domingo, 1 de septiembre de 2013

LA GRAN INVERSIÓN

«Todo el que se eleva será humillado,
y el que se humilla será elevado» (Lc 14,11)

Las palabras de María: «Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los
poderosos de su trono y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías» (Lc 1, 51-53), despliegan y anuncian el sentido de la historia. Ellas definen el camino de los hombres como expansión de la soberbia, deseo de autoseguridad e idolatría, que se expresa en dos grandes pecados: dominio impositivo de los potentados y enriquecimiento económico de aquellos que acumulan y disfrutan a costa de los pobres. En contra de esta soberbia se despliega la fuerza creadora de Dios que, en actitud de brazo tenso, invierte el orden del pecado actual para suscitar entre los hombres una forma de existencia liberada.
María es portavoz de Dios para anunciar esta inversión cuando, en funciones de Madre del Señor (cf. Lc 1,43), visita a Isabel, madre del profeta escatológico (cf. Lc 1,76) que salta ya de gozo cuando siente la presencia salvadora del Mesías (cf. Lc 1,41.44). Estrictamente hablando, esta palabra tendría que cantarse en tono de resurrección, como voz del ángel que, elevado ante la tumba abierta, anuncia el nuevo nacimiento de la pascua (cf. Mc 16,6-7 par): el Cristo victorioso, triunfador de la muerte, ha destronado a los poderes del pecado y opresión, elevando a los hambrientos y humillados de la tierra.


Xabier Pikaza

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