jueves, 10 de octubre de 2013

Invitados a ser compasivos con los demás y agradecidos de Dios

PREPAREMOS EL PRÓXIMO DÍA DEL SEÑOR
13 de octubre de 2013
Vigésimo Octavo Domingo Durante el Año

Lecturas:
II Reyes 5, 10. 14-17 / Salmo 97, 1-4 El Señor manifestó su victoria / II Timoteo 2, 8-13

EVANGELIO
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas   17, 11-19
    Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pasaba a través de Samaría y Galilea. Al entrar en un poblado, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia y empezaron a gritarle: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!»
    Al verlos, Jesús les dijo: «Vayan a presentarse a los sacerdotes». Y en el camino quedaron purificados.
    Uno de ellos, al comprobar que estaba curado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano.
    Jesús le dijo entonces: «¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?» Y agregó: «Levántate y vete, tu fe te ha salvado».
Palabra del Señor.

MEDITACION
Para que «aclame al Señor toda la tierra» (Sal), debemos tener presente que la identificación del o de la discípulo/a con Jesús, producto de que «si hemos muerto con Él, viviremos con Él» (2L), permite que nuestro accionar compasivo actualice la misericordia de Dios con todo aquel que vive la marginación y el sufrimiento -simbolizados en la lepra- sin importar si es de “los nuestros” o no (Ev y 1L).
En estos tiempos del “yoísmo” en primer lugar y por sobre todas las cosas, ya no causa escándalo que cueste mucho encontrar personas que sepan comportarse educadamente con los demás. Las palabras “permiso”, “por favor” y “gracias”, entre otras que hacían mejor la convivencia, lamentablemente han caído en el desuso.
¿Cuál será el porcentaje de los que creen en Dios? De los que realmente creen en Él, quiero decir.
Se me ocurre que la proporción del relato está muy cerca de la realidad: de diez que fueron favorecidos por la compasión de Jesús, sólo uno volvió a dar gracias. Y eso que no era de los que formalmente pertenecían a la comunidad de los creyentes.
Esa mala educación que reseñaba más arriba impregna toda nuestra vida. Incluida la de fe. Muchos cristianos sentimos que es como un deber de Dios atender nuestros ruegos. Por eso raramente nuestra oración contiene agradecimiento. Y, porque no siempre “nos cumple”, además, nos enojamos con Él.
Jesús nos recuerda que quienes decimos ser amigos suyos, debemos actuar como él lo haría en
las diferentes circunstancias de nuestra vida: primero teniendo compasión (=padecer con) de quienes buscan en nosotros un alivio –por pequeño que sea- a sus dolencias o sufrimientos; después, buscar la forma de ayudar (a veces bastarán gestos pequeños, como sonreírles o darles una palabra de aliento) y, luego, junto al o a la que estaba en situación compleja, dar gracias al Señor por todo lo bueno que realiza, entre otras cosas, por permitirnos ser parte de su consuelo para nuestros hermanos.
Esa, más que las repetitivas prácticas rituales, es la fe que salva, porque libera de las lepras que están tan arraigadas en nuestra sociedad y hace nuevas todas las cosas (Ap 21,5). Nuevas y alegres.

Porque eres un Dios compasivo; porque nos permites ser parte de la solución a los problemas de nuestros hermanos; porque nos ayudas a vencer las lepras de la marginación… por eso y muchísimo más, gracias, Señor.

Volviendo una y otra vez a agradecer al Dios de la Paz, el Amor, la Alegría y la Compasión,

Miguel.

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