miércoles, 25 de febrero de 2026

Escuchar -de verdad- al Hijo amado

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR

Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo

1 de Marzo de 2026                                              

Domingo de la Segunda Semana de Cuaresma

 

Lecturas de la Misa:

Génesis 12, 1-4 / Salmo 32, 4-5. 18-20. 22 Señor, que descienda tu amor sobre nosotros / II Timoteo 1, 8-10

 

+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     17, 1-9

    Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.
    Pedro dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».
    Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo».
    Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor. Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: «Levántense, no tengan miedo».
    Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».
Palabra del Señor.

 

MEDITACION

Después de siglos de caminar lejos de la voluntad de Dios, nuestra alma clamaba diciéndole: «que tu amor descienda sobre nosotros, conforme a la esperanza que tenemos en ti» (Sal), «Él nos salvó y nos eligió con su santo llamado, no por nuestras obras, sino por su propia iniciativa» (2L). Y el primero en ser llamado en esta historia fue Abraham, a quien le prometió: «Yo haré de ti una gran nación» (1L): que es el Pueblo de Dios a través de los siglos, el que llegará a ser encabezado por Aquel al que identificó como su «Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección» y a quien hay que escuchar con el corazón (Ev). Nos toca hacer honor a este privilegio comportándonos como hijos de Quien es El Amor.

Que no nos entre por un oído y salga por el otro.

Ya nos hemos lamentado antes en este espacio de la situación que vive nuestro mundo; de los hechos que vamos conociendo a diario que nos muestran lo muy inhumana que llega a ser, en muchos lugares, la humanidad. Pese a que los cristianos somos muy numerosos…

Es que estamos convencidos de que no es coherente llamarse cristiano/a y, a la vez, evitar ver el sufrimiento de otros. Menos aún, ser parte de quienes los provocan.

Es cristiano dolerse porque hay Estados que buscan excusas para arrojar bombas que matan niños; es cristiano dolerse porque países poderosos quieren imponerse a otros menores por la fuerza, con su secuela de miseria y, otra vez, vidas que se apagan violentamente; es cristiano dolerse porque hay conflictos bélicos perennes que, al no estar en los noticieros, se ganan la dolorosa indiferencia del resto del mundo; es cristiano dolerse de saber que hay muchos, demasiados, que padecen necesidades vitales, mientras, a la vez y no por mayores méritos, otros nadan en la abundancia apática.

Pero también es cristiano no callar ante el mal, esté donde esté, intentar colaborar en lo que nos sea posible y buscar evitar que situaciones semejantes ocurran entre nosotros. Por amor a Dios, que es Padre de todos los sufrientes (2 Cor 1,3-4).

Para esto, es necesario haber escuchado con más atención las enseñanzas del Maestro del Amor Misericordioso, el «Hijo muy querido» de Dios, de quien nos decimos seguidores. Pero…

¿Oímos y escuchamos? ¿Oímos o escuchamos? ¿Es lo mismo? ¿Qué relación tiene esto con el reiterado dicho coloquial que critica a una persona incoherente, señalando que lo dicho “le entra por un oído y le sale por otro”?

En nuestro lenguaje habitual confundimos estos dos conceptos. Pero dice el diccionario de la RAE que oír es percibir con el oído los sonidos y, por su lado, escuchar es prestar atención a lo que se oye. Es decir, cuando decimos que hemos oído algo estaríamos señalando que estábamos ahí y, sin mayor esfuerzo, mecánicamente, penetró por nuestro aparato auditivo algún contenido; en cambio, si decimos haber escuchado, lo que reconocemos es que lo hicimos acogiendo activamente lo que se nos transmitió.

¿A qué viene todo esto? A que, sobre todo los cristianos, llevamos una vida oyendo la Palabra de Dios, en nuestras liturgias, en diversas prédicas, en espacios de formación y hasta en conversaciones entre hermanos de fe. Sin embargo, viendo los frutos (o la falta de estos) que, en general producimos (o no), es evidente que, según la definición, no los escuchamos realmente, asumiendo que de verdad nos importa lo que Él expresa.

Tan importante es esto que, en este relato de la Transfiguración de Jesús, la voz del cielo lo identifica como «en quien tengo puesta mi predilección» y la consecuencia que espera de quienes lo aman, que es: «escúchenlo». Es decir, presten atención y luego «Hagan todo lo que él les diga» (Jn 2,5), para que tenga sentido escuchar tan importante palabra, porque es de cristianos escucharlo y sentirse impulsados a mejorar el mundo.

 

Te pedimos que tu luz transformadora, Señor, logre cambiar nuestros corazones, mentes y vida cotidiana, que podamos encontrar fortaleza ante la cruz, esperanza en la resurrección y la gracia de realmente escuchar tu palabra humanizadora que nos muestre transfigurados a tu imagen. Así sea.

 

Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, transfigurar nuestra vida injusta, indolente y egoísta para acercarnos más a la coherencia de decirnos cristianos,

Miguel.

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