miércoles, 23 de septiembre de 2026

Se trata de realizar lo que Dios quiere

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR

Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo

27 de Septiembre de 2026                                              

Domingo de la Vigésimo Sexta Semana Durante el Año

 

Lecturas de la Misa:

Ezequiel 18, 24-28 / Salmo 24, 4-9 Acuérdate, Señor, de tu compasión / Filipenses 2, 1-11

 

+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     21, 28-32


    Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
    «¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero, le dijo: "Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña". Él respondió: "No quiero". Pero después se arrepintió y fue. Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y este le respondió: "Voy, Señor", pero no fue.
    ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?»
    «El primero», le respondieron.
    Jesús les dijo: «Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios. En efecto, Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él».
Palabra del Señor.

 

MEDITACION

Afirma el Maestro, escandalosamente, que «los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios» (Ev). Eso se debe a que «el Señor es bondadoso y recto: por eso muestra el camino a los extraviados» (Sal), y los invita (y nos invita) a que «Vivan con los mismos sentimientos que hay en Cristo Jesús. Él, que era de condición divina […] se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor» (2L), porque de esa manera quien «ha abierto los ojos y se ha convertido de todas las ofensas que había cometido […] seguramente vivirá» (1L), yendo más allá de prejuicios y sin que primen creencias o estilos de vida.

Más que actitudes religiosas.

Conscientemente o no, es normal que pensemos a veces que los creyentes somos mejores que los ateos. Y los cristianos mejores que los de otras religiones. Y, dentro del cristianismo, nuestra iglesia es mejor que las demás. Esto surge, por un lado, como resultado del espíritu de extrema competencia que caracteriza a nuestra sociedad, el cual impulsa a categorizar y jerarquizarlo todo. Pero también influyen las típicas rivalidades y la necesidad de diferenciarse que tenemos los humanos.

Para desarrollar esta meditación les invitamos a recordar que nuestro Dios es quien María de Nazaret reconoce como el que históricamente «derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías» (Lc 1,52-53). Es el mismo, además, a quien Jesús posteriormente alaba «por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños» (Mt 11,25). Las cosas de Dios, se entiende. Esto es así, porque esos “sabedores” son habitualmente quienes se creen expertos en el Señor, los hombres de la religión, quienes están demasiado convencidos de la imagen que se han construido de Él, al punto de no permitir habitualmente que el Espíritu actúe con libertad (Jn 3,8) y les revuelva sus convicciones para lograr devolverlos a la fe original, humildemente dispuesta a escuchar lo que el Señor tiene que decirnos siempre.

Es que estos dos relevantes seguidores de la fe de Israel conocían las Escrituras que decían, por ejemplo: «El Señor está en las alturas, pero se fija en el humilde y reconoce al orgulloso desde lejos» (Sal 138,6) o «Él levanta del polvo al desvalido, alza al pobre de su miseria, para hacerlo sentar entre los nobles» (Sal 113,7-8) o «El Señor eleva a los oprimidos y humilla a los malvados hasta el polvo» (Sal 147,6).

Es decir, se trata de un Dios con clara preferencia por los grupos marginales o de excluidos, por encima de aquellos que gozan de privilegios y de reconocimiento, por "importantes" que se sientan y los reconozcan en su pueblo.

«¡Escuchen esto, jefes de la casa de Jacob y magistrados del pueblo de Israel […] Sus jueces juzgan por regalos, sus sacerdotes instruyen por un sueldo, sus profetas adivinan por dinero, y todavía se apoyan en el Señor, diciendo: “¿No está el Señor en medio de nosotros? ¡No nos puede pasar nada malo!”» (Miq 3,9-11).

Pues bien, los escribas del tiempo de Jesús hablaban constantemente de la ley y los sacerdotes del templo alaban a Dios sin descanso; sus bocas se llenaban de salmos. Por eso nadie dudaría de que estaban en línea con la voluntad del Padre.

Pero las cosas no son siempre como parecen.

Los recaudadores y las prostitutas no son personas que se dediquen a hablar a nadie de Dios; por distintos motivos, hacía mucho tiempo que habían olvidado su ley. Sin embargo, según Jesús, van por delante de los piadosos en el camino del reino de Dios, porque en ellos, pese a todo esto, percibía un corazón más
abierto a Dios y, sobre todo, más necesitado de su perdón; quienes tienen fama de pecadores, como son los publicanos y las prostitutas, lo peor de su tiempo, se abren a la novedad de Dios y su Buena Noticia de misericordia y liberación, por eso «llegan antes» que quienes se presumen muy religioso al Reino.

Podríamos decir, por lo tanto, que sería preferible vivir de mala manera, si al final se realiza lo que Dios quiere, que vivir de forma aparentemente piadosa, pero negándose, en la práctica, a cumplir la voluntad de Dios. O, dicho con las palabras claras y fuertes del evangelio: es preferible ser prostituta o ladrón (decir al patrón «No quiero»), si al final actúan como Dios espera, es decir, amando y sirviendo solidariamente; que pertenecer a cualquier organización o institución religiosa (responder «Voy, Señor») y ser incapaces de convertirse, mostrándose coherentes con las enseñanzas del Señor.

 

Señor, te pedimos la gracia de ser, cada vez más y cada vez mejor, coherentes con lo que decimos creer. Que nuestra manera de vivir sea un reflejo sincero de nuestros principios y, por extensión, de la paz que da el intentar vivir tu mensaje de fraternidad universal, lo cual consiste en ser empáticos y solidarios con todos. Así sea.

 

Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, ajustar nuestra forma de actuar a nuestra opción de fe,

Miguel.

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