PREPAREMOS
EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR
22 de junio de 2014
El Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo
Lecturas:
Deuteronomio 8, 2-3. 14-16
/ Salmo 147, 12-15. 19-20 ¡Glorifica al Señor, Jerusalén! / I Corintios 10,
16-17
EVANGELIO
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 51-58
Jesús dijo a los judíos:
«Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que
coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la
Vida del mundo.»
Los judíos discutían entre sí, diciendo:
«¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?»
Jesús les respondió: «Les aseguro que si no
comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en
ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo
resucitaré en el último día.
Porque mi carne es la verdadera comida y mi
sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en
mí y yo en él.
Así como yo, que he sido enviado por el Padre
que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá
por mí.
Este es el pan bajado del cielo; no como el
que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá
eternamente.»
Palabra del Señor.
MEDITACION
El
Señor es providente: «Él asegura la paz
en tus fronteras y te sacia con lo mejor del trigo» (Sal); Moisés, además, reafirma sus cuidados, recordando la
presencia permanente de Dios al lado de su pueblo, ya que «en esa tierra sedienta y sin agua, hizo brotar para ti agua de la
roca, y en el desierto te alimentó con el maná» (1L), que era un pan caído del cielo, pero Jesús afirma: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo» (Ev), lo que hace concluir a Pablo, por su parte, que: «Ya que hay un solo pan, todos nosotros,
aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único
pan» (2L). El objetivo de Dios es la unidad de
la familia humana.
La doctrina tradicional católica dice que el
pan y el vino en el altar, mediante la fórmula ritual pronunciada por el
sacerdote, después de invocar la acción del Espíritu Santo sobre esos dones, se
transubstancian, para dejar de ser lo que eran y pasar a ser, desde ese
momento, el mismo cuerpo y la misma sangre de Cristo.
Alimentarse de estos implica, entonces,
entrar misteriosamente en comunión con él y con todos aquellos que comulgan
esas materias, al tener todos incorporados al organismo la vida misma suya.
Sin embargo, quienes participamos del rito,
normal y mayoritariamente no nos sentimos en unión profunda (es decir, en
comunión) con los demás que están ahí presentes: entramos y salimos del templo
sin haber cambiado nada en nuestra disposición hacia los demás que viven el
mismo encuentro.
Incluso en el único espacio de interacción
entre los asistentes a la Misa, el llamado saludo de la paz, suele haber
actitudes que lo desvirtúan, cuando se lo asimila a un saludar a los familiares
y amigos, más que a un signo de querer que nos encontremos en paz mutuamente,
conocidos y desconocidos, antes de entrar en unión íntima con el Señor.
En fin, creo que “alimentarse” de Jesús es
más profundo que comer la hostia: es ir haciendo propias sus actitudes y
disposiciones hacia los demás: cercanía, respeto, acogida, en el templo y en
todo lugar. Lo otro, es participar infructuosamente de un rito, por lo que es
necesario «Que cada uno se examine a sí mismo antes de comer este pan y beber
esta copa» (1 Cor 11,28).
Idealmente, entonces, me parece que, quienes
creen realmente que ese milagro sucede, debiesen tener una mejor disposición
hacia aquel hermano, sea de la misma cuadra o de otro continente, a quien puede
que jamás conozca, pero de quien sabe algo muy importante: están unidos de una
manera misteriosa a través de la savia vital del mismo Señor.
Que nos sintamos alimentados de tu cuerpo
solidario, para hacernos solidarios, Señor; y de tu sangre misericordiosa, para
hacernos misericordiosos con los demás, también. Así sea.
Alimentados del
único Pan de Vida, que otorga Paz, Amor y Alegría,
Miguel.

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