PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR
Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo
Domingo de la Undécima Semana Durante el Año
Lecturas de la Misa:
Éxodo 19, 1-6 / Salmo 99, 1-3. 5 Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño / Romanos 5, 6-11
+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 9, 36—10,8
Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas de ellos, proclamando la Buena Noticia del Reino y sanando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos:
«La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha».
Jesús convocó a sus doce discípulos y les dio el poder de expulsar a los espíritus impuros y de sanar cualquier enfermedad o dolencia.
Los nombres de los doce Apóstoles son: en primer lugar, Simón, de sobrenombre Pedro, y su hermano Andrés; luego, Santiago, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el Cananeo, y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó.
A estos Doce, Jesús los envió con las siguientes instrucciones:
«No vayan a regiones paganas, ni entren en ninguna ciudad de los samaritanos. Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca. Sanen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente».
Palabra del Señor.
MEDITACION
No somos tan conscientes (o al menos no se nos nota tanto) de «¡Qué bueno es el Señor! Su misericordia permanece para siempre, y su fidelidad por todas las generaciones» (Sal). Ya el mismo Dios recuerda a su pueblo cómo fue que lo liberó: «Ustedes han visto cómo traté a Egipto, y cómo los conduje sobre alas de águila y los traje hasta mí» (1L) y, mucho después, el Apóstol nos recuerda que «la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores» (2L). La invitación ante todo esto es: «Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente» (Ev), amando y sirviendo a quienes lo necesitan.
Gratuita y generosamente.
Hoy se nos recuerdan «los nombres de los doce apóstoles», aquellos que estuvieron en el comienzo del anuncio «de la Buena Noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios» (Mc 1,1), aquellos a quienes él les recordó: «No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero» (Jn 15,16).
Ellos comprendieron que aquellos frutos proclamarían que «el Reino de los Cielos está cerca», a la vez que es actual, ya que «el Reino de Dios está entre ustedes» (Lc 17,21), entre las comunidades que viven y se apoyan mutuamente en su proceso de conversión. Y es, también, lo que nos espera al final: «Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo» (Mt 25,34), si hemos logrado convertirnos al camino fraterno y solidario que Él predicó.
Es que, según aprendieron y aprendemos nosotros de Jesús, Dios reinará y reina hoy cuando las personas se convierten (corrigen el rumbo) desde el egoísmo cómodo, violento e indiferente, más propio de salvajes, para salir a sanar, auxiliar, cuidar, acoger, alimentar, escuchar... en fin, tantos verbos tan poco valorados, pero que, sin embargo, son los que definen el que seamos humanos, hijos de quien nos creó a su imagen y semejanza (Gn 2,27) misericordiosa y servidora.
Pues bien, repasemos, entonces: de entre los apóstoles «en primer lugar [está] Simón, llamado Pedro», la piedra sobre la que Jesús edificaría la primera comunidad de servidores de la humanidad (Mt 16,18), de manera semejante a la forma en que vivió su ministerio quien «no vino para ser servido, sino para servir» (Mt 20,28).
Esa preeminencia de Pedro no le fue dada por su perfección, sino a pesar de sus fallas, tan humanas como la de cualquiera de nosotros. Porque lo negó, como recordamos todos, pero de lo que no tenemos tan fresco el recuerdo es que fue al único, no sólo discípulo, sino ser humano a quien el Maestro llamó Satanás, «porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres» (Mc 8,31-33).
Después se nos menciona a «su hermano Andrés», a quien le debemos que le haya contado al anterior: «Hemos encontrado al Mesías» (Jn 1,41), despertando en éste el interés por seguir al Maestro, sin lo cual no habría sido posible lo que mencionábamos recién.
Posteriormente, «Santiago, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan», tan apasionados por el evangelio que llegaron al punto de desear equivocadamente el mal de quienes no lo acogían (Lc 9,52-55), y los que, a la vez, querían tener lugares de relevancia en el reino de Jesús como ellos lo entendían, también erróneamente (Mc 10,35-37). Esto, sin embargo, sirvió para que Jesús enseñara a todos (incluidos nosotros): «Ustedes saben que aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos» (Mt 10,42-44).
Enumera después, entre otros, a Felipe, quien le arrancó esta importante novedad a Jesús: «El que me ha visto, ha visto al Padre [...] Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras» (Jn 14,8-10) y Tomás, quien alguna vez se mostró dispuesto a morir junto con su Maestro (Jn 11,16).
Componen la lista, además, los que renunciaron radicalmente a su vida anterior: «Mateo, el publicano», es decir, antes repudiable cobrador de impuestos y «Simón, el cananeo», de la secta violentista de los zelotes.
Y, por cierto, tenemos muy presente que el Señor confió también en «Judas Iscariote, que fue el traidor», para que no olvidemos que ser elegidos por Él no nos hace invulnerables a los erro
res y hasta los horrores.
En suma, venimos de líderes humanos, muy humanos. Pero vamos hacia el Reino del amor, si nos dejamos tocar profundamente por la acción del Espíritu de Dios, como han hecho millones de personas en esta larga historia de la fe cristiana que comenzó con doce. Y, consecuentemente, en la medida en que permitimos que ese soplo de Dios nos impulse a superar nuestras debilidades para atrevernos a mejorar el mundo: «sanen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios», generosamente, agradeciendo que se nos ha dado gratuitamente nuestras capacidades, por lo que se nos recomienda: «den también gratuitamente». Y esto, especialmente en comunidad, porque "la unión hace la fuerza" y la unidad de los cristianos, haciendo el bien, ha logrado cambiar el mundo desde entonces hasta cuando Él decida que sea «el fin de todas las cosas» (1 Pe 4,7).
Señor, también nos has llamado, como a los apóstoles. Sabemos que tampoco somos perfectos, como ellos, e igual nos elegiste para ser testigos de tu amor en medio de nuestras ocupaciones.
Danos un corazón sencillo y disponible, capaces de escucharte y seguirte, aun cuando el camino parezca difícil. Que nuestra fe no sea de palabras, sino de gestos que construyan fraternidad y esperanza. Así sea.
Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, que nuestra vida haga reconocer a los demás que, con todas nuestras falencias, damos gratuitamente tiempo, cariño y ayuda como enviados del Señor,
Miguel.

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