miércoles, 6 de septiembre de 2023

Ante una fecha con consecuencias tan dolorosas

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR

Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo

10 de Septiembre de 2023                                       

Domingo de la Vigésimo Tercera Semana Durante el Año

 

Lecturas de la Misa:

Ezequiel 33, 7-9 / Salmo 94, 1-2. 6-9 Ojalá hoy escuchen la voz del Señor / Romanos 13, 8-10

 

+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     18, 15-20


    Jesús dijo a sus discípulos:

    Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos. Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano.

    Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.

    También les aseguro que, si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos.

Palabra del Señor.

 

MEDITACIÓN                                                                                                             

Pablo, siguiendo las enseñanzas de Jesús, hace una certera síntesis de la voluntad de Dios: «los mandamientos […] se resumen en este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (2L). Pero ese amor sólo es efectivo si se manifiesta de maneras concretas, por ejemplo: advirtiendo a ese prójimo para que «abandone su mala conducta» (1L), pues «si te escucha, habrás ganado a tu hermano» (Ev), con lo que, además de ayudarlo a superar lo que estaba haciendo mal, lo ganamos para la Vida y para la comunidad, en la unidad de saber que «Él es nuestro Dios, y nosotros, el pueblo que Él apacienta» (Sal), un pueblo de hermanos, hijos del mismo Padre.

Y qué hacemos y podríamos hacer los cristianos en esto.

Los cristianos solemos ser excesivamente prudentes (ojalá no sea cobardía) con algunos temas.

Estos días es el aniversario 50 del golpe de estado en Chile. ¿Cómo evadir, desde la fe en el Señor de la vida en abundancia (Jn 10,10) una fecha tan importante? Sin embargo, la inmensa mayoría de nosotros preferiremos no tocar el tema desde el punto de vista de nuestra espiritualidad. Trataremos de romper esto, aunque intentando no herir susceptibilidades. Tarea bastante compleja, lo sabemos, pero inevitable porque se medita muy poco, desde el evangelio, acerca de la ola de situaciones que ocurrieron desde aquel día 11 de septiembre y por muchos -demasiados- años.

No estamos solos, ni somos (ni pretendemos ser) originales: no olvidemos que el cristianismo relució y deslumbró en aquel tiempo porque muchos hombres y mujeres de fe sirvieron, acogieron y resistieron ante la vulneración de lo más sagrado que creó nuestro Dios: la persona humana, hecha a imagen y semejanza suya (Gn 1,27), hasta el punto de Él mismo asumirla haciéndose uno de nosotros (Flp 2,6-7).

Recordemos que, lamentablemente, éstos, además de sufrir los rigores del régimen, padecieron la dura crítica de sus hermanos de fe, quienes los calificaban de marxistas o de “tontos útiles” de aquellos. Pero lo que hicieron fue ser fieles a su Maestro y a su parábola del Buen Samaritano (Lc 10,30-37).

No pretendemos entrar en el legítimo debate acerca de las malas o buenas decisiones que tomó el gobierno derrocado. Ni tomar partido en si lo que siguió fue una dictadura o un gobierno autoritario. Cada quien, legítima y democráticamente, puede opinar lo que quiera al respecto. Lo que nadie debiese avalar, y mucho menos quienes dicen ser seguidores del Dios de la Vida (Mt 22,32), son los atentados a la dignidad de la persona humana que se cometieron durante esos tristes diecisiete años.

Más claro aún: ni las “colas” interminables para comprar los más básicos productos para una familia y hasta para alimentarse; ni el fomento de las tomas y expropiaciones al borde de la legalidad de empresas grandes y pequeñas; ni nada de lo que se quiera agregar justifica la tortura, el asesinato, las agresiones sexuales y tantos otros actos bárbaros.

Y, supongamos que fuese verdad que el extinto gobierno estuviese preparando una dictadura y tratando de formar un ejército paralelo con la ayuda de los regímenes marxistas -cosas que nunca se pudieron probar-, no es legítimo que la respuesta sea, por ejemplo, la desaparición (¡para siempre!) de personas que ni siquiera eran militantes.

Resumiendo, ante los errores no se puede reaccionar con horrores. Eso, en lo humano en general. Y, en lo que inspira la fe cristiana, no se debe responder al odio con más odio (Mt 5,21-22).

La pedagogía de Jesús, como sabemos, dista mucho de aquello -y no está demás recordar que muchos de los que tomaron las decisiones que provocaron tanto dolor a sus hermanos se decían y se dicen cristianos-.

Hoy, en el evangelio, tenemos un gran ejemplo en que se nos recuerda cómo enseña que se debe tratar al que consideramos equivocado: dando oportunidades hasta tener que llegar, si persiste en su mala conducta, a alejarlo de la comunidad. Pero en ningún caso eliminarlo.

Todo esto no es, como se critica, incluso desde sectores cristianos, quedarse pegado en lo que ya pasó (los familiares, comprensiblemente, mientras no se sepa dónde se encuentran los restos de las más de 1.200 personas detenidas por agentes del Estado, nunca podrán dejarlo en el pasado). No se trata, tampoco, de fomentar el unos contra otros como sucede desde hace cinco décadas al acercarse el once de septiembre, sino, todo lo contrario: se trata de poder construir futuro y llegar a ser todos contra quienes vulneren a otros, sobre todo si lo hacen utilizando los medios omnipotentes del Estado.

Para eso es imprescindible revisar críticamente lo hecho, de tal manera que sepamos evitar repetir el daño y lograr tener un porvenir luminoso en el cual todos los seres humanos seamos libres e iguales en dignidad y derechos, como comienza la Declaración Universal de los Derechos Humanos, concepto que bien puede estar basado en la enseñanza bíblica: «todos son hijos del Altísimo» (Sal 82,6), por eso, «Dios no hace acepción de personas» (Hch 10,34): «hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos» (Mt 5,45) y su amor es tal que, como la parábola que contó su Hijo, es como un Señor que envía a sus sirvientes con estas órdenes: «recorre en seguida las plazas y las calles de la ciudad, y trae aquí a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los paralíticos, […] ve a los caminos y a lo largo de los cercos, e insiste a la gente para que entre, de manera que se llene mi casa» (Lc 14,21.23).

 

Que esta cercana conmemoración, Señor, logre hacernos reflexionar, para luego impulsarnos a buscar los caminos para sanar el alma de Chile y, así, podamos construir un futuro mejor, el cual sólo puede estar basado en el perdón y la reparación. Ayúdanos, sobre todo a quienes nos reunimos en el nombre de tu Hijo, a realizar las acciones que aporten a que esto sea posible. Así sea.

 

Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, tratar de hacer aportes efectivos para lograr la tan ansiada y necesaria reconciliación en nuestro país, la cual sólo puede ser posible si está basada en la justicia,

Miguel.

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