PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR
Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo
28 de Mayo de 2023
Domingo de Pentecostés
Lecturas de la Misa:
Hechos 2, 1-11 / Salmo 103, 1-2. 24. 27-30 Señor, envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra / I Corintios 12, 3-7. 12-13
+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 20, 19-23
Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes». Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: «Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan».
Palabra del Señor.
MEDITACIÓN
La unidad, el estar «todos reunidos en el mismo lugar» (1L), es la situación ideal que busca el Resucitado para soplar aliento de vida nueva sobre sus discípulos (Ev), para potenciar su actuar comunitario, porque, como dirá el salmista: «si envías tu aliento, son creados, y renuevas la superficie de la tierra» (Sal). Esto es necesario para que quienes creen sirvan a los demás con las capacidades que él les da a cada persona y a todos, apoyándose y fortaleciéndose mutuamente, ya que «en cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común» (2L).
Este día nos encontramos con algo semejante a lo que meditábamos la semana anterior: cuando se habla de Pentecostés se piensa en esa explosión de Espíritu Santo sobre la primera comunidad cincuenta días después de la Resurrección (de hecho, ese número está señalado en la raíz griega de la palabra que le da nombre a esta fiesta).
Pero el evangelio para esta celebración dice otra cosa: nos encontramos «Al atardecer de ese mismo día» el de su victoria definitiva contra la muerte. Y es entonces, ante sus discípulos que Jesús «sopló sobre ellos y añadió: “Reciban al Espíritu Santo”».
Una vez más decimos que no hay que quedarse con los detalles de una historia que no pretende ser Historia, sino captar la esencia de lo que sería el mensaje.
En una versión, la comunidad reunida es testigo de un evento espectacular: «vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento […] Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos» y «quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas» (Hch 2,1-4).
En la otra, «llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos» (de la comunidad), diciéndoles: «Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen”».
El factor común de estos dos relatos es que el Espíritu lo recibe la comunidad, no personas aisladas: los que no se unen a otros para vivir su fe, difícilmente tendrán el auxilio de éste en su misión.
Por eso, ya sea con manifestaciones exteriores poderosas o con el íntimo y suave soplar, el Espíritu de Dios nos habita y actúa desde nosotros. Siempre para que podamos servir a los demás, que es la actitud con que se conoce al Señor: para unir a la humanidad hablando las distintas lenguas que nacen de las distintas costumbres de los distintos grupos humanos; o para ser portadores y constructores de la tan necesaria reconciliación entre todos los hombres y mujeres, nuestros hermanos.
Y mucho más, ya que nos dijo el Apóstol: «ustedes no están animados por la carne sino por el espíritu, dado que el Espíritu de Dios habita en ustedes» (Rom 8,9); y «sus cuerpos son templo del Espíritu Santo, que habita en ustedes y que han recibido de Dios» (1 Cor 6,19).
Esa es la forma de que se concrete que está «Dios con nosotros» (Mt 1,23), hasta el punto de que Jesús asegura: «donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre [ojo: otra vez la comunidad], yo estoy presente en medio de ellos» (Mt 18,20) y, al despedirse de esta tierra: «yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Sólo el Espíritu Santo, Espíritu del Padre y Espíritu de Jesús, habitándonos, hace posible esa presencia permanente del Señor en nosotros.
Y, si Dios nos habita, sólo puede producir cosas buenas en nosotros y desde nosotros, si lo dejamos actuar, ya que «el fruto del Espíritu es: amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia» (Gal 5,22).
¡Ven, oh, Santo Espíritu!, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía tu Espíritu y serán creados y renovarás la faz de la tierra, habitándonos para que nos pongamos a disposición de la construcción del Reino del Amor. Así sea.
Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, las formas y disposiciones necesarias para permitir al Espíritu de Dios ser nuestro guía más efectivo en los caminos de la vida,
Miguel.


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