PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR
Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo
Domingo de la Segunda Semana Durante el Año
Lecturas de la Misa:
Isaías 49, 3-6 / Salmo 39, 2. 4. 7-10 Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad / I Corintios 1, 1-3
+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 1, 29-34
Juan Bautista vio acercarse a Jesús y dijo: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A Él me refería, cuando dije:
Después de mí viene un hombre que me precede,
porque existía antes que yo.
Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que Él fuera manifestado a Israel».
Y Juan dio este testimonio: «He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre Él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: "Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre Él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo".
Yo lo he visto y doy testimonio de que Él es el Hijo de Dios».
Palabra del Señor.
MEDITACION
Ya no existen –gracias a Dios y al progreso de la conciencia humana- sacrificios de animales para “agradar a los dioses”, pero Jesús sigue siendo «Cordero de Dios», en el sentido de la humildad con que entendió que «Tú no quisiste víctima ni oblación; pero me diste un oído atento; no pediste holocaustos ni sacrificios, entonces dije: “Aquí estoy”» (Sal), por lo que se entregó a la misión de ser «la luz de las naciones, para que llegue mi salvación hasta los confines de la tierra» (1L), de manera de permitir que llegásemos a estar entre los que «han sido santificados en Cristo Jesús y llamados a ser santos» (2L). Cuando, quienes hemos sido bautizados «en el Espíritu Santo» (Ev), como respuesta a todo esto, buscamos ser, desde nuestras capacidades y venciendo nuestras limitaciones, fieles al llamado de Dios, seguimos ayudando a quitar el pecado del mundo junto a Jesús.
No esperando que otro se sacrifique por mí.
Se nos ha contado que Jesús y Juan eran primos en algún grado, ya que sus madres eran familiares, si recordamos que el Ángel al contarle a María del embarazo de la madre de quien sería el Bautista, llama a esta última: «tu parienta Isabel» (Lc 1,36).
¿Cómo es que, entonces, afirma en este texto: «Yo no lo conocía»?
Por otro lado, ¿por qué si, en el evangelio para este día, afirma rotundamente: «Yo lo he visto y doy testimonio de que Él es el Hijo de Dios», muy al comienzo de su ministerio, posteriormente dudará de quién es él? Así nos lo cuenta Mateo: «Juan el Bautista oyó hablar en la cárcel de las obras de Cristo, y mandó a dos de sus discípulos para preguntarle: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?”» (Mt 11,2-3).
La respuesta parece compleja, pero es, si se abre la mente, muy simple y lo hemos mencionado en anteriores ocasiones: ni los evangelios, ni ningún libro de la Biblia son o pretenden ser fieles a la historia, como se entiende esto en el presente.
Lo que sí son todos y cada uno de los textos de nuestras Escrituras es material catequético y teológico, fruto de la reflexión de fe de muchas comunidades, desde los primeros creyentes en el Dios Único hasta el último autor sagrado.
Por ello, nos ayudaría más que entender qué quiere decirnos este o cualquier otro fragmento bíblico, intentar comprender, por ejemplo, qué intentaba que reflexionase la comunidad del evangelista Juan usando estas palabras de su homónimo, el Bautista.
En concreto, pensemos que el evangelio al que corresponde esta cita fue el más tardío en escribirse, se dice que a finales del siglo I, lo que implica que han transcurrido más de 50 años desde que sucede lo narrado. Es decir, al menos han pasado dos generaciones de cristianos, de personas que han leído, meditado y compartido sus creencias y reflexiones con los demás: se ha madurado la visión que se tiene de Jesús, lo que hizo y lo que dijo.
Tomando en cuenta lo anterior, meditemos estas palabras, que tienen gran significación para nosotros, aún dos milenios después: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo».
En la Carta a los Hebreos, anónima, pero con toda probabilidad escrita por alguien que no vio ni escuchó de primera mano el mensaje del Maestro, se enseña que Jesús sería un cordero (el más perfecto): «ya que no hay remisión de pecados sin derramamiento de sangre […] Cristo entró en el cielo, para presentarse delante de Dios en favor nuestro […] para abolir el pecado por medio de su Sacrificio» (Hb 9,11-28).
Muchos teólogos, basados en esto elaboraron la horrible doctrina (que aún hoy se enseña) de que Dios, como los antiguos ídolos paganos, necesitaba un sacrificio para calmar su enojo y éste sería su propio hijo.
Pero esta interpretación contradice al propio evangelio de Juan, que más adelante nos dice que en Jesús hemos visto actuar al Padre (Jn 14,9); lo que nos dice que, si él es misericordioso es porque el Padre lo es, y que, si él es capaz de comprometerse hasta las últimas consecuencias con el Reino del amor y la justicia (como efectivamente hizo), es porque Dios también está comprometido hasta el final con la raza humana (Jn 3,16-17).
De esa manera entendemos que Dios es nuestro aliado contra el mal, y él, Jesús, su instrumento para librarnos del pecado: ese sería un mejor sentido para identificarlo como ese «Cordero».
Pero, si no es mediante el sacrificio sangriento, entonces, ¿cómo nos quita esta mancha?
Primero, definamos pecado como todo lo que nos aleje de los brazos amorosos del Buen Padre Dios, quien, más que un gruñón con sed de venganza, es alguien que se alegra con el retorno de quien se ha alejado de Él (Lc 15,11-32).
Pues, bien, nos lo quita enseñándonos a liberarnos de las culpas: Jesús no trata a los “pecadores” como infractores, sino como necesitados de Dios y amados por Él (Rm 5,8); no son (somos) malvados, sino víctimas, porque el pecado, más que cometerse, se padece (Jn 8,3-11).
Luego, Jesús nos libra del pecado encendiendo su luz para que no tropecemos en las trampas de la vida (Jn 8,12). Los seres humanos somos propensos a equivocarnos; a tropezar, y Jesús nos ilumina para mostrarnos el buen camino.
Finalmente, para que no nos quedemos de brazos cruzados esperando esta purificación, Jesús nos propone una forma de vida, a la que compara con un tesoro, uno tan valioso que todo lo demás deja de tener valor para nosotros (Mt 13,44)… incluida la atracción que pueda ejercer el pecado.
En suma, el pecado existe y somos propensos a caer en él, pero Dios y su enviado Jesús, el que quita el pecado del mundo, nos acompañan, nos consuelan y nos guían en este arduo combate, permanentemente y sin descanso.
Señor, auxílianos en nuestra cotidiana propensión a caer en el pecado, librándonos de todo mal, como nos enseñaste a rogarle a tu Padre. Fortalece también nuestra capacidad para ayudar a más hermanos que creen que Dios está enojado con ellos a que descubran que, al contrario, está deseoso de que rompamos las cadenas que nos impiden ser más plenamente humanos, es decir quitarnos el pecado. Así sea.
Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, saber combatir, con las armas de la misericordia y la compasión que nos da Dios, nuestro pecado y el del mundo,
Miguel.

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