10 de diciembre de 2013
Martes de la Segunda Semana de Adviento
Lecturas:
Isaías 40, 1-11 / Salmo 95, 1-3. 10-13 ¡El Señor viene a gobernar la tierra!
EVANGELIO
Jesús dijo a sus discípulos:
«¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien
ovejas, y una de ellas se pierde, ¿no deja las noventa y nueve restantes en la
montaña, para ir a buscar la que se extravió? Y si llega a encontrarla, les
aseguro que se alegrará más por ella que por las noventa y nueve que no se
extraviaron. De la misma manera, el Padre que está en el cielo no quiere que se
pierda ni uno solo de estos pequeños.»
Palabra del Señor.
MEDITACION
Durante
la década de los ’80 estuve involucrado en la lucha por los Derechos Humanos,
por lo que este día no dejo de recordar que se conmemora la proclamación, en
esta fecha hace 65 años, de la Declaración Universal de estos derechos.
Mi
compromiso con este tema lo sentí un imperativo de mi fe y no, como decía la
dictadura y, lamentablemente, también algunos sacerdotes, una opción
partidista. Sentía que, si bien «el Padre
que está en el cielo no quiere que se pierda ni uno solo» de sus hijos
–tiranos y cómplices incluidos-, como todo buen padre, se pondría del lado y
protegería al hijo más débil. Y esperaría la misma actitud de sus hijos
conscientes: «¡Consuelen, consuelen a mi
Pueblo, dice su Dios!» (1L).
En
esos tiempos oscuros de represión y falsedades, me parecía que, quienes
creíamos en el Dios de la Vida, debíamos ser portadores de la buena noticia de
que «él gobernará al mundo con justicia,
y a los pueblos con su verdad» (Sal) lo que, para que el
mensaje fuera creíble, debía traducirse en que, desde ya, viviésemos y nos
relacionásemos teniendo esos valores como emblema.
Han
pasado los años, han cambiado las circunstancias, pero siento que el llamado
sigue siendo el mismo y nunca perderá vigencia. De hecho el Papa actual parece
pensar algo semejante cuando expresa: «De nuestra fe en Cristo hecho pobre, y
siempre cercano a los pobres y excluidos, brota la preocupación por el
desarrollo integral de los más abandonados de la sociedad» (Evangelii
Gaudium Nº 186).
Señor
Jesús, que al hacerte uno de los nuestros demostraste cuánto vale la dignidad
humana para Dios, ayúdanos a no perder nunca de vista que cada vida y cada ser
humano –comenzando por los más desvalidos- son preciosos a los ojos del Padre.
Así sea.
Llenos de la
gracia del Reino de la Paz, el Amor y la Alegría que hacemos más cercano cada
día cuando amamos,
Miguel.

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