PREPAREMOS
EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR
15 de diciembre de 2013
Tercer Domingo de Adviento
Lecturas:
Isaías 35,
1-6. 10 / Salmo 145, 6-10 Señor, ven a salvarnos / Santiago 5, 7-10
EVANGELIO
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo
11, 2-11
Juan el Bautista oyó hablar en la cárcel de
las obras de Cristo, y mandó a dos de sus discípulos para preguntarle: «¿Eres
tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?»
Jesús les respondió: «Vayan a contar a Juan
lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los
leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena
Noticia es anunciada a los pobres..¡Y feliz aquel para quien yo no sea motivo
de tropiezo!»
Mientras los enviados de Juan se retiraban,
Jesús empezó a hablar de él a la multitud, diciendo:
«¿Qué fueron a ver al desierto? ¿Una caña
agitada por el viento? ¿Qué fueron a ver? ¿Un hombre vestido con refinamiento?
Los que se visten de esa manera viven en los palacios de los reyes.
¿Qué fueron a ver entonces? ¿Un profeta? Les
aseguro que sí, y más que un profeta. El es aquel de quien está escrito:
"Yo envío a mi mensajero delante de ti, para prepararte el camino".
Les aseguro que no ha nacido ningún hombre
más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de
los Cielos es más grande que él.»
Palabra del Señor.
MEDITACION
Hoy y siempre, en
medio de las dificultades de la vida, se nos exhorta: «¡Sean fuertes, no teman: ahí está su Dios!» (1L), «tomen como ejemplo de fortaleza y de
paciencia a los profetas que hablaron en nombre del Señor» (2L), y,
sin importar cuán débiles nos sintamos, porque «El Señor mantiene su fidelidad para siempre, hace justicia a los
oprimidos y da pan a los hambrientos. El Señor libera a los cautivos» (Sal). Eso
es «lo que ustedes oyen y ven» (Ev), si
tienen los ojos y los oídos del corazón atentos y fieles.
En
cierta ocasión, me encontraba solo en una pequeña capilla, la que, por cierto,
estaba absolutamente silenciosa. De pronto, entró una madre con su pequeña de
unos cinco años. La niña, apenas ingresó, espontáneamente, entonó un melodioso
villancico con una voz deliciosa. Sorpresivamente para la niña y para mí, la
madre, un poco ofuscada, le ordenó silencio.
Probablemente,
aquel día la niñita aprendió que, en un lugar como ese, en que ella antes había
oído cantar alegremente, no era posible hacerlo espontáneamente. Y eso, también
con toda probabilidad, se lo había enseñado previamente a la madre otro adulto
con una imagen de Dios tan sagrada que impide que se lo alabe gozosa y
voluntariamente.
El
iluminador teólogo Leonardo Boff, caracteriza a Jesús como “un hombre de
singular fantasía creadora” en todo lo referente a la relación con Dios. De
hecho, enseñó a “bajar” tanto la percepción sobre Él, que invitó a llamarlo con
el familiarísimo término de Padre…
Hoy,
que hay tantas “ofertas” espirituales, muchos quisieran hacer también una
pregunta semejante a la de sus contemporáneos: «¿Eres tú el
que ha de venir o debemos esperar a otro?».
Y ¿a quién se la harían si no es a nosotros,
los cristianos, quienes lo “representamos” ante los ojos de los demás?
La respuesta la encontrarán no necesariamente
en los argumentos que demos, sino en los gestos y acciones que vean en
nosotros.
Aquella niña, y es posible que su madre
también, obtuvieron como enseñanza, de parte de otros creyentes, que es mejor
esperar a uno distinto a ese señor represor que parece fomentar la amargura…
Entonces,
es posible, por otro lado, que tú, yo y todos quienes caminamos por la vida con
una cruz en el pecho, transmitamos –mediante la forma de relacionarnos con los
demás y con el mundo que nos rodea- “el
anuncio fundamental: el amor personal de Dios que se hizo hombre, se entregó
por nosotros y está vivo ofreciendo su salvación y su amistad” (Papa Francisco,
Evangelii Gaudium N° 128).
Que,
habiendo experimentado tu cercanía y tu amor cotidiano, Señor, reflejemos la
alegría de vivir y la expresemos en servicio a nuestros hermanos. Así sea.
Reflejando la Paz,
el Amor y la Alegría de experimentar la cercanía de Dios,
Miguel.

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