2 de febrero de 2015
PRESENTACIÓN DEL SEÑOR
Lecturas:
Malaquías
3, 1-4
/ Salmo 23, 7-10 El Rey de la gloria es el Señor de los
ejércitos / Hebreos 2, 14-18
EVANGELIO
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 2, 22-40
Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación,
llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la
Ley: Todo varón primogénito será consagrado al Señor. También debían ofrecer en
sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del
Señor.
Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y
piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le
había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor. Conducido por
el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño
para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos
y alabó a Dios, diciendo:
«Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has
prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de
todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu
pueblo Israel.»
Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él.
Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: «Este niño será causa
de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a
ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente
los pensamientos íntimos de muchos.»
Había también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la
familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había
vivido siete años con su marido. Desde entonces había permanecido viuda, y
tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche
y día con ayunos y oraciones. Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar
gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la
redención de Jerusalén.
Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su
ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de
sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él.
Palabra del Señor.
MEDITACION
La ley decía: «Cuando una mujer quede
embarazada y dé a luz un varón, será impura durante siete días, como lo es en
el tiempo de su menstruación. Al octavo día será circuncidado el prepucio del
niño, pero ella deberá continuar purificándose de su sangre durante treinta y
tres días más. No tocará ningún objeto consagrado ni irá al Santuario, antes de
concluir el tiempo de su purificación» (Levítico 12,2-4).
Por lo que «Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación»
es al día 40. Debido a eso, la Iglesia Católica cuenta desde Navidad y fija en
el 2 de febrero esta celebración.
Fechas más o fechas menos, vemos a una
familia judía que cumple las normas de su fe. En ese ambiente vivió, creció y
se formó Jesús. Y ahí descubrió su vocación.
Si todos quienes nos decimos creyentes
viviésemos en serio la confesión a la que adscribimos y nos ocupásemos menos en
intentar (infructuosamente, además) que otros dejen de creer lo que creen, es
posible que nuestra fe dé buenos frutos primero en nuestra familia, que es
donde más importa.
Como la de los padres de Jesús,
Que nuestro esfuerzo esté puesto en
ser cada vez más fieles a la forma que entendemos la fe en ti, Señor, sin
importar tanto como la comprenden otros/as. Porque es la que aceptas,
imperfecta como es, porque sabes que así somos y es la forma incondicional con
la que ama un Padre. Así sea.
Llenándonos de
gozo por la manera nueva de enseñar y la autoridad que tiene el Señor de la Paz,
el Amor y la Alegría,
Miguel.
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