El Espíritu Santo, entonces, como promete Jesús, nos guía
"en toda la verdad" (Jn. 16,13); nos lleva no solo
al encuentro con
Jesús, plenitud de la Verdad, sino que nos guía "en" la Verdad, es
decir, nos hace entrar en una comunión siempre más profunda con Jesús, dándonos
la inteligencia de las cosas de Dios. Y esta no la podemos alcanzar con
nuestras fuerzas. Si Dios no nos ilumina interiormente, nuestro ser cristianos
será superficial. La Tradición de la Iglesia afirma que el Espíritu de la
verdad actúa en nuestros corazones, suscitando aquel "sentido de la
fe" (sensus fidei), a través del cual, como afirma el Concilio Vaticano
II, el Pueblo de Dios, bajo la guía del Magisterio, indefectiblemente se
adhiere a la fe transmitida, la profundiza con un juicio recto y la aplica más
plenamente en la vida (cf. Constitución dogmática Lumen Gentium, 12). Probemos
a preguntarnos: ¿estoy abierto a la acción del Espíritu Santo, le pido para que
me ilumine, y me haga más sensible a las cosas de Dios?
Esta es una oración que tenemos que rezar todos los días:
Espíritu Santo, haz que mi corazón esté abierto a la Palabra de Dios, que mi
corazón esté abierto al bien, que mi corazón esté abierto a la belleza de Dios,
todos los días. Me gustaría hacerles una pregunta a todos ustedes: ¿Cuántos de
ustedes rezan cada día al Espíritu Santo, eh? ¡Serán pocos, eh! pocos, unos
pocos, pero nosotros tenemos que cumplir este deseo de Jesús y orar cada día al
Espíritu Santo para que abra nuestros corazones a Jesús.
Papa Francisco (Audiencia
general 15/05/13)

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