jueves, 29 de agosto de 2013

Jesús invita a elegir el único lugar que nadie se pelea

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR
1 de septiembre de 2013
Vigésimo Segundo Domingo Durante el Año

Lecturas:
Eclesiástico 3, 17-18. 20. 28-29 / Salmo 67, 4-7. 10-11 ¡Señor, Tú eres bueno con los pobres! / Hebreos 12, 18-19. 22-24

EVANGELIO
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas   14, 1. 7-14
    Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos. Ellos lo observaban atentamente. Y al notar cómo los invitados buscaban los primeros puestos, les dijo esta parábola:
    «Si te invitan a un banquete de bodas, no te coloques en el primer lugar, porque puede suceder que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: "Déjale el sitio", y así, lleno de vergüenza, tengas que ponerte en el último lugar.
    Al contrario, cuando te inviten, ve a colocarte en el último sitio, de manera que cuando llegue el que te invitó, te diga: "Amigo, acércate más", y así quedarás bien delante de todos los invitados. Porque todo el que se eleva será humillado, y el que se humilla será elevado».
    Después dijo al que lo había invitado: «Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa.
    Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos.
    ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos!»
Palabra del Señor.

MEDITACION
En nuestra sociedad exitista, en que competir y ganar es un valor, suena absurda la enseñanza: «cuando te inviten, ve a colocarte en el último sitio» (Ev) o «cuanto más grande seas, más humilde debes ser» (1L). Pero si tomamos en cuenta que quien lo dice es Aquél «que es el Juez del universo» (2L) y, sin embargo, usa su poder omnímodo no para dominar, sino para hacerse «padre de los huérfanos y defensor de las viudas» y ser quien «instala en un hogar a los solitarios y hace salir con felicidad a los cautivos» (Sal), corresponde, por nuestra parte, comprender y aceptar su invitación a ayudar y acoger a los demás, «como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud» (Mt 20,28).
Imagino que la mayoría hemos tenido la experiencia de haber participado en alguna ceremonia protocolar con discurso solemne. La alocución comienza mencionando a las autoridades presentes en orden jerárquico. Incluso las ubicaciones en el recinto son destinadas según ese graduación social. Es tan habitual que ya no nos causa sorpresa… o escándalo.
Si, según el primer artículo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, todos nacemos “libres e iguales en dignidad y derechos”, ¿quién tiene la autoridad para determinar que hay unos más valiosos que otros?
Y eso que vale para la sociedad civil, menos aceptable debiese ser en la comunidad de los seguidores del carpintero de Nazareth, si realmente creemos en su palabra que dice que todos somos hijos del mismo Padre; en consecuencia somos todos hermanos. Y ningún hijo es mejor que el otro para Dios. Y si hay preferencia, como buen Padre, es para los hijos más débiles.
Gracias a Dios (literalmente), el actual Papa ha ido dejando atrás prácticas que asemejaban al obispo de Roma más a un rey que a un sucesor del pescador galileo llamado a confirmar en la fe a sus hermanos (Lc 22,32), no a imponerles su autoridad.
Pero no hay que mirar tan lejos. Basta ver nuestras comunidades y nuestra propia vida: no es tan infrecuente que caigamos en la tentación de exigir o aprovechar el tratamiento deferente de parte de otros, según el grado de responsabilidad que asumamos.
Hoy Jesús invita a elegir el único lugar que nadie se pelea, por lo que suele estar disponible: el último. Y a actuar como últimos, sirviendo y acogiendo cariñosamente a los demás, sin esperar nada a cambio. Así se recibe una nueva bienaventuranza: «¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos!»
¿Cómo te ves frente a este desafío?

Señor, que te hiciste el último de todos y que das todo por quienes no podemos retribuirte, haznos crecer en generosidad y acogida fraterna hoy y siempre. Así sea.

Queriendo aceptar con Paz, Amor y Alegría la invitación a estar entre los últimos, según los criterios del mundo,

Miguel.

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