miércoles, 12 de julio de 2023

Acoger a la Madre real, no la idealizada

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR

Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo

16 de Julio de 2023                                                  

Nuestra Señora del Carmen

 

Lecturas de la Misa:

I Reyes 18,1-2. 41-46 / Salmo 129, 1-8 En el Señor se encuentra la misericordia / Gálatas 4,4-7

 


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Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     19, 25-27

Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena.

Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: 'Mujer, aquí tienes a tu hijo'. Luego dijo al discípulo: 'Aquí tienes a tu madre'. Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.

Palabra del Señor.

 

MEDITACIÓN                                                                                                             

Cuando un creyente clama: «¡Señor, oye mi voz! Estén tus oídos atentos al clamor de mi plegaria» (Sal), nunca quedará sin respuesta. Nos lo recuerda, por ejemplo, la historia del profeta que pedía insistentemente por lluvia en un tiempo de extraordinaria sequía, hasta que se le informa que, por fin, «Se eleva del mar una nube, pequeña como la palma de una mano» (1L), presagio de la salvadora lluvia que venía. Algo semejante ocurrió, mucho después, porque «cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer» (2L), que fue la respuesta a muchas plegarias por salvación/liberación en tiempos de sequía humanitaria. Posteriormente, ese mismo Hijo ofrece su madre a la comunidad y a ésta le pide acogerla en su ausencia: «Jesús le dijo: “Mujer, aquí tienes a tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “Aquí tienes a tu madre”» (Ev) ¿Cómo se la recibe en tu casa y en tu comunidad?

Con todo lo que implica…

Bastantes católicos tienen la creencia de que las advocaciones (nombres) de la Virgen recuerdan los lugares donde ésta se ha aparecido; otros (suponemos que no los católicos), piensan que son muchas vírgenes distintas.

Pero ni lo uno, ni lo otro.

La Virgen María es sólo una y las apariciones reconocidas por la Iglesia no alcanzan a la decena. Sus distintas denominaciones tienen más que ver con devociones populares que han ido dándose y creciendo en el tiempo en distintos lugares y de ahí toman el nombre.

De hecho, eso sucede con la advocación que conmemoramos este día.

Nos cuenta un libro del Antiguo Testamento (I Rey 17 y 18) que el pueblo pidió al profeta Elías que intercediera por él ante el Señor, para superar la gran sequía que sufría el país. Elías hizo que el rey y el pueblo abandonaran a otro dios y, seguidamente, subió al Monte Carmelo varias veces a orar, hasta que finalmente apareció una señal: una pequeña nube, por fin.

A partir de la lluvia que trajo esa nube, el monte se convirtió en un lugar sagrado. Hasta allí y por cientos de años llegaron a vivir ermitaños que se dedicaron a la oración, los que, con la llegada del cristianismo comenzaron a invocar a María como Virgen del Monte Carmelo, hispanizada como del Carmen. Hoy ellos se conocen como monjes y monjas carmelitas.

El texto del evangelio para este día nos relata lo que tradicionalmente la Iglesia ha comprendido como la entrega de Jesús de su madre a los discípulos (todos podemos ser el discípulo amado) y, a la vez, de los discípulos a la madre, llevándola a vivir con nosotros.

Muchos tenemos alguna imagen de ella en nuestros hogares para venerarla.

Pero, si hemos aprendido que el Maestro suele usar un lenguaje que va más allá de lo obvio y, sobre todo, la forma llena de símbolos como habitualmente nos lo presenta el evangelista Juan, entenderemos que eso es absolutamente insuficiente.

Ella es como la imagen de la pequeña nube de la historia del Libro de los Reyes: la promesa de una lluvia de bendiciones para quienes son fieles a Dios.

Por eso, nos parece que sería más coherente con lo anterior llevarnos con nosotros no una imagen a la que rezarle pasivamente, sino acoger e imitar lo que sabemos de ella, de su ejemplo de fidelidad. Lo poco que sabemos, lo que ya nos da una señal: ella no era alguien que buscara homenajes, sino una humilde «servidora del Señor» (Lc 1,38) y, debido a eso, mirada con bondad por el Todopoderoso (Lc 1,48).

Nosotros sabemos que ella no está entre los poderosos, ni los ricos. Lo vemos en que cuando, junto a José, presentaron a Jesús en el templo, hicieron la ofrenda de los pobres (Lc 2,24) y que en las bodas de Caná no estaba entre los que eran servidos, sino entre los que servían, por eso nota la carencia (Jn 2,3).

Más aún, ella cree en un Dios con fuerte predilección por los pobres: «Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías» (Lc 1,52-53).

También en que es un Dios principalmente compasivo y fiel: «Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre» (Lc 1,54-55).

Ella es quien «fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá» (Lc 1,39), un viaje que no era un paseo, sino recorrer varios kilómetros entre piedras y soledades, protegidos por la sombra de una caravana y expuestos al cansancio de un recorrido a pie, porque alguien la necesitaba allá.

«María permaneció con Isabel unos tres meses» (Lc 1,56), reflexionando, apoyada en la sabiduría de su parienta, para buscar descubrir qué significaría, para su vida y la de los demás, la misión que había recibido de concebir a quien «será llamado Hijo del Altísimo» (Lc 1,32). Para buscar comprender, por ejemplo, ¿qué fue lo que hizo saltar de gozo al hijo de Isabel y a ella, inclinarse ante la presencia de su joven prima?


Pero este análisis la acompañó permanentemente: ¿Por qué este niño nacido en un extremadamente pobre establo es adorado por pastores y reyes? ¿Cómo era posible que recién nacido despertara las alabanzas gozosas de los que estaban cerca de Dios? (Lc 2,25-38): «María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón» (Lc 2,19).

Y no es que, por ser la madre de quien era le sería fácil comprenderlo todo: le costaría como a cualquier ser humano (Lc 2,48-49; Mc 3,20.31), pero lo seguiría intentando hasta llegar a estar «junto a la cruz de Jesús» y, posteriormente, dentro de la comunidad que recibe el Espíritu Santo en Pentecostés (Hch 1,14; 2,1-4).

Digamos, entonces, que recibirla en nuestra “casa” es recibirla en nuestra vida, pero no a esa imagen angelical, etérea que no tiene nada que ver con la vida de cada día (y que, por lo tanto, no le sirve a nadie), sino a aquella mujer que hizo un camino de fe que sirve a todos los que estamos en lo mismo.

 

Hoy sabemos que nada es imposible para Dios, porque así nos lo ha demostrado una sencilla mujer de un humilde pueblo de un pequeño país, pero quien supo ponerse a disposición de Su Voluntad, de tal manera que se fuesen realizando sus planes. Gracias, Señor. Nosotros la consideramos nuestra madre, ayúdanos a ser fieles hijos suyos y, por eso, también tuyos. Así sea.

 

Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, permitir que sea la pobre y humilde de Nazaret, y no la reina fastuosa, quien sea nuestra madre y nuestro modelo de creyente en el Señor de la Vida,

Miguel.

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