miércoles, 13 de mayo de 2026

Últimas palabras, último y definitivo envío

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR

Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo

17 de Mayo de 2026                                              

La Ascensión del Señor

 

Lecturas de la Misa:

Hechos 1, 1-11 / Salmo 46, 2-3. 6-9 El Señor asciende entre aclamaciones / Efesios 1, 17-23

 

+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     28, 16-20


Después de la resurrección del Señor, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de Él; sin embargo, algunos todavía dudaron.
Acercándose, Jesús les dijo: «Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que Yo les he mandado. Y Yo estaré siempre con ustedes todos los días hasta el fin del mundo».
Palabra del Señor.

 

MEDITACION

Al momento de su despedida, Jesús, urge a sus seguidores, de entonces y de hoy: «Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos» (Ev). Y, «para que ustedes puedan valorar la esperanza a la que han sido llamados» (2L) –nos recuerda la Escritura-, quien hace el envío es aquel a quien la Resurrección acreditó como «el Rey de toda la tierra» (Sal). Todo esto implica que ser discípulos suyos es recorrer el camino a la vida plena o eterna. No hay tiempo que perder, debido a eso los seres de luz cuestionan: «¿por qué siguen mirando al cielo?» (1L), es en la tierra y ahora que debe llevarse a cabo esta tarea.

El Señor se va, pero quedamos nosotros.

Recordemos lo que ya hemos afirmado en otras ocasiones: los evangelios no son, ni pretenden ser, libros de historia. Es decir, no contienen investigación y análisis del pasado, basados en la búsqueda rigurosa de testimonios, vestigios y documentos.

¿Qué son, entonces? Pues, son textos surgidos de la necesidad de explicar y difundir la fe; son catequesis, esfuerzo pastoral por acercar a la vida cotidiana el anuncio de la Buena Noticia, de tal manera que «crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre» (Jn 20,31).

De otra forma no se entendería que cada evangelista cuente un contexto diferente, con palabras distintas, sobre la última aparición de Jesús en la tierra, por ejemplo. Esta es la versión de Mateo, pero en Marcos «se apareció a los Once, mientras estaban comiendo» (16,14); para Lucas estaban reunidos en Jerusalén cuando «Jesús se apareció en medio de ellos» (24,36); en Juan, los discípulos después de una noche de trabajo pescando se encontraron con que «al amanecer, Jesús estaba en la orilla» (21,4).

Debido a lo anterior, cada vez que nos enfrentamos a una porción de los evangelios (y de cualquier otro texto bíblico), le podemos sacar más provecho si tratamos de comprender qué habrá querido enseñar el escritor ahí.

En esta ocasión se nos presenta el encuentro final de Jesús, «después de la resurrección» con «los once discípulos» que quedaron posterior a los eventos que forzaron violentamente el término de su misión, lo cual había acontecido en la capital, en Jerusalén.

Por eso es relevante que lo que se nos relata ocurra una vez que «fueron a Galilea», es decir, al volver al lugar donde física y espiritualmente comenzó todo. Parece decirnos Mateo que, en esos momentos de dificultad es necesario volver al origen, a las bases, al fundamento de la fe.

La otra ubicación física también es relevante: se encuentran en «la montaña donde Jesús los había citado», recordando que para el evangelio de Mateo es en las alturas donde ocurren los grandes acontecimientos, como cuando proclamó su primer gran sermón, en el cual enseñó los grandes fundamentos de su mensaje y muchas palabras que son parte de nuestro lenguaje popular aún hoy (cap 5 al 7) y también ubica ahí el importante evento de la Transfiguración del Señor (cap 17).

En esta situación, para que no quede duda alguna, afirma su plena autoridad: «Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra» y, bajo esa potestad, los envía: «Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos», para que la comunidad de Mateo (y nosotros también) entendiera que de esa manera debe traducirse la fe en el Resucitado: a todos, más allá de los judíos, porque Dios se eligió un pueblo, sí (Lv 26,12), pero la Buena Noticia a anunciar es que, a continuación, «amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único» (Jn 3,16) para que nos guiara por sus caminos, más allá de esa religión de los orígenes,


indicándoles cuál sería la puerta de entrada a esa comunidad de hermanos: el bautismo «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo», lo que seguimos realizando aún dos milenios después. Y tratando de cumplir de manera adecuada y consecuente con esta parte fundamental del envío: «enseñándoles a cumplir todo lo que Yo les he mandado», lo que sólo se logra, si, antes, la comunidad hace vivencia de esos mandatos (Jn 17,21).

Creemos que es necesario celebrar la Ascensión, porque el Señor «fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios» (Mc 16,19), pero que, a la vez, si sus seguidores somos coherentes con lo que hemos escuchado y aprendido de nuestro Maestro, haremos posible su profecía: «Yo estaré siempre con ustedes todos los días hasta el fin del mundo», cumpliéndose, a la vez la profecía de Isaías (7,14), recordada por el mismo Mateo al comienzo de su evangelio, acerca de que lo llamarían «“Emanuel", que traducido significa: “Dios con nosotros”» (Mt 1,23).

 

Sabemos, Señor, que luego de completar fielmente la misión de amor compasivo que te encomendó el Padre, fuiste acogido merecidamente en sus brazos, esperando que quienes decimos amarte hagamos nuestra parte para que el Reino que comenzaste siga llegando a nuestros hermanos. Haznos fieles y valientes en esa misión. Así sea.

 

Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría encontrar las formas de hacer cada vez más asequibles nuestros corazones a la permanencia de Dios en nosotros,

Miguel.

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