miércoles, 18 de febrero de 2026

La Palabra como escudo ante las tentaciones

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR

Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo

22 de Febrero de 2026                                              

Domingo de la Primera Semana de Cuaresma

 

Lecturas de la Misa:

Génesis 2, 7-9; 3, 1-7 / Salmo 50, 3-6. 12-14. 17 ¡Ten piedad, Señor, pecamos contra ti! / Romanos 5, 12-19

 

+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     4, 1-11


    Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio. Después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, sintió hambre. Y el tentador, acercándose, le dijo: «Si tú eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes». Jesús le respondió: «Está escrito: "El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios"».
    Luego el demonio llevó a Jesús a la Ciudad santa y lo puso en la parte más alta del Templo, diciéndole: «Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: "Dios dará órdenes a sus ángeles, y ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra"». Jesús le respondió: «También está escrito: "No tentarás al Señor, tu Dios"».
    El demonio lo llevó luego a una montaña muy alta; desde allí le hizo ver todos los reinos del mundo con todo su esplendor, y le dijo: «Te daré todo esto, si te postras para adorarme».  Jesús le respondió: «Retírate, Satanás, porque está escrito: "Adorarás al Señor, Dios, y a Él solo rendirás culto"».
    Entonces el demonio lo dejó, y unos ángeles se acercaron para servirlo.
Palabra del Señor.

 

MEDITACION

Siempre hemos sido, somos y seremos tentados (1L y Ev), pero no por algo o alguien externo a nosotros, sino por nuestro egoísmo en lo personal y por su manifestación social que es el individualismo, a los cuales podemos darle el nombre de “diablo”, que significa el que divide, porque nos separan a nosotros de Dios y de nuestros hermanos. Ante eso, necesitamos una actitud de oración permanentemente: «Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva la firmeza de mi espíritu» (Sal), de tal manera que se nos haga más posible que sigamos recibiendo los frutos del hecho de que «la gracia de Dios y el don conferido por la gracia de un solo hombre, Jesucristo, fueron derramados mucho más abundantemente sobre todos» (2L). Acoger y convertirnos a su gracia nos salva y nos libera del mal.

Con las Escrituras en los labios y el corazón.

Otro ejemplo de nuestro Maestro: Jesús hablaba con la Biblia en la mano, o, mejor aún, en el corazón. Por eso, ante las tentaciones-dificultades que son parte de la vida humana, puede recurrir al consuelo que ésta da.

No hemos encontrado al autor de la frase, pero hubo uno que señaló: “prefiero tener hambre de pie que alimentarme de rodillas”. Un pensamiento que nos hace recordar que el pan es esencial, pero hay algo más trascendente que esto: la dignidad humana.

Por otro lado, un cantor se proclamaba “orgulloso del hambre que me mantiene despierto”, dando a entender que saciarse fácilmente lleva a la tentación de intentar siempre proteger los privilegios propios, con lo que puede “dormirse” la conciencia, dejando de lado el cuidado comunitario de todos, especialmente los más desfavorecidos.

Pues bien, otra incitación que nos asecha a todos al respecto es hacer cualquier cosa con tal de “llenar la barriga”, concreta y metafóricamente. El problema con esto es que, si se hace una vez, es posible que llegue a convertirse en hábito y esto nos impulse a realizar lo que sea para cubrir las propias necesidades (esta y otras). Desde ahí existe sólo un breve paso para caer en abusos contra sí mismo y contra los demás (Lc 16,19-31).

Cuando Jesús es acosado por la tentación de saciar el hambre pasando por encima del proceso naturalmente humano de la elaboración y el compartir de los alimentos, pronuncia categórico la cita: «El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Dt 8,3).

Es esa palabra la que alimenta al cristiano, enseñándole a valorar la dignidad de cada ser humano: «Dios creó al hombre a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer» (Gn 1,27), todos hermanos nuestros: «¡Miren cómo nos amó el Padre! Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente» (1 Jn 3,1) y, de esa manera, estar siempre despiertos para actuar en lo que nos sea posible construyendo una sociedad donde a nadie le falte lo más vital para la existencia, teniendo presente que vivimos en un mundo en que hay lugares en que se bota la comida, mientras muchos mueren por la falta de alimentos. Así de pervertidas pueden estar nuestras sociedades. Y en este caso la tentación en la que caemos casi todos es “mirar para el lado”: la tan poco cristiana indiferencia con el sufrimiento de otros.

Peor aún, nuestra debilidad nos lleva a sentirnos tentados a poner a prueba el amor del Señor: “si Dios existiera, no habría hambre en el mundo”, tratando, de paso, de desligarnos de nuestra responsabilidad al respecto. La respuesta del Maestro, rememorando sus conocimientos de la Biblia, es un indiscutible, al menos para los creyentes, con su Padre no se juega y no se puede dudar tan groseramente de Él: «está escrito: "No tentarás al Señor, tu Dios"» (Dt 6,16).

Concatenado con lo anterior, existe la terrible seducción de poner excesivamente la confianza en los medios materiales, supuestamente para ayudar a paliar aquellas necesidades (desconfiando, por lo tanto, de la acción divina), ante lo que nos recuerda: «Adorarás al Señor, Dios, y a Él solo rendirás culto» (Dt 6,13).

Nuestra naturaleza siempre está siendo asechada por el mal, los muchos males tan devastadores de nuestras relaciones humanas y hasta de nuestro planeta. Los cristianos tenemos un arma eficaz contra esto: «la Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de doble filo» (Hb 4,12).


Pero ¡atención!, las Escrituras también pueden ser empleadas mañosamente contra la voluntad del Señor. Nos lo recuerda este evangelio cuando el tentador la utiliza malévolamente: «Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito…».

Por eso es tan necesario que los creyentes, sobre todo los católicos, que no tenemos ese hábito, nos preocupemos de nuestra formación en todos los ámbitos de nuestra fe, pero muy especialmente en el bíblico: «tomen la armadura de Dios, para que puedan resistir en el día malo y mantenerse firmes después de haber superado todos los obstáculos» (Ef 6,13).

 

Que sepamos acudir a ti, Señor, buscando fortaleza en los momentos de debilidad, sabiendo reconocer nuestra fragilidad, pero confiando en que no permitirás que seamos tentados más allá de lo que somos capaces de resistir, apoyados en tus Palabras y en los hermanos de fe. Así sea.

 

Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, saber apoyarnos en la palabra liberadora del Buen Padre Dios ante tanta seductora tentación que quiere alejarnos de los caminos del Reino,

Miguel.

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