PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR
Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo
Domingo de la Vigésimo Séptima Semana Durante el Año
Lecturas de la Misa:
Isaías 5, 1-7 / Salmo 79, 9. 12-16. 19-20 La viña del Señor es su pueblo / Filipenses 4, 6-9
+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 21, 33-46
Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
«Escuchen otra parábola: Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero.
Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus servidores para percibir los frutos. Pero los viñadores se apoderaron de ellos, y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon. El propietario volvió a enviar a otros servidores, en mayor número que los primeros, pero los trataron de la misma manera.
Finalmente, les envió a su propio hijo, pensando: "Respetarán a mi hijo." Pero, al verlo, los viñadores se dijeron: "Este es el heredero: vamos a matarlo para quedarnos con su herencia". Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron.
Cuando vuelva el dueño, ¿qué les parece que hará con aquellos viñadores?»
Le respondieron: «Acabará con esos miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo».
Jesús agregó:«¿No han leído nunca en las Escrituras: "La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos?"
Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos».
Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas parábolas, comprendieron que se refería a ellos. Entonces buscaron el modo de detenerlo, pero temían a la multitud, que lo consideraba un profeta.
Palabra del Señor.
MEDITACION
Nos dice el profeta acerca de la relación del Señor con su pueblo: «¡Él esperó de ellos equidad, y hay efusión de sangre; esperó justicia, y hay gritos de angustia!» (1L), los mismos que, a la vez, rogaban: «que brille tu rostro y seremos salvados» (Sal), sin embargo, no trabajaban para que esa salvación llegase a todos, sin excepción. Debido a eso, el Hijo anuncia a las autoridades de su Nación: «el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos» (Ev). Para lograr ser esos nuevos destinatarios, el apóstol recomienda: «todo lo que es verdadero y noble, todo lo que es justo y puro, todo lo que es amable y digno de honra, todo lo que haya de virtuoso y merecedor de alabanza, debe ser el objeto de sus pensamientos» (2L). Y, por cierto, poner esos pensamientos en acción es aportar a construir el Reino.
Una parábola para entonces y para ahora.
El capítulo 21 del evangelio de Mateo, del cual se extrae esta parábola, se dedica a relatar lo que acontece con Jesús una vez llegado a Jerusalén. En el relato de este evangelista, como en Marcos y Lucas, este es el punto final de su trayecto misionero.
Su fama y lo que va realizando en el camino a la capital política y religiosa de su nación despiertan expectación, pero, sobre todo, rechazo en las autoridades religiosas de su pueblo. Esta es su actitud: «los sumos sacerdotes y los escribas se indignaron» (21,15).
Llega un momento en que «se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, para decirle: "¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Y quién te ha dado esa autoridad?"» (21,23). Ante este cuestionamiento los confronta con sus propias acciones, poniendo en evidencia que esas personas no eran capaces de valorar a quien, como Juan Bautista, era enviado por Dios, por lo tanto, menos comprenderían de dónde venía la autoridad de Él (21, 24-27).
Y, profundizando en esa crítica, cuenta la parábola de los hijos (21,28-31), quienes, ante una solicitud de su padre -imagen de Dios en toda enseñanza de Jesús- responden, uno positivamente con los labios, pero sin actuar en consecuencia (como los líderes religiosos, según su criterio); mientras el otro se opone a la solicitud claramente (como los no creyentes, por ejemplo), aunque, pese a ello, su accionar va en línea con lo que su progenitor desea.
En ese contexto viene el relato de este día, en el cual hay unos labradores encargados por un propietario para trabajar su viña. En el tiempo de la vendimia sucede algo chocante: los labradores se niegan a entregar la cosecha y, peor aún, uno tras otro, van matando a los criados que el señor les envía para recoger los frutos. Y, como si fuera poca tanta rebeldía, cuando les envía a su propio hijo, «lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron» para quedarse ilegítimamente como únicos dueños de todo.
Entonces, Jesús, concluyendo su parábola, les preguntó a los dirigentes religiosos: ¿cómo debería reaccionar ante esa circunstancia el propietario? Ellos contestan según las costumbres de su tiempo: «Acabará con esos miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo»
Su racionalidad, sin
darse cuenta, los condena a ellos mismos. Jesús lo explicita así: «Por eso
les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a
un pueblo que le hará producir sus frutos». Y el evangelista lo deja claro sin
lugar a dudas: «Los sumos sacerdotes y los
fariseos, al oír estas parábolas, comprendieron que se refería a ellos».
La parábola apunta, por cierto, al pueblo elegido «el Israel de Dios» (Gal
6,16), pero nosotros, los
cristianos, los «que antes no eran un pueblo [y] ahora son
el Pueblo de Dios» (1 Pe
2,10), podríamos cometer el mismo
error de creernos seguros de que el Reino es nuestro. Pero Dios no está
obligado a bendecir un cristianismo estéril, del cual no recibe los “frutos”
que espera. No tiene por qué identificarse con nuestras incoherencias. También hoy
Dios quiere que los trabajadores indignos de su viña sean sustituidos por un
pueblo que produzca frutos dignos del reino de Dios. ¿Seremos reemplazados o nos
convertiremos?
Señor, concédenos el darnos cuenta de que no tenemos garantizado el Reino, porque la entrada a éste es más que una pertenencia a alguna institución, por buena que sea, sino el producto de dar los frutos de bien que nos has enseñado que son buenos para nosotros y para los demás. Y que ayudemos a los hermanos a encontrar ese camino también. Así sea.
Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, esforzarnos más por dar frutos a su debido tiempo, de tal manera de poder ser acogidos en el Reino del Padre,
Miguel.


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