19 de junio de 2014
Jueves de la Undécima Semana Durante el Año
Lecturas:
Eclesiástico 48, 1-14 / Salmo 96, 1-7 Alégrense, justos, en el Señor
EVANGELIO
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 6, 7-15
Jesús dijo a sus discípulos:
Cuando oren, no hablen mucho, como hacen los
paganos: ellos creen que por mucho hablar serán escuchados. No hagan como
ellos, porque el Padre que está en el cielo sabe bien qué es lo que les hace
falta, antes de que se lo pidan.
Ustedes oren de esta manera: Padre nuestro,
que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino, que se
haga tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día. Perdona
nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido. No nos
dejes caer en la tentación, sino líbranos del mal.
Si perdonan sus faltas a los demás, el Padre
que está en el cielo también los perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los
demás, tampoco el Padre los perdonará a ustedes.
Palabra del Señor.
MEDITACION
Conocí a una anciana, cristiana de toda su
vida, muy devota. Estaba postrada en cama, por lo que dedicaba casi todo su día
a rezar el rosario y un sinfín de novenas. Sin embargo, cuando era invitada a
orar (es decir a hablar con sus propias palabras al Señor), decía: “no, no, eso
me cuesta…”
Y no creo que esté sola en esa dificultad.
El catolicismo, al menos, está lleno de
fórmulas para dirigirse a Dios, algunas muy bellas, pero que fomentan poquísimo
el diálogo con Él, algo que intentan con bastante más éxito los hermanos
evangélicos.
Claramente hay poca fe en que serán
escuchados. Por distintos motivos. Por cierto, el primero fue la poca confianza
que tuvo la propia Iglesia Católica en lo que podría salir de fomentar el uso
libre de la palabra por parte de las gentes sencillas; también influye, me
parece –lo que puede ser otra derivación de lo anterior- una sensación de
indignidad para dirigirse a Dios; y es posible, que influya además, lo
depreciada que tenemos la palabra humana: decimos tanto sin sentirlo y sin
hacernos responsables de lo que implique, que nos puede parecer arduo tratar de
“convencer” al Eterno que nos conceda lo necesario…
Pero Jesús, preocupado permanentemente de
liberarnos de lo que le resta calidad a nuestra vida y sabiendo de nuestra
necesidad de relacionarnos con su Padre, nos recuerda, en primerísimo primer
lugar, que Él no es sólo suyo, sino que es nuestro Padre, por lo tanto, podemos
y debemos hablarle con la cercanía y confianza con que lo haríamos a nuestros
progenitores; y agrega: «el Padre que está en el cielo sabe
bien qué es lo que les hace falta, antes de que se lo pidan». Es decir,
no se requiere demasiados argumentos, sólo conectar el corazón a su esencia (el
amor) y, probablemente, sabremos qué corresponde pedir y se nos hará más fácil
hacer que nuestra vida tome el rumbo adecuado para conseguirlo.
Y habremos encontrado la clave para orar.
Padre bueno, concédenos tu Santo Espíritu
para que nos guíe en el seguimiento de tu Hijo Jesús por el camino de hacer tu
voluntad en la tierra, como se sucede en el cielo. Así sea.
Alabando con la
vida al Dios Uno y Trino, fuente de Paz, Amor y Alegría,
Miguel.


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