miércoles, 28 de octubre de 2026

La alegría de ser santos

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR

Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo

1 de Noviembre de 2026                                              

Solemnidad de Todos los Santos

 

Lecturas de la Misa:

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14 / Salmo 23, 1-6 ¡Benditos los que buscan al Señor! / I Juan 3, 1-3

 

+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     5,1-12


   Seguían a Jesús grandes multitudes, que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de Transjordania.

    Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a Él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:

    «Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

    Felices los afligidos, porque serán consolados.

    Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.

    Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.

    Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.

    Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.

    Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.

    Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

    Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.

    Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron».
Palabra del Señor.

 

MEDITACION

Quien sufra dificultades por su entrega generosa a la construcción del Reino en la tierra (Ev), el cual implica aportar a humanizar cada vez más la vida, «recibirá la bendición del Señor, la recompensa de Dios, su Salvador» (Sal). Porque «El que tiene esta esperanza en Él, se purifica, así como Él es puro» (2L) y pasa a formar parte de los Santos, los amados del Señor, que forman «una enorme muchedumbre, imposible de contar, formada por gente de todas las naciones, familias, pueblos y lenguas» (1L).

A la manera de Jesús.

Este día lo asignó la Iglesia Católica a celebrar a todos los santos y santas de la historia: aquellos que han sido canonizados por ella y también los que, por el motivo que sea, tienen los méritos, pero no han llegado a obtener ese reconocimiento oficial. Es una fiesta diferente a la que recuerda a todos los difuntos, la que corresponde al día siguiente, aunque se mezclan en nuestra percepción, primero porque sólo la primera es una fecha feriada, pero a la vez porque los santos reconocidos lo son después de terminada su vida, además de que en nuestro corazón tenemos la convicción de que, de alguna manera, muchos de nuestros familiares y amigos que ya se fueron tienen los merecimientos para ser considerados en esa categoría.

Pues bien, el tema de la santidad, como sabemos, no es uno que esté en la conversación cotidiana, ni siquiera de los creyentes, en nuestro tiempo. Este día sería muy apropiado, entonces, preguntarnos qué es esto, qué podría significar esta situación para nuestro Dios.

El evangelio para esta fiesta nos da una pista muy interesante: contiene las Bienaventuranzas: una especie de escala de valores de Jesús, para inspirar la nuestra. Ahí el Maestro destaca algunas actitudes, utilizando una palabra muy especial: makarioi, voz que proviene del griego (idioma en que fueron redactados los evangelios), la cual designa a quienes se perciben en estado de felicidad. Porque esta es la actitud que corresponde a quienes han recibido buenas noticias (traducción de otra palabra que proviene del griego, pero que utilizamos corrientemente en el español: ni más ni menos que el término Evangelio). Pero no se trata de ponerse técnicos, sino de relevar la muy necesaria relación que existe entre la santidad y la alegría.

En nuestro caso, esta nace de la conciencia de que contamos con la hermosa llamada a ser hijos e hijas amadas «¡Miren cómo nos amó el Padre! Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente» (1Jn 3,1).

Entonces, cuando sólo se considera santos a los mártires, los monjes, los místicos… ¿dónde quedamos los seres humanos “normales”? ¿a nosotros nos es imposible acceder a la santidad? Creemos firmemente que no; que todos podemos encontrar la alegría “a la manera de Dios” (Hch 9,13; Flp 4,21; 1 Cor 1,2, etc.).

Fijémonos, por ejemplo, en que en el evangelio Jesús proclama bendiciones sobre personas con experiencias como las que nos tocan a cada uno de nosotros, a quienes la vida y las estructuras sociales nos ponen en desventaja. Pero la bendición se basa en la Buena Noticia de que, aún en las dificultades, el Padre Dios está a nuestro lado: a «los que tienen alma de pobres […] les pertenece el Reino de los Cielos»; «los afligidos […] serán consolados»; «los que tienen hambre y sed de justicia […] serán saciados»; «los que trabajan por la paz» y «los que son perseguidos por practicar la justicia […] serán llamados hijos de Dios», es decir, perfectamente se pueden considerar Santos.

En este contexto recordemos la respuesta de Jesús a quien, admirada de su sabiduría, alababa sus orígenes: «Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican» (Lc 11,28). Usando, así, otra bienaventuranza.


Porque estos son los que, canonizados o no, están en sintonía con el Único Santo: «Ustedes serán santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo» (Lev 19,2). Y lo hacen viviendo en la alegría esperanzada de que sus enseñanzas nos hacen mejor humanidad.

Como dice el evangelio: «Alégrense y regocíjense entonces» por esta buena noticia, la que somos impulsados a compartir con otros. Y, de esta manera ayudar a acercar la santidad a todo el mundo, que es otra forma de cumplir nuestro encargo de evangelizar por todo lugar (Mc 16,15).

 

Señor, te pedimos que nos ayudes a purificar nuestro corazón, para poder verte en nuestros hermanos que padecen las inequidades de nuestras sociedades y con quienes tú te identificas, para que, de esa manera, aprendamos tu forma de ser feliz, que es sirviendo a los demás, siguiendo la voluntad del Padre. Así sea.

 

Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, descubrir la felicidad a la manera de Dios, a la manera de Jesús, que no es la efímera de nuestra sociedad, sino la profunda de ser humanos, acompañando a los demás,

Miguel.

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