viernes, 8 de noviembre de 2013

Somos hijos de la luz, pero…

8 de noviembre de 2013
Viernes de la Trigésimo Primera Semana Durante el Año

Lecturas:
Romanos 15, 14-21 / Salmo 97, 1-4 ¡El Señor reveló su victoria a las naciones!

EVANGELIO
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas   16, 1-8
    Jesús decía a sus discípulos:
    Había un hombre rico que tenía un administrador, al cual acusaron de malgastar sus bienes. Lo llamó y le dijo: "¿Qué es lo que me han contado de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no ocuparás más ese puesto."
    El administrador pensó entonces: "¿Qué voy a hacer ahora que mi señor me quita el cargo? ¿Cavar? No tengo fuerzas. ¿Pedir limosna? Me da vergüenza. ¡Ya sé lo que voy a hacer para que, al dejar el puesto, haya quienes me reciban en su casa!."
    Llamó uno por uno a los deudores de su señor y preguntó al primero: "¿Cuánto debes a mi señor?" "Veinte barriles de aceite", le respondió. El administrador le dijo: "Toma tu recibo, siéntate en seguida, y anota diez."
    Después preguntó a otro: "Y tú, ¿cuánto debes?" "Cuatrocientos quintales de trigo", le respondió. El administrador le dijo: "Toma tu recibo y anota trescientos."
    Y el señor alabó a este administrador deshonesto, por haber obrado tan hábilmente. Porque los hijos de este mundo son más astutos en su trato con los demás que los hijos de la luz.
Palabra del Señor.

MEDITACION
En esta parábola el supuesto es –por contraposición a los «hijos de este mundo», deshonestamente hábiles- que «los hijos de la luz» somos sus discípulos. Pero…
Como en casi todo lo referente al Reino, Jesús pone características claramente diferenciadas entre los que arrastran una existencia mediocre y rutinaria y quienes aspiran a tocar el cielo de la utopía cristiana, porque, como diría Pablo «estoy convencido de que ustedes están llenos de buenas disposiciones» (1L).
Sin embargo, la realidad es mucho más matizada, ya que, debemos reconocerlo, quienes quisiésemos llevar dignamente el nombre de cristianos (ver meditación del miércoles pasado), muchas veces no hacemos el bien que quisiéramos, sino el mal que no queremos (cf Rm 7,19) y, así, no es posible distinguirnos de los que no creen.
Gracias a Dios –literalmente- él confía tanto en nosotros que no deja de motivarnos a ganarle al mal a fuerza de bien. Y a veces –menos de las que quisiésemos- lo logramos y se produce la fiesta celestial de la que nos hablaba el evangelio de ayer.

Bien poco iluminamos a los demás para ser hijos de la luz poderosa de tu amor. Perdón, Señor. Te pedimos que nos des ser más consecuentes para que irradie tu luz misericordiosa a través de nuestro actuar. Así sea.

Con Paz, Amor y Alegría para aprender de la compasión y cercanía del Señor hacia los demás,
Miguel.


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