4 de junio de 2014
Miércoles de la Séptima Semana de Pascua
Lecturas:
Hechos 20, 28-38 / Salmo 29-30. 33-36 ¡Canten al Señor, reinos de la tierra!
EVANGELIO
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 17, 11-19
Jesús levantó los ojos al cielo, y oró
diciendo:
«Padre santo, cuida en tu Nombre a aquellos
que me diste, para que sean uno, como nosotros. Mientras estaba con ellos,
cuidaba en tu Nombre a los que me diste; yo los protegía y no se perdió ninguno
de ellos, excepto el que debía perderse, para que se cumpliera la Escritura.
Pero ahora voy a ti, y digo esto estando en
el mundo, para que mi gozo sea el de ellos y su gozo sea perfecto.
Yo les comuniqué tu palabra, y el mundo los
odió porque ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No te pido
que los saques del mundo, sino que los preserves del Maligno. Ellos no son del
mundo, como tampoco yo soy del mundo.
Conságralos en la verdad: tu palabra es
verdad. Así como tú me enviaste al mundo, yo también los envío al mundo. Por
ellos me consagro, para que también ellos sean consagrados en la verdad.»
Palabra del Señor.
MEDITACION
En su reciente visita a Tierra Santa, el
Obispo de Roma, Francisco, se reunió con el Patriarca de Constantinopla,
Bartolomé I, el más importante de sus pares de la llamada Iglesia Católica
Ortodoxa, sucesor, según la tradición, del apóstol Andrés, ramas ambas de la
Iglesia de Cristo, separadas hace más de mil años y a las que las palabras del
evangelio de hoy punzan como un avispón: «cuida en tu Nombre a aquellos que me
diste, para que sean uno, como nosotros»
En su reunión en el Santo Sepulcro, Bartolomé
dijo: “esta Tumba sagrada nos invita a vencer […] el miedo al otro, el miedo a
lo diferente, el miedo al que sigue otro credo, otra religión u otra confesión.
La discriminación racial o de cualquier otro tipo está todavía generalizada en
muchas de nuestras sociedades contemporáneas; y lo peor es que frecuentemente
incluso impregna la vida religiosa de los pueblos. El fanatismo religioso
amenaza la paz en muchas regiones de la tierra, donde incluso el don de la vida
es sacrificado en el altar del odio religioso. En estas circunstancias, el
mensaje de la tumba vivificante es urgente y claro: amor al otro, al diferente,
a los seguidores de otros credos y de otras confesiones. Amarlos como a
hermanos y hermanas. El odio lleva a la muerte mientras que el amor “expulsa el
temor” y conduce a la vida”.
Que vivamos como quienes han sido consagrados
a tu verdad, Señor, sin temor a los que consideramos diferentes, sino con
afecto a quien es mi hermano rescatado, tal como nosotros, de las muertes del
mundo por tu Resurrección. Así sea.
Intentando llevar
la Buena Noticia a todo lugar y siempre, con entusiasmo, Paz, Amor y Alegría
Miguel.

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