jueves, 5 de febrero de 2015

Creer de manera racional y adulta



PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR
8 de febrero de 2015
Quinto Domingo del Tiempo Común

Lecturas:
Job 7, 1-4. 6-7 / Salmo  146, 1-6 Alaben al Señor, que sana a los afligidos / I Corintios 9, 16-19. 22-23

EVANGELIO
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos   1, 29-39
    Jesús fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron de inmediato. Él se acercó, la tomó de la mano y la hizo levantar. Entonces ella no tuvo más fiebre y se puso a servirlos.
    Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados, y la ciudad entera se reunió delante de la puerta. Jesús sanó a muchos enfermos, que sufrían de diversos males, y expulsó a muchos demonios; pero a estos no los dejaba hablar, porque sabían quién era Él.
    Por la mañana, antes que amaneciera, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto; allí estuvo orando.
    Simón salió a buscarlo con sus compañeros, y cuando lo encontraron, le dijeron: «Todos te andan buscando».
    Él les respondió: «Vayamos a otra parte, a predicar también en las poblaciones vecinas, porque para eso he salido».
    Y fue por toda la Galilea, predicando en las sinagogas de ellos y expulsando demonios.
Palabra del Señor.

MEDITACION
Nosotros también podemos tener la necesidad de decirle al Señor «Todos te andan buscando» (EV). Algunos conscientemente, confiando en que «El Señor eleva a los oprimidos y humilla a los malvados hasta el polvo» (Sal) y otros tan profundo en su interior que no lo saben, cuando sienten: «la noche se hace muy larga y soy presa de la inquietud hasta la aurora» (1L). Su respuesta, la que necesitan, es que más cristianos puedan decir, como el Apóstol: «Me hice todo para todos» (2L) y, sirviendo, acercarles el Reino, que es lo que Jesús espera de nosotros, para seguir llegando hasta los necesitados hoy como en su tiempo.
Siento bastante distancia con las expresiones y manifestaciones de la llamada religiosidad popular y con muchas de las prácticas que se realizan tradicionalmente en la confesión católica del cristianismo. Pero también con las de otras que he podido conocer.
Por ejemplo, orar lastimeramente para que Dios “se acuerde” de nosotros, aunque lo que pidamos vaya contra la lógica o quiera reparar milagrosamente las consecuencias de nuestra irresponsabilidad; o realizar una manda como una forma de adquirir un instrumento que nos permita “negociar” con él su intervención para paliar nuestra necesidad; o sentir que Dios nos observa listo para castigarnos por las cosas más nimias, por lo que lo que nos mueve más el temor que el cariño hacia Él en lo que sea que hagamos; o ir al servicio religioso para repetir mecánicamente rezos y fórmulas y para “cumplir” sin poner el corazón en los numerosos ritos existentes; o predicarle a las paredes o a las plazas vacías, o cualquiera otra aplicación literal, no razonada, de las palabras del Señor; o ir casa por casa buscando que quienes creen abandonen sus tradiciones, en vez de buscar convencer a quienes no lo han conocido que Dios es realmente un Padre que nos ama a todos…
Entiendo que los pastores de todas las iglesias intenten rescatar de estas y otras prácticas semejantes una cierta fe de los sencillos. Incluso acepto que hay una actitud parecida en Jesús, por ejemplo, en este texto cuando «la ciudad entera se reunió delante de la puerta» y él, sin cuestionar sus motivaciones profundas, incluso con la alta probabilidad de saber que sólo lo buscaban para satisfacer sus carencias individuales, se manifiesta disponible y cura a muchos.
Mi “pero” no es con los que, en su humildad, han aprendido de otros esa forma de vivir la religiosidad, sino con aquellos que, teniendo más acceso a información, permanecen con una fe inmadura, y también con aquellos que por misión y formación –los ministros de cualquiera que sea la denominación religiosa- no hacen mucho por cambiar esa situación o hasta la fomentan.
Los dos primeros, por seguir una cómoda rutina que no compromete la vida real propia ni, menos, la de los demás; y los otros, porque parecen hacerlo para no complicarse la vida y, además, porque aprovechan esa ignorancia e infantilismo creyente para recaudar  dineros para la congregación y, en algunos casos, para sí mismos.
El Cristo en el cual creo, en cambio, el de la Buena Noticia de un Reino de Dios que se hace cercano (cf Mc 1,1.15), quien –como vemos en este evangelio- se deja encontrar por los desamparados, pero además va hacia los demás que lo necesitan, él no es uno que busque que las personas se esclavicen a prácticas ni a instituciones; muy por el contrario, él intentaba liberar invitando a liberarse (cf Jn 8,36; Gal 5,13).
Por eso, en sus enseñanzas lo encontramos haciendo comprender que por más sagrado, por provenir de Dios mismo, que sea un mandato, primero está la dignidad humana (cf Gn 2,3; Ex 20,10-11; Jn 5,2-17).
Y en su práctica podemos verlo rescatando personas de la prisión de la enfermedad, la que se sumaba a la marginación y el aislamiento con que estas personas eran tratadas en su época (cf Mc 1,23-26; Lc 13,10-16).
Concluyendo, me parece que Jesús, más bien, invita a creer con la sensatez y los conocimientos propios de nuestro tiempo, permitiéndonos dudar y también improvisar lo que nuestra conciencia (otro nombre del Espíritu de Dios en nosotros) nos indique como adecuado en cada situación, más allá de las instrucciones de la jerarquía respectiva. Es decir, creer racionalmente.
Y, por otro lado, que nos hagamos responsables de que lo que decimos creer se haga concreto, no necesariamente en prácticas rituales, sino en un intentar asemejarnos a la forma de vivir su fe en el Dios Padre de quien es nuestro Maestro: Jesús de Nazaret. Es decir, creer como adultos.

Que usemos la libertad con que nos has dotado, Señor, para pensar con nuestros propios criterios y actuar lo más coherentemente que nos sea posible. Así sea.

Con el corazón lleno de la Paz, el Amor y la Alegría de ver cómo el Reino de Dios se realiza en el servicio de unos por otros, a la manera de Jesús,
Miguel.

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