PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR
Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo
Domingo de la Tercera Semana de Cuaresma
Lecturas de la Misa:
Éxodo 17, 1-7 / Salmo 94, 1-2. 6-9 Cuando escuchen la voz del Señor, no endurezcan el corazón / Romanos 5, 1-2. 5-8
+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 4, 5-15. 19-26. 39-42
Jesús llegó a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de las tierras que Jacob había dado a su hijo José. Allí se encuentra el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era la hora del mediodía.
Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo: «Dame de beber».
Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos.
La samaritana le respondió: «¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» Los judíos, en efecto, no se trataban con los samaritanos.
Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: "Dame de beber",
tú misma se lo hubieras pedido, y Él te habría dado agua viva».
«Señor, le dijo ella, no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva? ¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo, donde él bebió, lo mismo que sus hijos y sus animales?»
Jesús le respondió: «El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, pero el que beba del agua que Yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que Yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna».
«Señor, le dijo la mujer, dame de esa agua para que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a sacarla. Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en esta montaña, y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se debe adorar»
Jesús le respondió: «Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén ustedes adorarán al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad».
La mujer le dijo: «Yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir. Cuando él venga, nos anunciará todo».
Jesús le respondió: «Soy yo, el que habla contigo».
Muchos samaritanos de esta ciudad habían creído en Él. Por eso, cuando los samaritanos se acercaron a Jesús, le rogaban que se quedara con ellos, y Él permaneció allí dos días. Muchos más creyeron en Él, a causa de su palabra. Y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que Él es verdaderamente el Salvador del mundo».
Palabra del Señor.
MEDITACION
A veces nos asalta la duda: «¿El Señor está realmente entre nosotros, o no?» (1L). Pero, por la fe en Jesús hemos comprendido que Él está más que “entre nosotros”; Él se encuentra en nosotros mismos, ya que «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado» (2L), y, gracias a eso, nos será posible tener la alegría de vivir muchos momentos, compartir con personas y experimentar situaciones a través de los que Él nos señalará: «Soy yo, el que habla contigo» (Ev). Por eso la invitación es que «Cuando escuchen la voz del Señor, no endurezcan el corazón» (Sal), sino que intentemos hacer esta Palabra parte importante de nuestra vida.
Una cercanía que transforma.
La Providencia quiso que el evangelio que se nos ofrece este Domingo coincida con el Día Internacional de la Mujer y en él la gran protagonista es una fémina. Esto nos ayudará a recordar la relación de Jesús con ellas. Y nuevamente podemos aprender de su ejemplo.
El Maestro fue, contra las costumbres y normas patriarcales de su tiempo y su tierra, alguien que valoraba, respetaba e integraba de manera importante a las mujeres en su accionar, tratándolas con una dignidad desconocida hasta entonces.
Él «recorría las ciudades y los pueblos, predicando y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce […]: María, llamada Magdalena, […] Juana, esposa de Cusa, intendente de Herodes, Susana y muchas otras, que los ayudaban con sus bienes» (Lc 8,1-3).
Eso no nos suena tan llamativo, porque vivimos otros tiempos, un poco (no mucho) diferentes. Pero, si sabemos que en aquel tiempo las mujeres no contaban: «Los que comieron fueron unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños» (Mt 14,21), es decir, eran tiempos en que ellas eran casi invisibles, pero no para nuestro Maestro de la misericordia, quien las acogía y trataba con cariño (Lc 10,38-42; Lc 7,36-48).
Ilustremos lo anterior con este conocido diálogo: «“Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Alguien te ha condenado?”. Ella le respondió: “Nadie, Señor” [ninguno de los que querían apedrearla, pero fueron enfrentados en su “justicia” sin autocrítica por el Maestro]. “Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús”» (Jn 8,10-11).
Él rompe barreras culturales muy arraigadas en su época cuando se desvió por el país vecino y “hereje” de Samaria. Allí, tuvo un encuentro con una aldeana, según el evangelio para esta ocasión. Ya que ella fuera samaritana era suficiente para impedir cualquier conversación con un judío respetable («Los judíos […] no se trataban con los samaritanos»), pero, para empeorar las cosas a los ojos de los discípulos, era una mujer (versículo 27). Ella, además, marginada de su propia comunidad. Lo sabemos por la hora desacostumbrada a la que debía acudir a buscar agua, muy calurosa para esa labor, probablemente para evitar malos comentarios y miradas.
Su mensaje cercano e inclusivo transformó a esa mujer, convirtiéndola en mensajera de la Buena Nueva y, a través de ella, impactó a toda una ciudad llenándola de esperanza.
La respuesta de ellas fue fidelidad: las mujeres fueron las últimas en dejar el lugar de la crucifixión de Jesús y las primeras ante el sepulcro vacío (Mt 27,61; 28,1).
No olvidemos, respecto a esto mismo, que fue una discípula, María Magdalena, la que escogió el Resucitado para ser la primera anunciadora de la novedad de su triunfo sobre la muerte (Jn 20, 15-17; Mc 16,9).
Nuestra respuesta ante todo esto podría ser ayudar a dignificar a nuestras hermanas, combatir las desigualdades que sufren e imitarlas en su fe cariñosa por Jesús.
Señor, te agradecemos por enseñarnos a romper barreras sociales, y servir a los marginados, ofreciendo "agua viva", el Espíritu divino salvador, para ayudar a saciar la sed de infinito de todos para siempre. Ayúdanos a ser fieles a tu amor, asemejándonos a tu estilo. Así sea.
Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, en nombre de Jesús y asemejándonos a él, saber superar malas tradiciones y ser acogedores de los marginados,
Miguel.

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