4 de septiembre de 2013
Miércoles de la Vigésimo Segunda Semana
Durante el Año
Lecturas:
Colosenses 1, 1-8
/ Salmo 51, 10-11 ¡Confiamos en tu misericordia, Señor!
EVANGELIO
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas
4, 38-44
Al
salir de la sinagoga, entró en la casa de Simón. La suegra de Simón tenía mucha
fiebre, y le pidieron que hiciera algo por ella. Inclinándose sobre ella, Jesús
increpó a la fiebre y esta desapareció. En seguida, ella se levantó y se puso a
servirlos.
Al
atardecer, todos los que tenían enfermos afectados de diversas dolencias se los
llevaron, y él, imponiendo las manos sobre cada uno de ellos, los curaba. De
muchos salían demonios, gritando: «¡Tú eres el Hijo de Dios!» Pero él los
increpaba y no los dejaba hablar, porque ellos sabían que era el Mesías.
Cuando amaneció, Jesús salió y se fue a un lugar desierto. La multitud
comenzó a buscarlo y, cuando lo encontraron, querían retenerlo para que no se
alejara de ellos. Pero él les dijo: «También a las otras ciudades debo anunciar
la Buena Noticia del Reino de Dios, porque para eso he sido enviado.»
Y
predicaba en las sinagogas de toda la Judea.
Palabra del Señor.
MEDITACION
En
su infinita misericordia, el Señor, para hacer posible que «llegue a ustedes la gracia y la paz que
proceden de Dios, nuestro
Padre» (1L), envió a Jesús a “gastarse”, a dar su vida,
a estar disponible donde hiciera falta, porque siempre que «le
pidieron que hiciera algo por ella» y por quien sea
que padeciera algún dolor, ahí estuvo.
Entonces,
retomando lo dicho ayer, Él, que habla con la autoridad de quien ha realizado
lo que pide o exige, es el mismo que nos dijo: «les doy un mandamiento nuevo:
ámense los unos a los otros» (Jn 13,34).
Un
precepto que muchas veces pasamos de largo, sin embargo, quien es discípulo de
Jesús sabe que puede decir con certeza y confianza «he puesto para siempre mi confianza en la misericordia del Señor»
(Sal), porque puede pedir perdón por la falla y volver a intentar una y muchas
veces hacer realidad la obediencia a ese mandato.
No
tenemos excusas y sí mucha compasión y auxilio del Señor para hacerlo.
Concédenos, Señor, asemejarnos a tu pasión y
compasión por las necesidades de los demás. Así sea.
Queriendo
aceptar con Paz, Amor y Alegría la invitación a estar entre los últimos, según
los criterios del mundo,
Miguel.


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