miércoles, 28 de junio de 2023

La Cruz y las cruces

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR

Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo

2 de Julio de 2023                                                    

Domingo de la Décimo Tercera Semana Durante el Año

 

Lecturas de la Misa:

II Reyes 4, 8-11. 14-16 / Salmo 88, 2-3. 16-19 Cantaré eternamente el amor del Señor / Romanos 6, 3-4, 8-11

 

+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     10, 37-42


Dijo Jesús a sus apóstoles:

    «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.

    El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.

    El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.

    El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a Aquél que me envió.

    El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo.

    Les aseguro que cualquiera que dé a beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa».

Palabra del Señor.

 

MEDITACIÓN                                                                                                             

Jesús es buena noticia para los pobres y conflictivo, en cambio, para quienes provocan la pobreza o se han acostumbrado a que algunos sufran. Él pide tomar partido, aunque eso implique sacrificios-cruces (Ev), invitando a que «llevemos una Vida nueva» (2L), distinta a la de los injustos e indiferentes. Quien se suma a su plan, es considerado por los humildes «un santo hombre de Dios» (1L). Esa es la parte buena de la novedad del Reino, la que producirá que los marginados y abusados de nuestra sociedad «se alegrarán sin cesar en tu Nombre» (Sal), el nombre de cristianos (=otros Cristos para los demás).

¿O crucecitas?

Muchos cristianos creen seriamente que “sus cruces” son incomodidades, molestias o hasta dolores personales: incomprensiones, hijos descarriados o alguna enfermedad…

Son cruces, en algún sentido, bastante cómodas, porque no comprometen la esencia de nuestra vida.

¿En qué se parecen aquellas cruces a la de nuestro Maestro? O, en otras palabras, cuando él dice: «El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí», ¿se referirá al mismo tipo que creen esos hermanos de los que hablábamos?

Nos ayudaría a responder esto recordar cuál fue la cruz suya.

Empecemos por el hecho de que la cruz, para los romanos que se la impusieron, era un elemento utilizado para torturar y matar a las personas de una forma violenta. Y no cualquier tipo de persona, no para cualquier delito: era principalmente para los subversivos.

Tengamos presente que las autoridades de su pueblo lo acusan ante Pilatos de esto: «Hemos encontrado a este hombre incitando a nuestro pueblo a la rebelión, impidiéndole pagar los impuestos al Emperador y pretendiendo ser el rey Mesías» (Lc 23,2).

Algunos dicen que inventaron esto sólo para lograr que los romanos lo ejecutaran. Pero aquellos no habían llegado a ser el imperio más poderoso de la tierra siendo ingenuos o crédulos. Probablemente esto coincidía con lo que sus propios espías informaban sobre él, tanto que, como era norma aclararlo «colocaron sobre su cabeza una inscripción con el motivo de su condena: “Este es Jesús, el rey de los judíos”» (Mt 27,37). Pretenderse rey donde había un emperador era un delito subversivo.

No olvidemos, aunque algunos prefieren hacerlo por les incomoda, que entre los Doce había uno reconocidamente miembro de un grupo que hoy llamaríamos “guerrillero”, los zelotes (Lc 6,15), y que hasta el buen Pedro andaba armado y no dudaba en usar la espada (Jn 18,10).

Pero, como si fuera poco, Jesús también fue un rebelde frente a las autoridades político-religiosas de su pueblo, como vemos en diversos relatos que encontramos en los evangelios.

No pensemos que los sacerdotes, los escribas, los fariseos eran gente que se oponían a él así sin más; ellos eran gente religiosa que pretendía ser fieles a la voluntad de Dios, que para ellos estaba definida en la ley de Moisés. Y veían en Jesús a alguien que no tenía el mismo cuidado por respetar esa voluntad como la entendían ellos. Y, tratándose de una cultura tan teocéntrica (=Dios es el centro), tan teocrática (=Dios gobierna) no era tolerable una actitud así; más aún, era condenable.

Sin embargo, muchos de ellos enseñaban una interpretación interesada, inhumana, formalista y egoísta de esa ley; añadían normas y enseñaban a cumplirlas al pie de la letra; la gente humilde que no conocía ni podía cumplir las éstas eran considerados pecadores y despreciados. Estas posturas esclavizaban a los más sencillos que querían y no podían agradar al Dios que éstos les presentaban.

Jesús se enfrenta a esta forma de enseñar la voluntad del Padre, haciendo ver que las normas dadas por los legalistas no son ley de Dios, sino reglas inventadas por ellos para utilidad y provecho propio (Mt 15,5-6); y que el hombre no está hecho para cumplir mandamientos, sino que los mandamientos nos fueron dados para mejorar la vida del hombre (Mc 2, 23-28). Y, así, varias prédicas suyas menoscababan la pretendida autoridad de las autoridades: «Todos estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas» (Mc 1,22), que eran los encargados de enseñarles.

Es que Jesús no había venido a invalidar la ley sino a perfeccionarla, enraizándola en el amor que brota del corazón. Esta, que podemos llamar la utopía del Reino, les pareció un ataque intolerable contra sus privilegios, y por eso lo entregaron a Pilatos para que lo ejecutara.

Por lo que Jesús murió (fue ejecutado) por buscar un mundo más humano, más justo, más compasivo.

¿Tiene alguna relación esa cruz que tuvo que tomar Cristo con aquellos dolores y molestias individuales mencionados al comienzo? Claramente, no.


Claro, puede que no sea necesario hoy, gracias a Dios, tener que enfrentar a un imperio y tal vez no haya autoridades religiosas que se aprovechen de su pueblo (esperamos), pero siempre habrá motivos para ponerse del lado de los sencillos y desplegar la solidaridad fraterna que muchos necesitan de nuestra parte, de tal manera de que tomemos una cruz semejante a la suya y tratar de seguirlo.

Y esa opción, lamentablemente y por distintas motivaciones y formas de comprender la vida en sociedad, puede llevar a ponernos en conflicto con gente muy cercana a nuestro cariño. Por eso, se nos advierte: «El que ama a… [cualquier ser querido] más que a mí, no es digno de mí; […] el que pierda su vida por mí [por el proyecto del Reino que él propone], la encontrará»: una vida que va más allá de la biológica. Es una Vida en abundancia: plena, buena, humana o Vida Eterna, como la ha llamado.

 

Cambia este corazón de piedra que tenemos y al que nos acostumbra nuestra sociedad egoísta e individualista, Señor, por un corazón de carne, como el tuyo, servidor solidario de quienes padecen las obras de los distintos grupos o personas que abusan de su poder, como actuabas tú. Así sea.

 

Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, descubrir las cruces que la maldad y el abuso va poniendo en nuestro camino y asumirlas con fidelidad y confianza en que contamos con el Señor para vencerlas,

Miguel.

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