miércoles, 6 de mayo de 2026

Habitados por el mismo Dios

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR

Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo

10 de Mayo de 2026                                              

Domingo de la Sexta Semana de Pascua

 

Lecturas de la Misa:

Hechos 8, 5-8. 14-17 / Salmo 65, 1-7. 16. 20 ¡Aclame al Señor toda la tierra! / I Pedro 3, 15-18

 

+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     14, 15-21


Durante la última Cena, Jesús dijo a sus discípulos:
    «Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y Yo rogaré al Padre, y Él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque Él permanece con ustedes y estará en ustedes.
    No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque Yo vivo y también ustedes vivirán. Aquel día comprenderán que Yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y Yo en ustedes.
    El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y Yo lo amaré y me manifestaré a él».
Palabra del Señor.

 

MEDITACION

El Espíritu del Señor actúa en la historia humana cuando «ustedes se comportan como servidores de Cristo» (2L), «porque él permanece con ustedes» (Ev). Eso produce el que hay quienes aclaman: «Vengan a ver las obras del Señor, las cosas admirables que hizo por los hombres» (Sal) y su resultado: «fue grande la alegría de aquella ciudad» (1L) y del mundo, que logra entender, gracias a quienes han dejado actuar a Su Espíritu en ellos, cuánto le ama Dios (Jn 3,16).

Dando los frutos que corresponden a esta situación.

Si bien estas palabras se encuentran dentro del contexto de la Última Cena, según la versión del evangelio de Juan, no debemos olvidar que en ese momento (lo mismo que todos los otros de la vida de Jesús) no hubo ningún cronista tomando apuntes al instante, principalmente porque a nadie se le ocurre escribir mientras está viviendo experiencias impactantes, pero, además, porque la cultura de su época se dedicaba más bien a memorizar, teniendo en cuenta que muy pocas personas sabían leer.

Lo que sucedió realmente, entonces, fue que, posterior a la Resurrección, las comunidades naturalmente compartían, meditando todo lo que vivieron con el Señor y los recuerdos iban surgiendo y, bajo la potente luz de ese hecho, fueron redactando lo que llegó hasta nosotros.

Entonces, nos puede servir el pensar que quien nos está hablando en este evangelio no es el nazareno que recorrió las tierras palestinas hace dos milenios, sino el Resucitado que permanece por los siglos.

Desde esa perspectiva, les invitamos a poner atención al contenido de esta exhortación: «Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos». Sí, dice mandamientos en plural, pero, como sabemos, él ya los había reducido a uno solo: amar (Jn 13,34-35). Entonces, siguiendo el hilo de sus enseñanzas, podemos llegar a entender que quien no ama a los demás no puede amarlo a él, ni a Dios (Mc 12,28-31).

Lo anterior, porque la experiencia nos dice que, cuando se ama a alguien de verdad, se es capaz de adaptarse al máximo a la voluntad y a los deseos de aquel que ama: se "transforma" en aquel a quien se ama. En ese sentido, sería muy acertada la idea que popularizó un escritor creyente (C.S. Lewis): que el objetivo es que los cristianos sean "otros cristos" en su ambiente y su presente, con semejante disponibilidad y ternura como la suya hacia los necesitados de todo tipo.

Esto suena difícil, pero no tanto si tenemos en cuenta lo que el Señor dice a continuación: «yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes». Aquí anuncia el envío del Espíritu Santo, el Paráclito o Defensor, que será nuestra compañía. Sin embargo, poco después afirma: «No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes» y, más aún, a continuación: «El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él» (Jn 14,23).

Que el Espíritu “esté con ustedes”; que, pese a todo, asegura: “no los dejaré huérfanos”, y, como si fuera poco, el mismo Padre y él nos “habitarán”. Esto significa que Dios, todo Dios, está y estará siempre a nuestro lado.

Con esto podemos concluir, en primer lugar, que, contrario a una mala enseñanza anterior, nuestro Dios no es lejano y temible, sino cercano y amoroso, tal como se mostró Jesús en su paso por nuestra tierra. Y, después, que no estamos solos frente a los desafíos de la vida.


En el Antiguo Testamento la presencia de Dios se localizaba en un lugar, la tienda del encuentro (Ex 33, 7-9) o en el templo (1 Rey 8,10-13), pero desde la Resurrección de Jesús cada miembro de la comunidad será el lugar en que habita Dios: «Ustedes están edificados sobre los apóstoles y los profetas, que son los cimientos, mientras que la piedra angular es el mismo Jesucristo. En él, todo el edificio, bien trabado, va creciendo para constituir un templo santo en el Señor» (Ef 2,20-21).

Y es ese amor que mencionábamos al comienzo el que haría visible la presencia de Dios en el mundo cuando llegaran los tiempos mesiánicos, como fue anunciado por los profetas: «pondré mi Santuario en medio de ellos para siempre. Mi morada estará junto a ellos: yo seré su Dios y ellos serán mi Pueblo» (Ez 37,26-27); y también: «Grita de júbilo y alégrate, hija de Sión: porque yo vengo a habitar en medio de ti –oráculo del Señor–» (Zac 2,14).

Es importante para nosotros tener clara esta maravilla gratuita para nosotros. Y para el mundo, que se nos note que el mismo Dios, que es amor (1 Jn, 4,8), nos habita, lo que se manifiesta amando a nuestra vez a los demás, a su imagen y semejanza.

 

Señor, ayúdanos a reconocer tu presencia en nosotros y, desde nosotros, al mundo que tanto amó Dios. Que sepamos permitir que habites con propiedad nuestro corazón, liberándonos de las comodidades, temores y amor a los privilegios, convirtiéndonos a tu espíritu de amor misericordioso y servicial con todos los que lo necesitan. Así sea.

 

Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría encontrar las formas de hacer cada vez más asequibles nuestros corazones a la permanencia de Dios en nosotros,

Miguel.

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