Los discípulos, que redescubrieron en Jesús el rostro de
Dios (como Dios de Jesús) comprendieron que
Jesús era el Hijo, el Señor, la
Verdad, el Camino, la Vida, el Alfa, la Omega. La muerte no tenía ningún poder
sobre él. Estaba vivo. Había resucitado. Y no podían sino confesarlo y
"seguirlo", "persiguiendo su Causa", obedeciendo a Dios
antes que a los hombres, aunque costase la muerte.
Creer en la resurrección no era pues para ellos una
afirmación de un hecho físico-histórico que sucedió o no, ni una verdad teórica
abstracta (la vida postmortal), sino la afirmación contundente de la validez
suprema de la Causa de Jesús, a la altura misma de Dios (a la derecha del
Padre), por la que es necesario vivir y luchar hasta dar la vida.
Creer en la resurrección de Jesús es creer que su palabra,
su proyecto y su Causa (!el Reino!) expresan el valor fundamental de nuestra
vida.
Y si nuestra fe reproduce realmente la fe de Jesús (su
visión de la vida, su opción ante la historia, su actitud ante los pobres y
ante los poderes... será tan conflictiva como lo fue en la predicación de los
apóstoles o en la vida misma de Jesús.
En cambio, si la resurrección de Jesús la reducimos a un
símbolo universal de vida postmortal, o a la simple afirmación de la vida sobre
la muerte, o a un hecho físico-histórico que ocurrió hace veinte siglos...
entonces esa resurrección queda vaciada del contenido que tuvo en Jesús y ya no
dice nada a nadie, ni irrita a los poderes de este mundo, o incluso desmoviliza
en el camino por la Causa de Jesús.
Lo importante no es creer en Jesús, sino creer como Jesús.
No es tener fe en Jesús, sino tener la fe de Jesús: su actitud ante la
historia, su opción por los pobres, su propuesta, su lucha decidida, su
Causa...
Creer lúcidamente en Jesús en esta América Latina, o en este
Occidente llamado "cristiano", donde la noticia de su resurrección ya
no irrita a tantos que invocan su nombre para justificar incluso las actitudes
contrarias a las que tuvo él, implica volver a descubrir al Jesús histórico y
el sentido de la fe en la resurrección.
Creyendo con esa fe de Jesús, las "cosas de
arriba" y las de la tierra no son ya dos direcciones opuestas, ni siquiera
distintas. Las "cosas de arriba" son la Tierra Nueva que está
injertada ya aquí abajo. Hay que hacerla nacer en el doloroso parto de la
Historia, sabiendo que nunca será fruto adecuado de nuestra planificación sino
don gratuito de Aquel que viene. Buscar "las cosas de arriba" no es
esperar pasivamente que suene la hora escatológica (que ya sonó en la
resurrección de Jesús) sino hacer realidad en nuestro mundo el Reinado del
Resucitado y su Causa: Reino de Vida, de Justicia, de Amor y de Paz.
Servicio Bíblico
Latinoamericano

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