PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR
Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo
Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo
Lecturas de la Misa:
Deuteronomio 8, 2-3. 14-16 / Salmo 147, 12-15.19-20 ¡Glorifica al Señor, Jerusalén! / I Corintios 10, 16-17
+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 51-58
Jesús dijo a los judíos:
«Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que Yo daré es mi carne para la Vida del mundo».
Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?»
Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día.
Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él.
Así como Yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.
Éste es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente».
Palabra del Señor.
MEDITACION
El Señor, por amor, es providente: «Él asegura la paz en tus fronteras y te sacia con lo mejor del trigo» (Sal); Moisés, además, reafirma sus cuidados, recordando la presencia permanente de Dios al lado de su pueblo, en su largo peregrinar después de rescatarlos de la esclavitud, ya que «en esa tierra sedienta y sin agua, hizo brotar para ti agua de la roca, y en el desierto te alimentó con el maná» (1L), el cual era un pan caído del cielo. Sin embargo, Jesús afirma: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo» (Ev), lo que hace concluir a Pablo, por su parte, que: «Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan» (2L). El objetivo de Dios es dar y darse para conseguir la unidad fraterna de la familia humana.
Nutrirse de quien pasó haciendo el bien.
Jesús había expresado en una de las bienaventuranzas, especie de ideales de vida que nos pueden acercar a hacer que venga a nosotros el Reino de Dios (Mt 6,10): «Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados» (Mt 5,6).
Por su parte, el evangelista Juan resalta, con un lenguaje muy potente, la necesidad de alimentar la íntima comunión con quien es el Justo por excelencia (1 Jn 2,1), porque es la forma de poder experimentar en nosotros su ser, asemejarnos a Él: «El que me come a mí, vivirá por mí».
Después, continúa con una afirmación más escandalosa aún: «Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él».
Bueno, al menos deberíamos sentirnos escandalizados, pero la verdad es que dos milenios de catequesis nos han habituado a estas palabras, quitándole toda la fuerza polémica, enseñando a ingerir la hostia y, a veces, algo de vino. De la misma manera que, también, nos hemos acostumbrado y no nos produce ningún impacto, ver esas horrendas imágenes sangrantes del crucificado. Como que sentimos que no tienen relación con nuestra vida cotidiana.
Pues bien, nosotros estamos convencidos de que estas intensas palabras invitaban y nos están invitando a nutrir nuestro espíritu con su Espíritu (Jn 3,34), de tal manera de poder hacer nuestra existencia más humana, más plena, con «Vida eterna».
Repasemos de qué nos alimentamos habitualmente los seres humanos de hoy, igual que los del tiempo del Maestro, de: «fornicación, impureza y libertinaje, idolatría y superstición, enemistades y peleas, rivalidades y violencias, ambiciones y discordias, sectarismos, disensiones y envidias, ebriedades y orgías, y todos los excesos de esta naturaleza» (Gal 5,19-21). Porque, como también reconoce el Apóstol: «no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero» (Rm 7,19). Es que, como sabemos hoy, con cada comida asimilamos las propiedades de lo consumido: se hacen parte nuestra.
En ese sentido, Jesús se presenta como alternativa a esta "comida chatarra" que nos daña tanto, señalando que él es «el pan vivo bajado del cielo», asegurando que «así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí».
Todo lo anterior implica que necesitamos asimilar sus nutritivas propiedades: generosa actitud de servicio, tierna cercanía a los que sufren, dedicación a realizar por sobre todo la voluntad misericordiosa del Buen Padre Dios.
El estado de nuestro mundo (el grande, la Tierra; y todos los otros, nuestros espacios: hogar, comunidad, país, etc.) nos muestra que no son tantos los que se están alimentando de quien «pasó haciendo el bien» (Hch 10,38), aunque haya millones que comulgan la hostia cada domingo.
Nos hace falta que los cristianos, o al menos una gran mayoría, volvamos a tener imperiosa hambre de Jesús, de su enseñanza y su ejemplo, para tener hambre y sed de la justicia del Dios Bueno, Padre de todos, y seamos felices contribuyendo a la felicidad de todos.
Señor Jesús, Pan de Vida, te reconocemos como el verdadero alimento que trae paz, amor y alegría a nuestra vida; luz, esperanza y fe activa a nuestra alma. Ofrecemos nuestro ser para que nos nutras de tu Palabra, y nos fortalezca tu cuerpo, de tal manera de poder intentar imitar tus pasos y hacer el bien como nos enseñaste, sirviendo a nuestros hermanos como reflejo de tu amor. Así sea.
Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, que se note, por el bien de nuestros prójimos, que de verdad nos alimentamos del Señor y su ejemplo,
Miguel.

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