3 de julio de 2014
Santo Tomás, apóstol
Lecturas:
Efesios 2, 19-22
/ Salmo 116, 1-2 Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena
Noticia
EVANGELIO
Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre
el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le
dijeron: «¡Hemos visto al Señor!»
Él les respondió: «Si no veo la marca
de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la
mano en su costado, no lo creeré.»
Ocho días más tarde, estaban de nuevo
los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció
Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: «¡La
paz esté con ustedes!»
Luego dijo a Tomás: «Trae aquí tu
dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante
no seas incrédulo, sino hombre de fe.»
Tomás respondió: «¡Señor mío y Dios
mío!»
Jesús le dijo: «Ahora crees, porque me
has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!»
Palabra del Señor.
MEDITACION
Me cae bien Tomás.
Me gusta la gente que no cree de
buenas a primeras lo que le dicen.
Tal vez porque yo también soy así.
Pero además le agradezco algo que se
ha apreciado poco de este episodio, ya que, debido a él, Jesús nos envió una
bendición que recorre los tiempos: «¡Felices los que
creen sin haber visto!»
Y yo estoy entre aquellos: creo, sin
haber visto sus llagas. Y soy feliz por eso.
Pero, además, le agradezco a Tomás esa
bella, sentida y brevísima oración: «¡Señor mío y Dios mío!»
Gracias, Tomás.
Por tantas personas que, como Tomás,
nos hacen regalos de fe; y por toda la misericordia que tienes con nosotros.
Gracias, Señor.
Con Paz, Amor y
Alegría por reconocer e intentar transmitir con la vida que Jesús es el Hijo
del Dios de la Vida,
Miguel.


No hay comentarios:
Publicar un comentario