miércoles, 16 de agosto de 2023

Una fe humilde y confiada

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR

Meditación sobre el Evangelio del próximo Domingo

20 de Agosto de 2023                                              

Domingo de la Vigésima Semana Durante el Año

 

Lecturas de la Misa:

Isaías 56, 1. 6-7 / Salmo 66, 2-3. 5-6. 8 ¡Que los pueblos te den gracias, Señor! / Romanos 11, 13-15. 29-32

 

+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     15, 21-28


    Jesús partió de allí y se retiró al país de Tiro y de Sidón. Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: «¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio». Pero Él no le respondió nada.

    Sus discípulos se acercaron y le pidieron: «Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos».

    Jesús respondió: «Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel».

    Pero la mujer fue a postrarse ante él y le dijo: «¡Señor, socórreme!»

    Jesús le dijo: «No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros».

    Ella respondió: «¡Y, sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!»

    Entonces Jesús le dijo: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!» Y en ese momento su hija quedó sana.

Palabra del Señor.

 

MEDITACIÓN                                                                                                             

La Palabra se dirige hoy «A ustedes, que son de origen pagano» (2L); es decir, a todos nosotros, que no venimos de la misma religión que los primeros discípulos, judíos como Jesús. Esa Palabra nos quiere recordar que quien con fe humilde se atreva a rogar: «¡Señor, socórreme!» (Ev), no sólo terminará siendo oído, sino que será acogido, sin exclusiones. Porque, dice Dios: «mi Casa será llamada Casa de oración para todos los pueblos» (1L). De tal manera que cada uno de quien se diga creyente en el Dios de Jesús, asuma una actitud semejante y, por eso, «canten de alegría las naciones» (Sal).

Creer como la que “no lo merecía”.

No mucho antes -de hecho, fue el evangelio que leímos la semana anterior-, Jesús le espeta a Pedro (nada menos): «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?» (Mt 14,31), este día, en cambio, se admira: «Mujer, ¡qué grande es tu fe!».

En otro momento, a quienes lo escuchaban -judíos fieles- les critica: «Si Dios viste así la hierba de los campos, que hoy existe y mañana será echada al fuego, ¡cuánto más hará por ustedes, hombres de poca fe!» (Mt 6,30). Mientras que, después de escuchar a un soldado de la potencia opresora -pagano, por cierto-, hace esta escandalosa afirmación: «Les aseguro que no he encontrado a nadie en Israel que tenga tanta fe» (Mt 8,10).

Después, cuestiona a sus cercanos, quienes supuestamente eran seguidores suyos: «¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?» (Mt 8,26), asociando la carencia de ésta no con la negación, sino con el paralizante temor. Por el contrario, tenerla moviliza, como aquellos amigos que remueven un techo para acercarse a él, que estaba bloqueado por una multitud y «al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: "Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados"» (Mt 9,2). Es decir, recibe el milagro no por su fe, sino por la de otros...

La falta de fe, como ya hemos afirmado antes, obstaculiza su misericordiosa misión: «Y no hizo allí muchos milagros, a causa de la falta de fe de esa gente» (Mt 13,58); lo opuesto ocurre cuando alguien se abre: «Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado» (Mt 9,22).

Mientras les advertía a sus discípulos sobre el peligro de las enseñanzas de la religión oficial que se alejaba del proyecto misericordioso del Padre Dios, ellos entendían algo sobre alimentos, por lo que reciben esta crítica: «Hombres de poca fe, ¿cómo están pensando que no tienen pan?» (Mt 16,8); un poco después Jesús invita a sus amigos a reflexionar sobre su misión y ahí Pedro se luce al afirmar: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16), lo que lleva al Maestro a alabar esa fe, que es un don: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo», afirmando inmediatamente que en esta confianza se basará su futura comunidad de seguidores: «sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella» (Mt 16,17-18).

Seguido de eso, el mismo Pedro cae en desgracia cuando muestra ahora falta de fe, al alejarse de la inspiración divina y oponerse a la forma en que realizaría su tarea: «Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres» (Mt 16,23).

La solución, la forma de reparar este mal rato, de demostrar que la fe está en sintonía con la voluntad de entrega servicialmente generosa del Padre es, según dice a continuación: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará» (Mt 16,24-25).

Pues bien, acostumbramos a afirmar que tenemos fe, pero ¿alguna vez evaluamos la calidad de esta? ¿Cómo saber si lo nuestro es realmente fe? Para eso, ¿qué podríamos rescatar de las enseñanzas de nuestro Maestro que hemos recopilado?

Digamos que cualquiera puede decir que cree en algo o en alguien, pero a las palabras, como sabemos, se las lleva el viento, por lo que lo que vale es demostrarlo. Como diría otro escritor sagrado, refiriéndose al amor -la forma más concreta de plasmar la fe en el Señor servidor compasivo-: «no amemos solamente con la lengua y de palabra, sino con obras y de verdad» (1 Jn 3,18).


Podríamos concluir que la fe no es como enfrentó las dificultades (las olas), en su intento de conseguir algo para sí (caminar sobre el agua) Pedro -el que “corresponde” que sea ayudado por el Señor porque es de su grupo-, y, sin embargo, ante eso, se deja vencer por el miedo.

La auténtica fe en Jesús sería aquella que ante las dificultades (el rechazo del propio Señor, nada menos), se expresa como lo hizo la cananea -que no lo “merecía” por no pertenecer al pueblo elegido-: insistiendo hasta conseguir que se cumpla el deseo de bien para otro.

 

Que descubramos la forma de escuchar el grito de tantas mujeres y hombres que solicitan ayuda para, posteriormente, buscar la forma de auxiliarlos. Y que también seamos capaces de tener la insistencia humilde de la cananea para saber orar confiadamente al Señor. Así sea.

 

Buscando, con mucha Paz, Amor y Alegría, la humildad en todo, pero especialmente en la relación con el Señor y en la forma de reflejarla ante los hermanos,

Miguel.

 

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