miércoles, 8 de julio de 2026

El generoso sembrador de lo Bueno

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR

Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo

12 de Julio de 2026                                              

Domingo de la Décimo Quinta Semana Durante el Año

 

Lecturas de la Misa:

Isaías 55, 10-11 / Salmo 64, 10-14 La semilla cayó en tierra fértil y dio fruto / Romanos 8, 18-23

 

+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     13, 1-23


    Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a Él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa. Entonces Él les habló extensamente por medio de parábolas.

    Les decía: «El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron. Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta. ¡El que tenga oídos, que oiga!»

    Los discípulos se acercaron y le dijeron: «¿Por qué les hablas por medio de parábolas?»

    Él les respondió: «A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden. Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice:

        "Por más que oigan, no comprenderán, por más que vean, no conocerán. Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean, y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan, y yo no los sane".

    Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen. Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven, y no lo vieron; oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron.

    Escuchen, entonces, lo que significa la parábola del sembrador.

    Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino. El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría, pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe.

    El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto.

Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Éste produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno».
Palabra del Señor.

 

MEDITACION

Mientras «la creación entera gime y sufre dolores de parto» (2L), la Palabra de Dios –nos dice Él-, «cumple la misión que yo le encomendé» (1L), ayudándonos a superar el sufrimiento, de tal manera que hasta «las colinas se ciñen de alegría» (Sal). Eso fue producto de cada vez que los creyentes, inspirados por el Hijo, vencieron egoísmos e indiferencias, haciéndose, de esa manera, «tierra buena y dieron fruto» (Ev); el fruto que se esperaría de auténticos hijos de Dios.

Una Palabra abundante de bien

Dice Dios por boca de su profeta: «Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo y no vuelven a él sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y hecho germinar, para que dé la semilla al sembrador y el pan al que come, así sucede con la palabra que sale de mi boca: ella no vuelve a mí estéril, sino que realiza todo lo que yo quiero y cumple la misión que yo le encomendé» (Is 55,11). Y ya en la Creación descubrimos que esa Palabra es poderosamente fructífera. De ella provienen cosas nuevas y buenas: «Dios dijo: “Que exista…” Y… existió… vio que era bueno» (Gn 1,3-31).

Pues bien, con esta parábola, en la cual el Maestro quiere que comprendamos esta realidad, descubrimos que el Buen Padre Dios esparce su poderoso verbo, como las semillas, generosamente por todos lados. Es decir, para que pueda llegar a todos.

Y con esta viene el llamado de atención para nosotros: dependerá de cada quien el fruto que La Palabra produzca en su vida. Porque un Dios que ama no puede -ni quiere- obligar a ser amado e, incluso, a amarnos entre nosotros, producto de la acogida de esa Palabra. Entonces, sólo por la forma como recibamos ese maravilloso don proveniente del generoso corazón de Dios se podrá desarrollar todo el potencial que éste conlleva… o, por el contrario, su Palabra será limitada por nuestras debilidades.

Por eso, las semillas que «cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron» es «alguien [que] oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón».


Por su lado, «el que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría, pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe».

Tenemos también «el que recibe la semilla entre espinas [que] es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto».

Y está, por fin, «el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Este produce fruto». El fruto de amor fraterno y solidario, eco de la Palabra misericordiosa del Dios que es puro Amor (1 Jn 4,8).

Pero, atención: nadie es cien por ciento siempre uno u otro terreno. Gracias a Dios (literalmente), somos seres dinámicos: vamos pasando por distintas etapas en la vida. Y, a la vez, contamos con el auxilio del propio Señor para que su Palabra cumpla su misión convirtiendo nuestras debilidades en fortalezas.

 

Señor, Tú eres el sembrador y nosotros la tierra donde esparces abundantemente tu Palabra. Te pedimos que nos ayudes a remover todo lo que impide que tu mensaje de amor eche raíces profundas. Que podamos, con tu auxilio, quitar de nuestra vida todo lo que ahoga tu semilla. Y danos la gracia de ser tierra buena para dar frutos de paz, cariño y servicio a los demás. Así sea.

 

Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, convertir, cada vez más y cada vez mejor, nuestra vida en terreno fértil para el florecimiento de todo lo bueno que proviene de nuestro Dios,

Miguel.

 

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