miércoles, 21 de junio de 2023

El responsable de enviarnos al infierno

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR

Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo

25 de Junio de 2023                                                 

Domingo de la Duodécima Semana Durante el Año

 

Lecturas de la Misa:

Jeremías 20, 10-13 / Salmo 68, 8-10. 14. 17. 33-35 Respóndeme, Dios mío, por tu gran amor / Romanos 5, 12-15

 

+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     10, 26-33


    Jesús dijo a sus apóstoles:
    No teman a los hombres. No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido. Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas.
    No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo al infierno.
    ¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre que está en el cielo. Ustedes tienen contados todos sus cabellos. No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros.
    Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo los reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres.

Palabra del Señor.

 

MEDITACIÓN                                                                                                             

No nos equivoquemos. Nuestro Dios actúa así: «Él libró la vida del indigente del poder de los malhechores» (1L), Él también «escucha a los pobres y no desprecia a sus cautivos» (Sal) y, como si fuera poco, constatemos que «no hay proporción entre el don y la falta. Porque si la falta de uno solo provocó la muerte de todos, la gracia de Dios y el don conferido por la gracia de un solo hombre, Jesucristo, fueron derramados mucho más abundantemente sobre todos» (2L). Ante toda esta evidencia, su propio Hijo nos alienta: «No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros» (Ev), que son seres bellos y despreocupados, porque el Señor les provee de todo.

…Que está más cerca de lo que pensamos.

Todos, cuál más, cuál menos, tememos que nos arrebaten la vida. Es cosa, sin ir más lejos, de ver cómo los medios de comunicación y algunos políticos han abusado de este sentir, les ha ido bien y hoy somos uno de los países con más miedo a la violencia, estando entre los que tienen las cifras más bajas de estos eventos… Pero eso es tema para otra ocasión.

Hay una frase en el evangelio para este día que puede sonar más terrorífica aún que lo anterior: «Teman… a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo al infierno». Esta puede despertar imágenes provenientes de pésimas catequesis recibidas, evocando a un personaje con cuernos, cola y un tridente…

Pero, tengamos presente, en primer lugar, que el profeta del amor, Jesús, se caracterizaba por transmitir mensajes que buscaban despertar la confianza y la alegría. Y no el temor. Al contrario, de él solemos tener más bien invitaciones a no tener miedo. De hecho, en este mismo texto afirma: «No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros».

Y, por otro lado, si algo hemos entendido de las enseñanzas de nuestro Maestro, sabremos que el Padre quiere que lo amemos. Pero libremente, porque obligado no es amor. Así que nos creó libres. Y, por eso, libremente vamos tomando decisiones a lo largo de la vida.

Volvamos a la frase mencionada, ¿Quién sería, entonces, ese personaje terrible a quien hay que temer por sobre «los que matan el cuerpo», lo que ya es suficiente para asustarnos? Es decir, ¿a quién hay que temerle más que a lo que más tememos? A mí; a nosotros mismos. Ni más ni menos.

Recordemos que Jesús enseñó con mucha claridad en otro momento: «Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre», abundando más delante de esta manera: «es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino» (Mc 7,15-21)

Sólo nosotros tenemos la capacidad de permitir que el amor a Dios se enfríe y muera y, de esta manera, permitir que nuestra indiferencia ante el sufrimiento de nuestros hermanos convierta en piedra lo que alguna vez fue un corazón de carne.

Dice un escritor sagrado: «¿De qué sirve si uno de ustedes, al ver a un hermano o una hermana desnudos o sin el alimento necesario, les dice: “Vayan en paz, caliéntense y coman”, y no les da lo que necesitan para su cuerpo?» (Stg 2,15-16). Sólo “sirve” para empobrecer su alma, arrojando lo que somos al infierno de la deshumanización.

Y otro: «Si alguien vive en la abundancia, y viendo a su hermano en la necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo permanecerá en él el amor de Dios?» (1 Jn 3,17) y sin el amor de Dios dentro nuestro, nuestra alma, nuestro cuerpo, nuestro ser completo, es arrojado al infierno del sinsentido y la desesperanza.


De hecho, ni se requiere fe para comprender esto; sólo sentido común. Uno de los más importantes filósofos del siglo XIX, ateo él, por ejemplo, expresó lo siguiente: “El que no ama, ya está muerto”. Un auténtico infierno en la tierra.

Resumiendo, afirmamos que, si alguien o algo llegara a tentarnos para que fallemos en el camino del Reino, sería correcto no buscar respuestas cómodas (como culpar al demonio), sino que nos hagamos responsables de que las decisiones las tomamos sólo nosotros, que somos quienes, en exclusiva, podemos optar o no, por medio de nuestras acciones u omisiones, permitimos que nuestra alma se corrompa, se desvíe de lo bello para lo que fue hecha, arrojándola, junto con nuestro cuerpo, a un infierno mucho peor que la muerte física.

 

Ayúdanos, Señor, a que vivamos el bello desafío de intentar que nuestra libertad esté siempre encaminada hacia el Bien, hacia el Amor, hacia el Servicio. Es decir, hacia lo que más y mejor alimenta nuestra alma, nuestro cuerpo, nuestra humanidad: tu ejemplo generoso de relacionarse con los demás. Así sea.

 

Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, saber optar honesta, fiel y valientemente por hacer el bien a todos los demás hijos de Dios, nuestros hermanos, lo que, de pasada, nos hace bien a nosotros,

Miguel.

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