PREPAREMOS
EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR
13 de octubre de 2013
Vigésimo Octavo Domingo Durante el Año
Lecturas:
II Reyes 5, 10.
14-17 / Salmo 97, 1-4 El Señor
manifestó su victoria / II Timoteo 2, 8-13
EVANGELIO
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas
17, 11-19
Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pasaba a través de Samaría y
Galilea. Al entrar en un poblado, le salieron al encuentro diez leprosos, que
se detuvieron a distancia y empezaron a gritarle: «¡Jesús, Maestro, ten
compasión de nosotros!»
Al
verlos, Jesús les dijo: «Vayan a presentarse a los sacerdotes». Y en el camino
quedaron purificados.
Uno
de ellos, al comprobar que estaba curado, volvió atrás alabando a Dios en voz
alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias.
Era un samaritano.
Jesús le dijo entonces: «¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los
otros nueve, ¿dónde están? ¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este
extranjero?» Y agregó: «Levántate y vete, tu fe te ha salvado».
Palabra del Señor.
MEDITACION
Para que «aclame al Señor
toda la tierra» (Sal), debemos tener presente
que la identificación del o de la discípulo/a con Jesús, producto de que «si hemos muerto con Él, viviremos con Él»
(2L), permite que nuestro
accionar compasivo actualice la misericordia de Dios con todo aquel que vive la
marginación y el sufrimiento -simbolizados en la lepra- sin importar si es de
“los nuestros” o no (Ev
y 1L).
En
estos tiempos del “yoísmo” en primer lugar y por sobre todas las cosas, ya no
causa escándalo que cueste mucho encontrar personas que sepan comportarse
educadamente con los demás. Las palabras “permiso”, “por favor” y “gracias”,
entre otras que hacían mejor la convivencia, lamentablemente han caído en el
desuso.
¿Cuál
será el porcentaje de los que creen en Dios? De los que realmente creen en Él,
quiero decir.
Se
me ocurre que la proporción del relato está muy cerca de la realidad: de diez
que fueron favorecidos por la compasión de Jesús, sólo uno volvió a dar
gracias. Y eso que no era de los que formalmente pertenecían a la comunidad de
los creyentes.
Esa
mala educación que reseñaba más arriba impregna toda nuestra vida. Incluida la
de fe. Muchos cristianos sentimos que es como un deber de Dios atender nuestros
ruegos. Por eso raramente nuestra oración contiene agradecimiento. Y, porque no
siempre “nos cumple”, además, nos enojamos con Él.
Jesús
nos recuerda que quienes decimos ser amigos suyos, debemos actuar como él lo
haría en
las diferentes circunstancias de nuestra vida: primero teniendo
compasión (=padecer con) de quienes buscan en nosotros un alivio –por pequeño
que sea- a sus dolencias o sufrimientos; después, buscar la forma de ayudar (a
veces bastarán gestos pequeños, como sonreírles o darles una palabra de
aliento) y, luego, junto al o a la que estaba en situación compleja, dar
gracias al Señor por todo lo bueno que realiza, entre otras cosas, por
permitirnos ser parte de su consuelo para nuestros hermanos.
Esa,
más que las repetitivas prácticas rituales, es la fe que salva, porque libera
de las lepras que están tan arraigadas en nuestra sociedad y hace nuevas todas
las cosas (Ap 21,5). Nuevas y alegres.
Porque
eres un Dios compasivo; porque nos permites ser parte de la solución a los
problemas de nuestros hermanos; porque nos ayudas a vencer las lepras de la
marginación… por eso y muchísimo más, gracias, Señor.
Volviendo una y
otra vez a agradecer al Dios de la Paz, el Amor, la Alegría y la Compasión,
Miguel.


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