
La petición del
malhechor, al que la tradición llama «el buen ladrón», el convertido en la hora
extrema de su
vida: «Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu Reino». En
cierto sentido, es como si aquel hombre rezara una versión personal del «Padre
nuestro» y de la invocación: «Venga tu Reino». Sin embargo, hace la petición
directamente a Jesús, llamándolo por su nombre, un nombre con un significado
luminoso en ese instante: «El Señor salva». Luego viene el imperativo:
«Acuérdate de mí». En el lenguaje de la Biblia este verbo tiene una fuerza
particular, que no corresponde a nuestro pálido «recuerdo». Es una palabra de
certeza y de confianza, como para decir: «Tómame a tu cargo, no me abandones,
sé como el amigo que sostiene y apoya».
Vía Crucis Vaticano
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