«Mientras los enviados de Juan
se retiraban, Jesús empezó a hablar de él a la multitud, diciendo: "¿Qué
fueron a ver al desierto?
¿Un profeta? Les aseguro que
sí, y más que un profeta.» (Lc 11,7.9)
En tiempo de Jesús
se pensaba que ya no había profetas.
Efectivamente, los
profetas como tales habían desaparecido 500 años atrás, a la vuelta del
Destierro. Pero
Pero apareció un
profeta. Y fue en el desierto donde apareció. No en Roma ni en Jerusalén, sino
en el desierto. Se llamaba Juan y le apodaron el Bautista.
El profeta está en
el desierto. En la intemperie, en los márgenes, a las afueras del poder y de
las instituciones. El mensaje de Dios le quema las entrañas y los labios, y no
callará.
¿Dónde están hoy los
profetas? También hoy existen, si queremos escucharlos. Dios no ha estado jamás
lejos, jamás ha sido mudo. Dios es la entraña de todos los seres, la entraña
íntima y suplicante de todos los seres; Dios es fuego y agua y unción en la
entraña de todos los seres. Es adviento de renovación universal. Es mensaje
bueno en la voz de todos los profetas, sean conocidos o desconocidos, clamen o
susurren.
Muchos están en la
cárcel, como pronto lo estará Juan el Bautista. O son herejes y serán
excomulgados, al igual que Jesús fue excomulgado por hereje.
Para ser profeta, no
importa que uno sea creyente o no lo sea: lo que cuenta es que uno tenga compasión
en el corazón y luz en los ojos.
Amiga, amigo: en tu
desierto, sé profeta también tú. ¡Y sea contigo Aquel que es paz en la justicia
y dicha en la piedad!
José Arregi
(fragm.)
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