«Jesús dijo: "Te alabo, Padre, Señor del cielo y de
la tierra,
por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los
prudentes
y haberlas revelado a los pequeños.»
(Mt 11,25)
Toda la Biblia está atravesada por la
preferencia de Dios por los pequeños y los últimos: Abel era menor
que Caín,
pero era su sacrificio el que complacía al Señor (Gen 4,4); Jacob no era el
hijo mayor de Isaac, pero fue a él a quien Yahvé bendijo y a quien prometió:
"Yo estoy contigo; te guardaré adondequiera que vayas, no te abandonaré
hasta que haya cumplido lo que te he dicho" (Gen 28,15). Los dos hijos
menores de Jacob fueron sus preferidos y ante José se inclinaron todos sus
hermanos (Gen 37,7). Moisés era torpe de lengua y Jeremías sólo un muchacho,
pero fueron ellos los escogidos por el Señor para ser uno jefe y otro profeta
de su pueblo (Ex 4,10; Jer 1,6). David era el más pequeño de su casa y el Señor
lo eligió cuando era sólo un adolescente que andaba detrás del ganado (1Sam
16,1-13) y si venció a Goliat no fue con el poderío de su lanza, sino con su
honda de pastor (1Sam 17,12-58).
Miqueas sitúa a la pequeña Belén por encima de
la soberbia Jerusalén: "Pero eres tú, Belén Efratá, la menor entre las
familias de Judá, de donde me ha de salir aquel que ha de dominar en
Israel" (Mi 5,1).
Y las mujeres representan también esa misma
condición de pequeñez que permite la manifestación de la fuerza del Señor: Él
edificó la casa de Israel a partir de mujeres estériles (Sara, Rebeca, Raquel,
Ana...); fue una humilde viuda pagana la que sostuvo la vida de Elías (1Re 17)
y cuando los israelitas temblaban bajo la amenaza de enemigos invencibles,
despertaron Débora, Yael y Judit, y la altivez de Sísara y Holofernes fue
derribada por su mano (Jue 5; Jud 12 9-16). Por eso el Salmo proclama: "Si
el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles; si el Señor no
guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas" (Sal 127).
Esta convicción se prolonga en el NT, como
contraste con una sociedad donde el estatus de los niños era de insignificancia
y hasta de cierto desprecio y minusvaloración. Como contraste, “un niño” se
convierte para Jesús en la manera de designar a los sencillos, humildes y
pobres que, conscientes de sus carencias y al no tener otra posibilidad que la
de recibir, simbolizaban las actitudes de disponibilidad, receptividad y
confianza.
Jesús nos llama a dejar atrás nuestro
"personaje", las máscaras tras las que nos escondemos, las defensas
con las que intentamos protegernos o los méritos que intentamos acumular. Nos
invitan a reconocer nuestra fragilidad y a aceptar nuestro desvalimiento, a
abrirnos al asombro del amor de un Dios que nos acoge sin condiciones, como un
padre o una madre a su hijo, no porque lo merezcamos sino porque no puede
remediar querernos, porque se negaría a sí mismo si no fuera pura gratuidad.
Acoger su llamada nos permite sentirnos unidos
a tantos hombres, mujeres y pueblos enteros olvidados por las crónicas
internacionales, pero que son la niña de los ojos de Dios.
A partir de ahí podemos preguntarnos si
nuestra idea de la vida cristiana va entrando en esta lógica del Reino, que se
caracteriza, ante todo por la gratuidad de relaciones, si seguimos viviendo en
clave de "puños", "méritos" y "adquisiciones".
Y examinar también cómo acogemos nosotros a
los que nos parecen "pequeños": ¿con superioridad? ¿con respeto?
¿desde la convicción de que ellos son los primeros en el Reino?
Dolores
Aleixandre, Contar a Jesús (fragm.)

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