PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR
Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo
29 de Marzo de 2026
Domingo de Ramos en la Pasión Del Señor
Lecturas de la Misa:
Evangelio de la Procesión: Mateo 21, 1-11
Isaías 50, 4-7 / Salmo 21, 8-9. 17-18. 19-20. 23-24 Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? / Filipenses 2, 6-11
+Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 27, 1-2. 11-54 (fragm.)
Cuando amaneció, todos los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo deliberaron sobre la manera de hacer ejecutar a Jesús.
Después de haberlo atado, lo llevaron ante Pilato, el gobernador, y se lo entregaron.
Jesús compareció ante el gobernador, y este le preguntó: «¿Tú eres el rey de los judíos?». Él respondió: «Tú lo dices».
En cada Fiesta, el gobernador acostumbraba a poner en libertad a un preso, a elección del pueblo.
Había entonces uno famoso, llamado Barrabás.
Pilato preguntó al pueblo que estaba reunido: «¿A quién quieren que ponga en libertad, a Barrabás o a Jesús, llamado el Mesías?». Él sabía bien que lo habían entregado por envidia.
Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la multitud que pidiera la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús.
Tomando de nuevo la palabra, el gobernador les preguntó: «¿A cuál de los dos quieren que ponga en libertad?». Ellos respondieron: «A Barrabás».
Pilato continuó: «¿Y qué haré con Jesús, llamado el Mesías?». Todos respondieron: «¡Que sea crucificado!».
Él insistió: «¿Qué mal ha hecho?». Pero ellos gritaban cada vez más fuerte: «¡Que sea crucificado!».
Al ver que no se llegaba a nada, sino que aumentaba el tumulto, Pilato hizo traer agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo: «Yo soy inocente de esta sangre. Es asunto de ustedes».
Y todo el pueblo respondió: «Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos».
Entonces, Pilato puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado.
Entonces lo desvistieron y le pusieron un manto rojo. Luego tejieron una corona de espinas y la colocaron sobre su cabeza, pusieron una caña en su mano derecha y, doblando la rodilla delante de él, se burlaban, diciendo: «Salud, rey de los judíos». Y escupiéndolo, le quitaron la caña y con ella le golpeaban la cabeza.
Después de crucificarlo, los soldados sortearon sus vestiduras y se las repartieron; y sentándose allí, se quedaron para custodiarlo. Colocaron sobre su cabeza una inscripción con el motivo de su condena: «Este es Jesús, el rey de los judíos».
Los que pasaban, lo insultaban y, moviendo la cabeza, decían: «Tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!».
De la misma manera, los sumos sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos, se burlaban, diciendo: «¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en él. Ha confiado en Dios; que él lo libre ahora si lo ama, ya que él dijo: «Yo soy Hijo de Dios».
Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, las tinieblas cubrieron toda la región.
Hacia las tres de la tarde, Jesús exclamó en alta voz: «Elí, Elí, lemá sabactani», que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».
Entonces Jesús, clamando otra vez con voz potente, entregó su espíritu.
Inmediatamente, el velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se partieron y las tumbas se abrieron. Muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que Jesús resucitó, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a mucha gente.
El centurión y los hombres que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y todo lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: «¡Verdaderamente, este era el Hijo de Dios!».
Palabra del Señor.
MEDITACION
«Jesús, el profeta de Nazaret en Galilea» (1Ev), consciente de la situación de que «el mismo Señor me ha dado una lengua de discípulo, para que yo sepa reconfortar al fatigado con una palabra de aliento» (1L), dedicó, por aquello, su vida a cumplir la Palabra: «Yo anunciaré tu Nombre a mis hermanos» (Sal), hasta el punto de sufrir la persecución de los poderosos de su tiempo, temerosos de perder sus privilegios, y, pese a «que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios […] Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz» (2L), de una manera tan impresionante que desde entonces hace brotar la exclamación: «¡Verdaderamente, este era Hijo de Dios!» (2Ev) y esas actitudes y disponibilidad a hacer la voluntad de Dios, sirviendo a sus hermanos, es, o debiese ser, nuestro ejemplo de vida.
Sin perder la fe ni la dignidad humana.
Fue una buena inspiración la de quienes decidieron que para el Domingo de Ramos se leyesen dos evangelios: el que rememora la entrada triunfal a Jerusalén y aquel que relata cómo terminó esa experiencia sólo unos días después, con el relato de la Pasión del Señor.
Así recordamos que solemos ser veleidosos, ya que, probablemente, muchos que estuvieron avivándolo aquel domingo, eran parte de los que, antes de terminar la semana, gritaban «crucifícalo»... Es nuestra naturaleza dañada, la misma que vino a ser sanada y salvada por él de todo aquello que, como esto, nos deshumaniza.
Es que Jesús no nos salvó con su muerte, sino con su vida, su forma de hacer las cosas, la cual buscaba realizar la voluntad de su Padre Dios y, como consecuencia de esto, mostró preocupación y ocupación por las necesidades de sus hermanos de humanidad.
Era "necesario" que el Verbo Divino se hiciera carne (Jn 1,14) para que "comprendiera" todo lo que implica ser humano (las comillas son para reflejar que es una forma de decir, porque sabemos que nadie, ni nosotros, nos conoce mejor que Dios)
Primero, porque no nos sirven de mucho las circunstancias de su muerte, como modelo, salvo que lleguemos a ese extremo en la fe y es muy difícil que nos ocurra.
En segundo lugar, debido a que lo relevante, lo luminoso, para nosotros debiesen ser los tres años que se dejó guiar por el Espíritu Santo, con todas las consecuencias que eso traería.
A lo largo de los evangelios encontramos muchos momentos que nos enseñan a ser mejores humanos, a vivir el Reino, a salvarnos de las muertes en vida que nos asechan permanentemente. Eso nos demuestra lo anterior.
Rescatemos de este trozo de la Pasión según Mateo, por ejemplo, algo de lo muy humano que le tocó enfrentar modélicamente, escogiendo selectivamente algunos fragmentos, en honor al espacio de que disponemos.
A todos nos ha pasado ser confrontado por una autoridad, como le ocurre con Pilato, donde aprendemos de su sabiduría que se dice la verdad, pero no es necesario explayarse innecesariamente ante alguien que no se interesa sinceramente por lo que uno siente, como suele ocurrir con los poderosos.
Luego hay un aparente deseo del poderoso de actuar con justicia, mostrando paciencia con ese prisionero que no ayuda nada a su absolución. Mateo explica que él sabía que se lo habían entregado por envidia, por lo que, probablemente, quería llevar la contraria a las autoridades religiosas judías. Otra experiencia muy humana.
En ese sentido ocurre lo de la costumbre de plantear la alternativa entre Barrabás y Jesús. Y viene la reacción revancha de «los sumos sacerdotes y los senadores [que] convencieron a la gente de que pidieran a Barrabás y que muriese Jesús».
Algo más de lo humano que vivió: las referencias a ser Hijo de Dios son motivos de burlas reiteradas, sumando el desafío a que venza la situación dramática en la que se encuentra, con lo que, como muchos, le tocó enfrentar tentaciones, no de Satanás, sino de las personas que lo rodean. Y, como en el desierto, no sucumbió.
Cuando pronuncia palabras del Salmo 22: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», contrario a lo que parece superficialmente, podemos aprender que, aún en la dificultad mantiene la esperanza, ya que éste habla de los más terribles sufrimientos, pero termina en un canto de victoria: «los que duermen en el sepulcro […] hablarán del Señor a la generación futura, anunciarán su justicia a los que nacerán después, porque esta es la obra del Señor» (30-32).
Finalmente, dio un gran y humano grito y voluntariamente «entregó su espíritu», padeciendo hasta el final la inmensa incomprensión de los suyos, tanto que los únicos que perciben su sentido son el centurión pagano, los que estaban con él y los que iban pasando.
Sabemos, pero olvidamos, que es parte de la vida, Señor, llegar a la muerte. Concédenos descubrir el sentido humanizador de encontrarnos con ella con dignidad y plena humanidad. También saber acompañar a los que enfrenten este trance antes que nosotros, aportando fe y cariño. Así sea.
Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, estar atentos para ver a los muchos que sufren a nuestro alrededor y hacer algo por ellos,
Miguel.

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