Mt 5,13-16;
Is 58,7-10
Hoy lo dice el evangelio y los hemos oído miles de veces:
Vosotros sois la luz del mundo, vosotros sois la sal
de la tierra. Veinte
siglos han pasado desde que Cristo pronunció esta frase dirigida, a través
del tiempo, a todos sus discípulos y el
mundo ha sido y es un brusco contraste de luces y sombras y un espectáculo a veces
impresionante de corrupción.
Lo innegable es que, en demasiadas ocasiones, la zona oscura
la hemos ocupado los cristianos tan
ricamente, y el espectáculo de la corrupción lo hemos prodigado con gran generosidad. No es evidente que hayamos
entendido cómo y cuándo se es luz y sal.
Pero las dudas, si las tenemos, las disipa hoy Isaías con unas frases
que son un auténtico detonante, con una
página que parece, por su vigor y su tono incisivo y directo, arrancada de la propaganda de cualquier
movimiento reivindicativo al uso.
Ser luz es sólo esto: compartir el pan, y el techo y el
vestido.
Ser sal es desterrar la opresión, el gesto amenazante y la
maledicencia. No se puede decir más en menos. Y, naturalmente, añadimos. Es
hacer todo esto por Dios.
Algo ha pasado con los cristianos cuando hemos sido capaces
de que otras manos y otras ideologías
nos hayan arrebatado la antorcha y quieren iluminar el mundo con unas ideas que hace veinte siglos dijo Cristo con
la mayor sencillez y con la máxima autenticidad, porque las rubricó con su propia sangre. Algo
ha pasado cuando la sal la ponen, en
demasiadas ocasiones, hombres que no parten de Cristo, ni pretenden
llevar la humanidad hacia Dios. Si los
cristianos no nos hubiésemos cerrado tan ostentosamente a nuestra propia carne nadie hubiera podido
arrebatarnos la bandera de la liberación ni de la justicia.
DABAR 1978

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