2 de septiembre de 2013
Lunes de la Vigésimo Segunda Semana Durante
el Año
Lecturas:
I Tesalonicenses 4,
13-18 / Salmo 95, 1. 3-5. 11-13 ¡El
Señor viene a gobernar la tierra!
EVANGELIO
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas
4, 16-30
Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de
costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le presentaron el
libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba
escrito:
"El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha consagrado por la unción.
Él me envió a llevar la Buena Noticia los pobres,
a anunciar la liberación a los cautivos
y la vista a los ciegos,
a dar la libertad a los oprimidos
y proclamar un año de gracia del Señor.
Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la
sinagoga tenían los ojos fijos en él. Entonces comenzó a decirles: «Hoy se ha
cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír.»
Todos daban testimonio a favor de él y estaban llenos de admiración por
las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es este el hijo de
José?»
Pero Él les respondió: «Sin duda ustedes me citarán el refrán:
"Médico, cúrate a ti mismo." Realiza también aquí, en tu patria, todo
lo que hemos oído que sucedió en Cafarnaúm.»
Después agregó: «Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su
tierra. Yo les aseguro que había muchas viudas en Israel en el tiempo de Elías,
cuando durante tres años y seis meses no hubo lluvia del cielo y el hambre
azotó a todo el país. Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a
una viuda de Sarepta, en el país de Sidón. También había muchos leprosos en
Israel, en el tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino
Naamán, el sirio.»
Al
oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y,
levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la
colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo. Pero
Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino.
Palabra del Señor.
MEDITACION
Uno
de los misterios humanos de la vida de Jesús es cómo es posible que la actitud
de los de su tiempo frente a él pasara de la «admiración por las palabras de gracia que salían de su boca» hasta
«se enfurecieron y, levantándose, lo
empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la
que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo»…
Es
que, claramente, sus palabras y sus acciones no dejaban indiferente a nadie. Y,
como suele
sucederles a los auténticos profetas, provocaban hasta el punto de
la irritación, porque ponían en evidencia las malas intenciones que guiaban las
acciones de quienes lo escuchaban.
Los
cristianos actuales sí causamos ira, pero lamentablemente en mi opinión, más
bien por asuntos mal llamados “morales”, que son los relacionados a las
conductas sexuales, yendo por un lado diferente al del Maestro, quien a la
adúltera, por ejemplo, le dice: «Yo tampoco te condeno» (Jn
8,11)…
Es
más difícil, por el contrario, que causemos inquietud hoy por «llevar la Buena Noticia los pobres, […]
anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, [y] dar la
libertad a los oprimidos».
¿Habrá
algo urgente que convertir en nuestra forma de ser cristianos?
Ayúdanos,
Señor, a discernir los signos de los tiempos para seguir aplicando tus
enseñanzas en las situaciones modernas, pero con la radicalidad y el amor de
siempre, que proviene de tu vida y tu mensaje. Así sea.
Queriendo aceptar
con Paz, Amor y Alegría la invitación a estar entre los últimos, según los
criterios del mundo,
Miguel.


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