos que nos enseñes a amarte a Ti por sobre todas las cosas, reconociendo que tu amor es la fuente de todo bien. Que este amor hacia Ti no disminuya nuestro cariño terrenal, sino que lo purifique y lo potencie, siendo capaces de amar a nuestros cercanos con un amor más verdadero y generoso. Así sea.
Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, descubrir la mejor manera de querer al Señor, de tal manera de que aprendamos a hacer crecer nuestro cariño por todos,
Miguel.












