PREPAREMOS
EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR
10 de noviembre de 2013
Trigésimo Segundo Domingo Durante el Año
Lecturas:
Macabeos 6,1; 7,
1-2. 9-14 / Salmo 16, 1. 5-6. 8. 15 ¡Señor, al despertar, me saciaré de tu presencia! / Tesalonicenses 2, 16—3, 5
EVANGELIO
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas
20, 27-38
Se
acercaron a Jesús algunos saduceos, que niegan la resurrección, y le dijeron:
«Maestro, Moisés nos ha ordenado: Si alguien está casado y muere sin tener
hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda. Ahora
bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El
segundo se casó con la viuda, y luego el tercero. Y así murieron los siete sin
dejar descendencia. Finalmente, también murió la mujer. Cuando resuciten los
muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?»
Jesús les respondió: «En este mundo los hombres y las mujeres se casan,
pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la
resurrección, no se casarán. Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles
y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección.
Que
los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la
zarza, cuando llama al Señor "el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el
Dios de Jacob". Porque Él no es un Dios de muertos, sino de vivientes;
todos, en efecto, viven para Él».
Palabra del Señor.
MEDITACION
Hoy podemos celebrar
que «Dios, nuestro Padre, […] nos amó y
nos dio gratuitamente un consuelo eterno y una feliz esperanza» (2L): «los muertos van a resucitar» (Ev) «el Rey del universo nos resucitará a una
vida eterna» (1L). En ese momento le podremos decir: «por tu justicia, contemplaré tu rostro» (Sal). Iniciado
el Mes de María, sería apropiado que para celebrar esta buena noticia aprovechemos
su ejemplo ya que ella, inmediatamente después de saber que sería el medio para
que llegase a nuestra historia el Salvador de la humanidad, fue a servir a la
anciana Isabel (cf
Lc 1,39-40).
Los
libros sagrados de las distintas religiones sirven para decir esto y lo otro,
aunque ambas afirmaciones sean contrapuestas.
Un
caso llamativo al respecto ocurre con el Corán y los musulmanes, porque lo
primero que se nos viene a la cabeza al respecto, son los violentistas que
dicen inspirarse en aquel libro. Pero hay muchos fieles de esa creencia (más de
los que pensamos, porque los grandes medios de comunicación así quieren
presentarlos) que, basados en las mismas escrituras, se avergüenzan y
antagonizan con esas acciones.
Y,
más cerca nuestro, sabemos que a la Biblia también la hacen decir tanta cosa
que provoca antagonismo y hasta odio entre distintas facciones supuestamente
cristianas, contradiciendo el deseo de Jesús cuando ora a su Padre pidiendo «que
también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste» (Jn
17,21).
En
el caso del evangelio de este domingo, el grupo de los saduceos, que eran personajes
muy importantes y bastante materialistas en el tiempo del Maestro, se
caracterizaban por aceptar sólo una parte de las Escrituras (la que para
nosotros son los 5 primeros libros del Antiguo Testamento), y por no tener fe en la resurrección,
fundamentándose en que en esos textos no se la menciona.
Como
sabían que Jesús sí creía, le plantean –basándose siempre en esos textos- una
situación absurda para poner a prueba su convicción.
Él,
en vez de recurrir a un texto como el de la primera lectura de hoy, muy claro
al respecto, utiliza
uno de los que ellos validaban; uno que tiene una
importancia fundamental para todo quien crea en el Dios que se manifestó
primero a Israel y después a todos nosotros, ya que es el que narra el episodio
en que se presenta a sí mismo ante Moisés. Y, con la libertad creativa que lo
caracterizaba, concluye que si el Señor es «el
Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob […] Él no es un Dios de
muertos, sino de vivientes; [ya que] todos, en efecto, viven para Él»
Asumiendo
ese mismo espíritu suyo, podríamos entender nosotros que también nuestro Dios
es un Dios de Vida plena, no sólo más allá de la muerte, sino con mayor razón
en esta tierra que Él nos dio como regalo de amor a sus hijos, que somos todos.
Y que nuestro deber de hijos suyos, seguidores de Jesús y gente que cuenta con
la inspiración del Espíritu de Dios, es aprovechar al máximo lo recibido, lo
que trae implicado aportar a hacer una mejor vida para todos. Y, por cierto, para llegar a comprender todo lo anterior, dejarnos instruir por su Palabra santa, buscando meditarla habitualmente.
Dios
de la Vida, que nos das la vida en abundancia para poder, a nuestra vez, darla
a manos llenas, disminuye nuestro cómodo egoísmo y auméntanos el deseo de
agradecer tus dones, amando cada vez más parecido a ti. Así sea.
Agradeciendo los
regalos de Dios a través del intento de vivir sirviendo con Paz, Amor y Alegría
en el corazón,
Miguel.


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