domingo, 15 de diciembre de 2013

¿SERÁ QUE YA NO EXISTEN PROFETAS?

«Mientras los enviados de Juan se retiraban, Jesús empezó a hablar de él a la multitud, diciendo: "¿Qué fueron a ver al desierto?
¿Un profeta? Les aseguro que sí, y más que un profeta.» (Lc 11,7.9)

En tiempo de Jesús se pensaba que ya no había profetas.
Efectivamente, los profetas como tales habían desaparecido 500 años atrás, a la vuelta del Destierro. Pero
¿es verdad que ya no había profetas realmente? El caso es que así pensaban, y era muy duro: el pueblo seguía oprimido, y Dios callaba; los hombres y las mujeres clamaban, y Dios no escuchaba; la tierra gemía, y Dios seguía indiferente. Allí arriba, en su cielo lejano, Dios era sordo y mudo, era un Dios distante y pasivo. El cielo cerrado como una tumba, y la tierra huérfana sin profetas.
Pero apareció un profeta. Y fue en el desierto donde apareció. No en Roma ni en Jerusalén, sino en el desierto. Se llamaba Juan y le apodaron el Bautista.
El profeta está en el desierto. En la intemperie, en los márgenes, a las afueras del poder y de las instituciones. El mensaje de Dios le quema las entrañas y los labios, y no callará.
¿Dónde están hoy los profetas? También hoy existen, si queremos escucharlos. Dios no ha estado jamás lejos, jamás ha sido mudo. Dios es la entraña de todos los seres, la entraña íntima y suplicante de todos los seres; Dios es fuego y agua y unción en la entraña de todos los seres. Es adviento de renovación universal. Es mensaje bueno en la voz de todos los profetas, sean conocidos o desconocidos, clamen o susurren.
Muchos están en la cárcel, como pronto lo estará Juan el Bautista. O son herejes y serán excomulgados, al igual que Jesús fue excomulgado por hereje.
Para ser profeta, no importa que uno sea creyente o no lo sea: lo que cuenta es que uno tenga compasión en el corazón y luz en los ojos.
Amiga, amigo: en tu desierto, sé profeta también tú. ¡Y sea contigo Aquel que es paz en la justicia y dicha en la piedad!


José Arregi (fragm.)

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