miércoles, 31 de mayo de 2023

Para esto envió Dios a su Hijo único

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR

Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo

4 de Junio de 2023                                                   

La Santísima Trinidad

 

Lecturas de la Misa:

Éxodo 34, 4-6. 8-9 / Salmo Dn 3, 52-56 A ti, eternamente, gloria y honor / II Corintios 13, 11-13

 

+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     20, 19-23


    Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

    El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

Palabra del Señor.

 

MEDITACIÓN                                                                                                             

El Dios Padre, a quien se le exalta: «Bendito seas en el trono de tu reino, aclamado por encima de todo y exaltado eternamente» (Sal), envió a su Hijo a hacerse uno de nosotros no «para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (Ev), porque Él «es un Dios compasivo y bondadoso» (1L), y nos invita, con la fuerza del Espíritu Santo que derramó en nosotros, a corregir el mal que quiere predominar en nuestro mundo, siguiendo sus enseñanzas: «Alégrense, trabajen para alcanzar la perfección, anímense unos a otros, vivan en armonía y en paz. Y entonces, el Dios del amor y de la paz permanecerá con ustedes» (2L) y el mundo será un mejor lugar para todos. Así sea.

Para que podamos tener Vida eterna, bella, compasiva, plena.

Hoy se nos recuerda que «Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él»… ¿De dónde viene, entonces, tanto cristianismo condenador? Claramente de prejuicios que hemos disfrazado de correcto cumplimiento.

Un notable divulgador bíblico, por mencionar uno de los ejemplos más notorios de condena por parte de cristianos, hace notar que quienes violentamente reprueban la homosexualidad, no se basan en palabras de quien “no vino a juzgar”, sino en Pablo, quien la suele poner entre varias otras conductas: «ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los pervertidos [aquí algunos traducen “homosexuales”], ni los ladrones, ni los avaros, ni los bebedores, ni los difamadores, ni los usurpadores heredarán el Reino de Dios» (1 Cor 6,9). Entonces, como hay un pre-juicio contra una de estas, se la resalta, dejando pasar “colados” a ladrones, difamadores y otros que no tienen una inclinación personal e íntima, sino que realizan acciones que afectan a otros, por lo que, desde la perspectiva de Jesús, se alejan más del Reino.

Este ejercicio lo hacemos, insistimos, sólo a modo de ejemplo; no pretende ensalzar una condición sexual, porque no es el momento ni el lugar. Sólo tratamos de que quienes gustan tanto de condenar se miren ante las Escrituras, como gustan hacer con los demás.

A estos hermanos (y a nosotros, cuando lo olvidamos también) hay que recordarles (recordarnos) que su Maestro, nuestro Maestro, el único a quien hay que seguir, enseñó: «Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados» (Lc 6,36-37).

Es que Jesús vivía sus días bajo la alegre convicción de que el Padre Dios «es rico en misericordia» (Ef 2,4). Esto lo había revelado Él mismo a Moisés, cuando se dio a conocer de manera liberadora en la historia, quien lo señaló así: «El Señor es un Dios compasivo y bondadoso, lento para enojarse, y pródigo en amor y fidelidad. Él mantiene su amor a lo largo de mil generaciones y perdona la culpa, la rebeldía y el pecado» (Ex 34,6-7).

Y así lo aplicó el Hijo amado, como todos recordamos, entre tantos otros, en el sublime episodio de la mujer adúltera, donde puso en acción la misericordia: lo justo, lo que correspondía, era hacer caer sobre ella la ley que, según entendía su pueblo, era manifestación de la voluntad de Dios. Pero para el Maestro había algo más importante que esta rigurosa lectura de la Palabra: ¿qué querría el Padre en esa situación? Para encontrar una respuesta, se tomó el tiempo suficiente de tal manera de permitir que su Espíritu lo inspirara y, luego, hizo ponerse frente al espejo de sus propias vidas a los condenadores: «El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra». Se fueron. Ahora, sólo él estaba en condiciones de apedrearla, pero para su Padre seguía estando primero el ser humano y no sería el Dios compasivo y misericordioso que conocía si se regodease en destruir físicamente a una persona que estaba ante él, destruida emocionalmente, llena de temor, arrepentimiento y absolutamente indefensa, por lo que correspondía el consuelo: «Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante» (Jn 8,1-11).

Con esto, además, enseñaba que la misericordia, la compasión, deben ponerse en práctica, concretamente, y no quedar en un bello sentimiento “religioso”.


Cabe preguntarse: si esa era la actitud de nuestro Señor, «¿Quién eres tú para condenar al prójimo?» (Stg 4,12).

Enseñaba Pedro a los primeros cristianos: «vivan todos unidos, compartan las preocupaciones de los demás, ámense como hermanos, sean misericordiosos y humildes. No devuelvan mal por mal, ni injuria por injuria: al contrario, retribuyan con bendiciones» (1 Pe 3,8-9).

El Padre es misericordioso, el Hijo nos enseñó a vivir misericordiosamente, el Espíritu Santo es nuestro guía por los caminos misericordiosos del día a día. De tanto tesoro que recibimos de la Santísima Trinidad, rescatemos este día que es necesario continuar la misión de Jesús de salvar sin condenar.

 

Tanto amaste al mundo, Señor, que nos diste a tu Hijo como imagen y guía por los caminos salvadores del amor misericordioso. Gracias, Señor. Sigue impulsándonos, Espíritu Santo, en la forma fiel de vivir la misericordia con los demás. Así sea.

 

Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, formas efectivas de honrar al Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, comunidad de amor,

Miguel.

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