miércoles, 19 de julio de 2023

Una lección llena de humanidad y de sabiduría del corazón

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR

Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo

23 de Julio de 2023                                                  

Domingo de la Décimo Sexta Semana Durante el Año

 

Lecturas de la Misa:

Sabiduría 12, 13. 16-19 / Salmo 85, 5-6. 9-10. 15-16 Tú, Señor, eres bueno e indulgente / Romanos 8, 26-27

 

+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     13, 24-30


    Jesús propuso a la gente otra parábola:
    «El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: "Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?"
    Él les respondió: "Esto lo ha hecho algún enemigo".
    Los peones replicaron: "¿Quieres que vayamos a arrancarla?"
    "No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero"».

Palabra del Señor.

 

MEDITACIÓN                                                                                                             

Cuando vemos actuar el mal a nuestro alrededor, podríamos sentir la tentación de recriminarle a Dios: «Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo?» (Ev). Es para esas ocasiones, por ejemplo, que «el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad» (2L), para ayudarnos a creer, con alegría y esperanza, que, de manera misteriosa y lejos del alcance de nuestro entendimiento, «Fuera de ti, Señor, no hay otro Dios que cuide de todos» (1L), confiando en que eres «Tú, Señor, Dios compasivo y bondadoso, lento para enojarte, rico en amor y fidelidad» (Sal), de tal manera de llenarnos de ganas de ser nosotros y, a la vez, ayudar a que cada vez más personas sean “trigo” y buscar que la “cizaña” en nosotros y entre nosotros, se vaya extinguiendo.

Porque no existe sólo blanco y negro, también hay matices.

Las películas de Hollywood, hasta hace unas décadas, permitían saber claramente quién era “el bueno” y quién “el malo” de la historia: el primero era joven y atractivo y hasta usaba sombrero blanco, si era un cowboy; todo lo opuesto era para su contrincante.

La vida es mucho más compleja (y de algo de eso se han hecho cargo los guionistas últimamente, dicho sea de paso): las personas somos extremadamente variadas, tenemos muchas aristas distintas.

Así como sabemos que nadie es perfecto -de hecho, dice nuestro Maestro: «Sólo Dios es bueno» (Mc 10,18)-, de la misma manera es imposible que alguien sea totalmente malo; hasta el más despiadado criminal ama a su madre o se puede enternecer con un animalito.

Pues bien, la experiencia nos dice que en nuestras relaciones cotidianas solemos olvidar esto tan evidente y buscamos clasificar en blanco y negro a la gente (como los sombreros de los vaqueros).

Nuestro criterio más básico, faltaba más, es seleccionar entre los buenos a quienes son como nosotros, o participan en la misma religión o, incluso, los que coincidieron en haber nacido en el mismo país que, a su vez, nos tocó.

Pero, sólo usando la lógica: ¿tiene sentido algo así? ¿será posible que todo un conglomerado (compatriotas, familiares, hermanos de fe, etc.) sean unánimemente buenos? Sabemos que no es así. De hecho, si aplicamos honestidad, tampoco nosotros somos tan buenos.

En fin, como probablemente suponemos, esto debe haber sido así desde que el ser humano se ha organizado en grupos, por lo que no debe extrañarnos que también ocurriese en los tiempos de Jesús.

Ante esto, él, tan lleno de humanidad como estaba y con toda la sabiduría del corazón que lo caracterizaba, entregó la enseñanza que meditamos este día: «al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo».

Esta imagen la entendían muy bien sus oyentes, ya que, como él, estaban familiarizados con los productos del campo. Pero a nosotros, gente de ciudad y de otro tiempo, se nos puede escapar el sentido de este texto.

La clave es que ambas espigas, la del trigo y la de la cizaña, según lo que nos informan, se parecen cuando están creciendo, por lo que la dificultad está en diferenciarlos en esa temprana etapa.

¿En qué momento ya es posible distinguir nítidamente entre la dañina maleza y el bendito trigo? En cuanto este último ofrezca sus buenos frutos a la cosecha.

De manera semejante nos ocurre a las personas, porque, como también nos enseñó nuestro Maestro: «Por sus frutos los reconocerán» (Mt 7,16).

Su recomendación para lo que hemos estado meditando, entonces, apunta a que, al menos los discípulos suyos, por coherencia con su mensaje, no juzguemos apariencias, sino acciones; no a las personas, sino su obra.


Se añade aquí otra maravillosa dificultad: en lo polifacéticos que solemos ser los seres humanos, muchas veces seremos trigo (Dios quiera) y, lamentablemente, en otras, cizaña.

Debido a eso, una segunda parte de la conclusión debiese ser, nos parece, que no es bueno etiquetar a las personas permanentemente por alguna actitud o hecho puntual.

Aprender a vivir e intentar aplicar estas enseñanzas de Jesús -como tantas otras- pueden (y, de hecho, así ha sido a lo largo de la historia) mejorar la calidad de vida de mucha gente.

Quienes nos decimos cristianos, si queremos serle fieles, debiésemos sentirnos permanentemente desafiados a acometer esta tarea, por nuestro bienestar y el de todos quienes nos rodean.

 

Los hijos y las hijas del Reino son personas que tienen el corazón abierto a los demás, sin consideración de raza, de sexo, de religión o de no religión; personas que tienen hambre y sed de justicia, y que sienten como propio el dolor de los otros; personas que dejan exclusivamente a Dios, que conoce el fondo de los corazones, el juicio. Ayúdanos a ser esas personas, Señor. Así sea.

 

Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, revisarnos más a nosotros mismos que a juzgar la forma de vida de los demás, según se entiende de las enseñanzas de Jesús,

Miguel.

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