12 de julio de 2014
Sábado de la Décimo Cuarta Semana
Durante el Año
Lecturas:
Isaías 6, 1-8
/ Salmo 92, 1-2. 5 ¡Reina el Señor, revestido de majestad!
EVANGELIO
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 10, 16-23
Jesús dijo a sus apóstoles:
«El discípulo no es más que el maestro
ni el servidor más que su dueño. Al discípulo le basta ser como su maestro y al
servidor como su dueño. Si al dueño de casa lo llamaron Belzebul, ¡cuánto más a
los de su casa! No los teman. No hay nada oculto que no deba ser revelado, y
nada secreto que no deba ser conocido. Lo que yo les digo en la oscuridad,
repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de
las casas.
No teman a los que matan el cuerpo,
pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma
y el cuerpo a la Gehena.
¿Acaso no se vende un par de pájaros
por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra, sin el
consentimiento del Padre que está en el cielo. Ustedes tienen contados todos
sus cabellos. No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros.
Al que me reconozca abiertamente ante
los hombres, yo los reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero yo
renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante
los hombres.»
Palabra del Señor.
MEDITACION
Esta ha sido una semana bastante
misionera: Jesús, día a día, ha ido reiterándote su permanente invitación a que
salgas de tu comodidad, que le quita vida a la vida y hagas que ésta
resplandezca alcanzando la plenitud que el Creador imaginaba para ti cuando te
tejió en el seno de tu madre.
Recordemos: el martes nos pudimos
mirar ante su ejemplo multiplicándose para servir, porque sentía como propios
los dolores de los demás; el miércoles, recordándonos que hay hermanos para
apoyarse cuando queramos realizar algo; el jueves, previniéndonos contra la
tentación de que nos impulse esperar agradecimientos, restándole gratuidad a
nuestra entrega; ayer, quitándonos la preocupación por los resultados de lo que
hagamos, porque la obra le pertenece a él.
Y hoy, quitándonos la carga del temor,
porque –nos señala- valemos muchísimo para Dios, por lo que su mano nos
protegerá siempre.
Por lo tanto, «lo que yo les digo
en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo
desde lo alto de las casas». Lo que nos
corresponde es responder: «¡Aquí estoy:
envíame!» (1L).
Que crezca nuestra fe, nuestro valor y
nuestra fidelidad a ti, Señor, para que nos atrevamos a contarles a todos
nuestros hermanos del amor que les tienes. Así sea.
Buscando vivir
con la fe de los sencillos, llenos de Paz, Amor y Alegría por la Buena Noticia
del amor de Dios,
Miguel.

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