«Jesús les habló extensamente por medio de parábolas.
Les decía: "El sembrador salió a sembrar.
Al esparcir las semillas, algunas cayeron en tierra buena
y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta.
¡El que tenga oídos, que oiga!".»
(Mt 13,3.8-9)
El Sembrador que vive en nuestro canto
cada
mañana iba regando gotas de vida en su trigal.
Mas no
podía solo con aquel trabajo,
necesitaba de otras manos que lo pudieran
ayudar.
Muchos,
al escuchar, de corazón fueron a dar
su
tiempo y su amistad, y así empezaron a cantar.
Juntos alegres cantaremos,
juntos
sembraremos tu amor y paz,
y
esparciremos por el mundo
semillitas de amistad.
No dejaremos que crezcan solas,
las
regaremos pues son tu obra,
así
veras, Señor, que pronto crecerán. (bis)
Juntos
lograron reverdecer todos los campos,
las
semillas que habían sembrado, en mil espigas transformar.
Pero
creyeron que todo aquí había terminado,
algunos
fueron olvidando lo que su amor hizo brotar.
El sol
ya no brilló, el Sembrador se entristeció,
pues su
trigal quedó sólo con el eco de su voz.
Después
de un tiempo, los sembradores regresaron,
plantas
marchitas encontraron, y al verlas se pusieron mal.
Y
descubrieron que estando juntos como hermanos,
juntos
en la fe y el trabajo, algo podrían mejorar.
Al
dueño del trigal le prometieron no irse más,
juntos
con Él luchar, juntos con Él también cantar.
Mónica
Palmisano

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