«Y
ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?".
Tomando
la palabra, Simón Pedro respondió:
"Tú
eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo".»
(Mt
16,15-16)
El Padre atrae a quien habla de esta manera:
Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo; no eres como un profeta, ni como Juan,
ni como un justo, por grande que sea; tú eres el único, el igual, tú eres el
Cristo, el Hijo de Dios vivo. Ved que Pedro fue atraído y atraído por el Padre.
Dichoso tú, Simón hijo de Jonás, porque no te lo ha revelado ni la carne ni la
sangre, sino mi Padre que está en los cielos (Mt 16,16-17). Esta misma
revelación es en sí una atracción. Muestras un ramo verde a una oveja y la
atraes; muestras nueces a un niño y lo atraes; se le atrae al lugar a donde
corre; se le atrae mediante lo que ama, se le atrae sin violencia corporal
alguna; se le atrae con la cuerda del amor. Ahora bien, si estas cosas que
pertenecen a las delicias y placeres terrenos, ejercen tal atracción sobre
quienes las aman nada más mostrárselas, dado que cada cual es atraído por su
placer, ¿qué atracción será la de Cristo revelado por el Padre? ¿Ama el alma
algo con más ardor que la verdad? ¿De qué cosa deberá ser ávido el hombre, con
qué finalidad ha de desear tener sano el paladar interior con que juzgar la
verdad, sino para comer y beber la sabiduría, la justicia, la verdad, la
eternidad?
¿Dónde tendrá lugar esto? Allí tendrá lugar de
forma mejor, más verdadera y más plena. Aquí, aunque nos sostenga la esperanza,
nos es más fácil sentir hambre que saciarla. Dichosos, dice, los que tienen
hambre y sed de justicia, pero aquí abajo; por que serán saciados, pero allí
arriba.
San
Agustín

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